Demócratas de izquierda

El PRD ha contribuido a la estabilidad del país no sólo por medio de la canalización institucional de la participación política sino a través del impulso de una agenda de derechos sociales, políticos y económicos que no hubiesen llegado o hubiesen tardado más en llegar de no haber existido.

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María Amparo Casar 30/04/2014 02:20
Demócratas de izquierda

El PRD celebra mañana su 25 aniversario. La transición democrática en México no puede entenderse sin este partido creado al calor del fraude electoral de 1988. Su fundación fue la culminación de un proceso de unidad de las izquierdas decididas a participar de manera conjunta en la política electoral como vía para acceder al poder y desde ahí impulsar una agenda distinta a la de un PRI todavía autoritario y cada vez más alejado de las causas populares y un PAN que, al menos desde la propia izquierda, no se vislumbraba capaz de atraer el voto de las mayorías y ganar poder.

El PRD ha contribuido a la estabilidad del país no sólo por medio de la canalización institucional de la participación política sino a través del impulso de una agenda de derechos sociales, políticos y económicos que no hubiesen llegado o hubiesen tardado más en llegar de no haber existido. El sistema de representación proporcional, las instituciones electorales independientes, el Congreso en contrapeso, el tema de la discriminación, los derechos reproductivos…

Puede presumir sus múltiples triunfos electorales, su consecuente cuota de poder y su influencia en la definición de las políticas públicas. Puede decir, sin temor a equivocarse, que ha sido un actor principalísimo en el último cuarto de siglo, pero tiene deudas consigo mismo y con la sociedad. En el PRD persisten vicios propios y vicios aprendidos en la escuela del ejercicio del poder.

Los vicios aprendidos han dejado un saldo negativo al partido. Los gobiernos perredistas han estado lejos de ser un referente de ética pública. El ejercicio de gobierno en el DF, que ya dura 17 años, ha sido en muchas ocasiones ejemplo de clientelismo y patrimonialismo, de discrecionalidad y opacidad en el uso de recursos públicos, de tolerancia a la ilegalidad y de contubernio entre poderes fácticos y autoridades.

Entre los vicios propios figura el sectarismo. La única forma que han encontrado para resolverlo —que en realidad ha sido una forma de profundizarlo— es el cuotismo entre las fracciones: el reparto del poder al interior de su organización. Es un vicio de inicio que, como algún día me dijo Carlos Navarrete, proviene del origen variopinto del PRD, que no se encuentra en los partidos de izquierda que han llegado al poder en otros países: movimientos, corrientes y partidos con aspiraciones, ideologías y prácticas diversas que se coaligaron en una sola organización política a raíz de una coyuntura y que ha insistido en mantener una unidad que no es tal más que en la franquicia de sus siglas.

Las divisiones reales al interior del PRD parecen cada vez más insostenibles. Subsisten en él los que abrazan la democracia y los que la desprecian; los que entienden la negociación como parte de la política y los que la llaman componenda; los que aceptan sus derrotas y los que la atribuyen siempre al fraude; los que miran al exterior y los que insisten en que México sólo hay uno. Cito a Roger Bartra, que hace tiempo escribió: “Desgraciadamente, una parte importante de la izquierda ha dado un giro conservador y le presenta la espalda a la nueva condición democrática. Los ejes de este giro pueden ser ubicados con precisión: las fuerzas políticas impulsadas por el EZLN y las que encabeza López Obrador han auspiciado una reacción contra la cristalización de la democracia. En lugar de fomentar la expansión de una nueva cultura democrática, estas fuerzas han contribuido —cada una a su manera— a la expansión de las viejas expresiones dogmáticas, nacionalistas, populistas, paternalistas y autoritarias que se identifican con el extinto bloque socialista y con la larga dictadura del PRI” (“La responsable moral de la transición”, Nexos, diciembre/2005).

Al final, ha sido el miedo a perder votos y con ello cuotas de poder e influencia lo que ha mantenido unido al PRD. Quizá sea tiempo para que reconozca que en su interior hay posiciones irreconciliables que militan en contra de la posibilidad de convertirse en opción de gobierno. El primer paso y el más relevante por su fuerza política lo dio López Obrador al abandonar al partido que presidió y abanderó en dos ocasiones a la Presidencia. No hay mucho más que perder.

Frente a esta izquierda hay otra encabezada por Nueva Izquierda que también cumple 25 años y celebra de la mejor manera posible. Con un encuentro nacional e internacional que muestra su disposición al debate; a abrirse a las experiencias internacionales de los partidos gobernantes socialistas o social demócratas de América Latina y Europa. Una izquierda que convoca no sólo a los militantes del PRD sino a personas sin militancia partidista que se identifiquen con lo que ellos llaman “demócratas y progresistas” o demócratas de izquierda. Una izquierda tolerante a los puntos de vista contrarios, que no rechaza el mercado sino sus excesos, que quiere ganar pero sabe perder, que aprende de sus fracasos, que sabe negociar y que puede ser opción de gobierno a nivel nacional.

                *Investigador del CIDE

                amparo.casar@cide.edu

                Twitter: @amparocasar

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