¿Peras al olmo?

Asumo que el Presidentey su equipo de gobierno leen y escuchan las mismas noticias, están al tanto de los mismos indicadores y tienen a la mano las mismas encuestas (o más) que usted y yo. Supongo que saben, como usted y como yo, que estamos hasta la coronilla de la corrupción y la impunidad.

El Presidente está molesto porque se ha vuelto blanco de la crítica, porque no reconocen sus logros y no le aplauden. Porque hay quienes quieren socavar los resultados de su gobierno. Quizá se le olvide que está en la naturaleza de todo gobierno tener adversarios, contrarios, rivales y detractores. Siempre hay sectores, grupos e individuos poderosos interesados en minar los logros del gobierno en turno. En el de Peña Nieto también. ¿Quiénes son? La lista es larga. Además de los partidos de oposición que quieren ganar las próximas elecciones, están todos aquellos que han sido afectados por las reformas o que no están en el corazón presupuestal y decisorio del nuevo equipo de gobierno. En la canasta caben lo mismo los sindicalistas del SNTE que de la CNTE; gobernadores que no ven llegar con oportunidad y abundancia los recursos federales y que perciben un ánimo centralizador; empresarios del sector de telecomunicaciones que vieron disminuido su poder de mercado y constructoras que no figuran entre las consentidas. Cierra el cuadro 60% de los ciudadanos que sustentan la reprobación del gobierno en el desempleo, bajos salarios, ausencia de oportunidades y violencia, así como los siete de cada 10 mexicanos que piensan que con las medidas anticorrupción recién anunciadas lo que se busca es “salir al paso de los escándalos” (BGC-Excélsior, 09-II-15) .

Las críticas y la desaprobación no deben servir para sentirse agraviado e incomprendido sino para investigar, analizar y remediar sus causas. Al menos, para intentar cambiar esa percepción. Asumo que el Presidente y su equipo de gobierno leen y escuchan las mismas noticias, están al tanto de los mismos indicadores y tienen a la mano las mismas encuestas (o más) que usted y yo. Supongo que saben, como usted y como yo, que estamos hasta la coronilla de la corrupción y la impunidad. Presumo también que están al tanto de que hace dos años está atorada la iniciativa sobre anticorrupción, primero, porque los partidos —todos— la dejaron en la congeladora y, recientemente, porque el PRI la ha obstaculizado. Sospecho, finalmente, que están al tanto de que la Ley General de Transparencia debió haber sido aprobada la semana pasada y que eso no ocurrió porque hay un intento sistemático por sabotear los logros de la reforma constitucional. Porque el PRI-gobierno propone: castigar a los consejeros del IFAI si dan “información que afecte el cumplimiento de las funciones o pueda ocasionar daños o perjuicios a los sujetos obligados”; liberar a éstos de fundar la clasificación de la información como confidencial, eliminar la obligación de las dependencias de documentar los actos que deriven de sus facultades y añadir causales para las reservas.

A diferencia del Economist, que en una crítica demoledora publicó hace unas semanas que “este gobierno no entiende que no entiende”, yo creo que sí entiende, pero no quiere actuar de manera distinta.

En realidad yo soy la que no entiende que no entiendan porque Peña Nieto y su equipo han dado amplia y cumplida muestra de su capacidad de entender y de actuar en consecuencia. Hagamos memoria. Después de las elecciones, Peña Nieto y su equipo hicieron una lectura adecuada de la realidad y mostraron magníficos reflejos. Ante las protestas poselectorales guardaron un prudente silencio y un bajo perfil en los meses de la transición para no provocar mayor polarización. Ante los cargos de que llegaba de la mano de los poderes fácticos anunciaron las reformas educativa y en telecomunicaciones. Ante el temor de la vuelta a los viejos modos autoritarios del PRI recetaron un decálogo democrático. Ante la inesperada situación minoritaria en el Congreso negociaron el Pacto por México. El Presidente y su equipo no han dejado de repetirlo: lograron la aprobación de 11 reformas constitucionales que cuando menos cinco presidentes (con todo y sus diez legislaturas) habían querido hacer aprobar y habían fracasado. Así que de pocas luces o cortos de miras no se les puede acusar. Es el mismo Presidente y el mismo equipo. O sea, no le estamos pidiendo peras al olmo.

Peña Nieto y su equipo se esmeraron primero en la preparación y después en el cabildeo de las reformas estructurales que, con tino, paciencia y cuidado, negociaron. Esa actitud fue la que les valió tantas portadas y artículos de la prensa internacional y no pocos aquí en México. Lo que ahora nos preguntamos es por qué no ese mismo empeño en la transparencia, en el combate a la corrupción y en el resto de las iniciativas que tienen que ver con los privilegios políticos. Por qué no mandar a sus mejores cuadros a impulsar ambas reformas. Por qué no anunciar desde ahora que si los legisladores aprueban leyes regresivas, él se compromete a vetarlas.

En su discurso del 5 de febrero Peña Nieto dijo que, al igual que los mexicanos podían ver reflejado el país del siglo XX en la Constitución de 1917, las reformas recién aprobadas prefiguraban el país moderno del siglo XXI. De nuevo olvidó algo. No habrá modernidad sin Estado de derecho y las reformas estructurales quedarán muy por debajo de su potencial si no se cierra el paso a la corrupción y a la impunidad.

                *Investigador del CIDE

                amparo.casar@gmail.com

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