¿Qué se juega en el DF?

Las elecciones para renovar la Cámara de Diputados revisten una especial importancia porque se considera que ellas son un refrendo o un rechazo a la gestión del partido gobernante. Si las encuestas publicadas hasta el momento reflejaran lo que ocurrirá el próximo 7 de junio, estaríamos frente a la séptima edición de un Congreso sin mayoría y con una composición similar a la de hoy en día.

En cada elección local se juega un resultado distinto. De las nueve gubernaturas, en dos nunca ha habido alternancia. En Campeche no la habrá después de 69 años del PRI en el poder. En Colima hay una leve posibilidad de que el PAN le arrebate al PRI la gubernatura. Si así ocurre, el club de la no alternancia quedará reducido a ocho estados. Michoacán es el estado más tripartita, aunque el PAN quedará de nuevo en tercer lugar. El PAN podría recuperar SLP y Querétaro y mantener BCS. El PRI podría recuperar Guerrero y Sonora. Nuevo León es una incógnita y el bipartidismo podría ser derrotado por el “independiente”. El PRI seguirá siendo el partido con mayor número de gubernaturas, pero es posible que registre la menor cantidad de entidades en su poder. Hoy tiene 20 estados y uno en coalición con el Verde. Después del 7 de junio podría quedarse con sólo 16.

Hay ocho entidades en las que no se renueva el Ejecutivo local. De todas ellas, la del DF resulta una de las más importantes, porque desde que en la capital pudimos elegir a nuestros representantes no ha habido alternancia en la Jefatura de Gobierno y la mayoría de las veces han gozado de gobiernos con mayorías gracias a la combinación entre la preferencia electoral y la cláusula de gobernabilidad. Sólo en una ocasión se perdió la mayoría absoluta de la Asamblea Legislativa (2000). Hoy, con 35% de la votación, el PRD tiene 51% de la Asamblea y 60% con sus aliados del PT y MC. El PRD, que siempre ha combatido a nivel federal la sobrerrepresentación y que se escandalizó cuando algunos priistas la propusieron, la ha cuidado celosamente para sí en el DF.

Para rematar la hegemonía, el PRD también ha hecho suyas la mayoría de las delegaciones. En su peor momento el PRD perdió seis delegaciones. Hoy tiene 14 de 16.

No sería exagerado decir que el PRD, en la capital, se parece mucho al PRI de la época dorada: un partido hegemónico por sus cuatro costados con prácticas clientelares y patrimonialista, poco transparente, sin contrapesos que valgan y que se sirve del poder —incluido el gasto público— para perpetuarse en él. Gana como el PRI de antaño, mayoritea como antaño y ejerce el poder como el PRI de antaño.

Esta situación puede cambiar. No tanto porque el PRI o el PAN vayan a aumentar muy sensiblemente su votación sino más bien porque el PRD sufrió su primera gran escisión con la salida de AMLO y la constitución de Morena. Se dice que las encuestas delegacionales no son de confiar, pero la batalla será básicamente entre el PRD y Morena. La izquierda seguirá arrasando, aunque ahora dividida en cuatro partidos (PRD, Morena, PT y MC) o en cinco si individualizamos la cuota de candidatos que le tocó a Miguel Ángel Mancera que, de suyo, es un partido o actúa como tal.

Es poco probable que el PRI y el PAN avancen sensiblemente en la capital. Los electores no parecen querer castigar a la izquierda que, según las encuestas, seguirá dominando en el DF, aunque diez de sus delegados hayan dejado su delegación con cargos de corrupción (el onceavo y doceavo que abandonaron su cargo fueron un panista y un priista); aunque todos nombraron al candidato de su preferencia como sucesor, aunque todos hayan dejado a algún amigo de encargado de despacho para cuidarles las espaldas, aunque todos sabemos que los delegados salientes seguirán con fuero en su siguiente puesto.

¿Es mucho o poco lo que se juega en la capital? Es mucho porque es probable que el jefe de Gobierno tenga una Asamblea fraccionada (entre las tribus del PRD y entre Morena y otras fuerzas políticas) y podría perder dos delegaciones cruciales en número de población y en presupuesto: Cuauhtémoc e Iztapalapa. Es poco lo que se juega porque en términos de programa, de transparencia, de probidad y del combate a la corrupción o del fin del clientelismo, la capital seguirá siendo lo que es: el PRI de antaño.

Si no se logran contrapesos en la Asamblea y en las delegaciones, el segundo trienio de Mancera seguirá la pauta del primero y de los sexenios de López Obrador y Ebrard: el abuso del poder público para fines privados. Y por fines privados me refiero no única ni prioritariamente al desvío de recursos para sus chequeras personales sino para asegurar, en lo posible, su futuro político. Así lo hizo López Obrador, así lo hizo Ebrard, así lo sigue haciendo Mancera. Así lo demuestran el reparto de programas sociales y despensas, la impunidad en la Línea 12 o la reserva para poder acceder a la información sobre la construcción del Segundo Piso.

Se dice que la capital es la arena donde Andrés Manuel López Obrador y Miguel Ángel Mancera se juegan su futuro político. Sí, el suyo propio. No el de la ciudad que seguirá siendo el mismo. Si ambos llegan como candidatos a 2018, a los dos los habremos conocido por su ejercicio de gobierno.

Twitter: @amparocasar

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