¿De riego o de temporal?
El descreimiento hacia la política y los políticos no surgió por generación espontánea ni ha sido fruto de una catástrofe natural. Los políticos la han construido con trabajo y tesón. Llegó un momento en que los ciudadanos dejaron de creer en la política monopolizada...
La confianza en las instituciones y el personal que en ellas labora es un ingrediente indispensable para que los sistemas políticos funcionen. Tiene un problema. No se da naturalmente. Es un cultivo de riego aunque nuestros políticos tiendan a pensar o al menos a actuar como si fuera de temporal.
En la agricultura de temporal se apuesta a la época de lluvias, que es cuando llega el vital líquido y la cosecha prospera. Eso quisieran los políticos. Tener una buena racha de crecimiento, de inversiones o de aportaciones por ingresos extraordinarios. Un golpe de suerte. Entonces podrían gastar al menos parte de esos recursos en el bienestar de la gente, recabar su aprobación y, con ello, ganar su confianza.
En la agricultura de riego hay que proporcionar grandes cantidades de agua al cultivo de manera artificial: aspersores, canales o acequias. Requiere mayor inversión y trabajo, pero asegura —salvo catástrofe natural en contrario— tener cosechas de manera permanente. Así es la política. La confianza se cultiva a través de acciones que la van forjando.
El descreimiento hacia la política y los políticos no surgió por generación espontánea ni ha sido fruto de una catástrofe natural. Los políticos la han construido con trabajo y tesón. Llegó un momento en que los ciudadanos dejaron de creer en la política monopolizada por el PRI y en su poder transformador. La pluralización y diversificación de opciones producto de las reformas dieron aire al sistema y esperanza a la ciudadanía. Un número creciente de electores comenzó a apostar por otros partidos creyendo que sus ofertas políticas no sólo eran mejores sino que, en caso de ganar, las llevarían a la práctica. El triunfo en las elecciones de 2000 de un partido distinto al PRI redobló la fe de la mayoría de los mexicanos en el poder transformador de la política. Sólo 42% de los ciudadanos votó por Fox y el PAN para la Presidencia, pero más de 70% pensó que México cambiaría prácticamente en todos los órdenes.
Desde entonces hasta el día de hoy lo único que ha crecido es el descreimiento. Y no se trata de que se esté orquestando una campaña antigubernamental o, peor aun, antiestatal. Se trata de que ninguno de los partidos se ha encargado de construir acequias, canales y aspersores para cultivar la confianza.
No creemos en las instituciones establecidas para cuidar nuestros ahorros porque ni la CNBV ni la Condusef protegieron a los casi siete mil ahorradores de Ficrea que fueron defraudados. No creemos en la justicia electoral porque el Partido Verde viola sistemáticamente la ley y los magistrados sólo les obsequian un regaño público. No creemos en la palabra de los políticos porque dijeron que con la reforma de 2007 el costo de las elecciones iba a disminuir y no ha hecho más que crecer. No creemos en los legisladores porque se despachan con la cuchara grande de los moches y mantienen en la opacidad las cuentas del Congreso; porque dicen combatir los privilegios, pero siguen escudándose en el fuero.
No creemos en los funcionarios públicos federales y del DF porque se envuelven en los discursos sobre transparencia para luego engañarnos —por acción u omisión— con sus declaraciones. No creemos en la Reforma Educativa porque vemos el pasmo del gobierno ante las acciones de la CNTE y la CETEG para dinamitarla. No creemos en un secretario de Hacienda incapaz de ver el conflicto de interés por recibir un préstamo hipotecario del contratista consentido del gobierno. No creemos en la rendición de cuentas porque cada vez son más las adjudicaciones directas que las licitaciones. No creemos en el discurso anticorrupción de los partidos cuando cada uno de ellos encubre a un gobernador, a un diputado o a un alcalde.
Estos son casos concretos y los hay en todo el mundo. El problema en México es que el descreimiento rebasó lo casuístico para convertirse en sistémico. No creemos que el Ministerio Público exista para recibir las denuncias de la población; ni los jueces para dirimir imparcialmente los conflictos; ni los legisladores para legislar a favor del interés general; ni los gobiernos para procurar justicia, igualdad y seguridad.
El problema no es de los incrédulos. Es de los políticos que han construido el descreimiento generalizado. El problema es grave porque no se reduce a desconfiar de las promesas de campaña. Ahora tampoco creemos en las iniciativas y acciones. La gente no cree en la veracidad de la sobrecogedora explicación del procurador sobre los desaparecidos de Ayotzinapa ni en que el Ejército no participó; no cree que los delitos de alto impacto hayan disminuido en Michoacán; no cree que los recursos para los productores del campo de Guerrero, Chiapas y Michoacán lleguen a buenas manos; no cree que la nueva convocatoria para el tren México-Querétaro esté libre de corruptelas.
Así no se puede gobernar de manera medianamente efectiva. Si quieren hacerlo, la primera tarea es devolver la confianza al ciudadano. Hacernos creer que la participación política y el voto pueden tener algún potencial transformador.
*Investigador del CIDE
Twitter: @amparocasar
