Mamá cumple cien años

Este domingo se cumplió un siglo de cuando los congresistas 
de Querétaro dieron a luz la Constitución Política que hoy nos rige.

Raras veces los gentilicios de la geografía urbana tienen sentido. En un claro abuso del lenguaje me permito llamar aquí “topónimos” o “gentilicio” al nombre de las calles, colonias y barrios en las que se divide la urbe. Pero reconozca usted, indulgente lector, que algún sentido tiene. “Soy tepiteño” o “soy de Coyoacán” son expresiones comunes que, con cierta desenvoltura, pueden extenderse a las calles y avenidas.

A pesar de los encomiables esfuerzos de antiguos nomencladores por dar coherencia a los nombres de las vialidades, las denominaciones resultan a menudo divertidas cuando no aberrantes. La colonia Roma es un buen ejemplo. Ya me contará usted a qué Medellín se refiere la calle homónima, o bien, cómo es posible que Zacatecas se encuentre entre Querétaro y Guanajuato o Londres entre Hamburgo y Marsella.

Algunas colonias, sin embargo, pese a los embates del tiempo y de los reformadores arbitrarios e ignorantes, resisten. Ya le dieron en la madre a los hermosos bosques de la San Rafael, pero los ilustres escritores y pensadores de Polanco mantienen sus fueros. Y el entramado fluvial de la Cuauhtémoc se conserva. Las bahías, los lagos siguen ahí, aunque nadie sepa dónde diablos se encontrará el “Lago Gascasónica”.

Una lectura atenta de la toponimia resulta a menudo muy divertida. Pero hay una esquina en particular (tal vez más de una) que tiene todo el sentido del mundo: Cinco de febrero y Venustiano Carranza, pese a que el Palacio de Hierro y la Parisina quién sabe qué buscan ahí.

Este domingo se cumplió exactamente un siglo de cuando los congresistas de Querétaro dieron a luz la Constitución Política que hoy nos rige. Es un decir, pues la vieja señora se ha vuelto achacosa y se le han practicado más liftings, liposucciones e implantes que a Silvia Pinal.

A pesar de todo, la gran Silvia sigue siendo ella y la Carta Magna, contra viento y marea, también. No fue fácil dar a luz ese proyecto que ya llevaba en la grupas de su caballo el no menos grande Venustiano cuando años antes atravesó el país al frente de ese ejército que ya se llamaba Constitucionalista, pensando más en la que se proponía engendrar que en la liberal de sesenta años antes.

El país se encontraba sin estructura política alguna. El último presidente, Francisco Lagos Cházaro, había renunciado dos años antes, y Carranza se ostentaba como el “Jefe Máximo”, con base en el poder militar que le otorgaba estar al mando de un ejército de 150 mil hombres.

Cuatro años antes, cuando en Aguascalientes se celebró la Convención que reunió a los también cuatro adalides: Villa, Zapata, Obregón y él mismo, las cosas no le habían salido bien. Por ello precisamente la sede había salido por piernas de la Ciudad de México y se había desplazado al reconfortante Bajío. De todos modos don Venustiano acabó refugiándose en Veracruz, lo más cerca posible de otro posible y providencial Ipiranga. En el 17 la Ciudad de los Palacios tampoco resultaba del todo confiable y, con todo y tiliches, los constituyentes electos se refugiaron de nuevo en el Bajío. Esta vez en el Teatro Iturbide de Querétaro.

A pesar de que los villistas y los zapatistas ya habían sido defenestrados, las cosas no fueron fáciles. La influencia de ambos, agrupados en los que fueron dados en llamar “jacobinos”, fue decisiva y dificultó que el proyecto carrancista transcurriera sin sobresaltos. La Batalla de Celaya ya había tenido lugar y faltaban apenas dos años para que el Caudillo del Sur fuera asesinado al mismo tiempo que su causa y consigna. Por otro lado, las diferencias con Obregón ya se encontraban en pleno proceso de incubación y tampoco se dejaron pastorear fácilmente.

Si la de 1857 se vio marcada en gran medida por la de Estados Unidos, la del 17 no podía ignorar las impetuosas corrientes de pensamiento revolucionario que recorrían Europa. De manera que el trabajo de Querétaro consistió fundamentalmente en respetar el antiguo texto, pero dotarlo de un espíritu social y libertario de la que aquélla carecía. No olvidemos que otros de los grandes convidados de piedra fueron los hijos del Ahuizote Ricardo Flores Magón.

Hubo que frenar las pretensiones de los más radicales y dejar las grandes reivindicaciones, por supuesto, las normas de gobierno y la no reelección, pero también sobre la propiedad de la tierra, la política fiscal y la educación en un tono relativamente moderado.

Pocos ordenamientos básicos revolucionarios exigieron sostener la esencia negando todo escamoteo sectario. Para obtener buenos resultados establecieron de entrada mecanismos intransigentes. Muchos independientes votaron inopinadamente, los antiguos villistas estaban orillados y nunca obstaculizaron.

En otras palabras, la Nación Mexicana moderna se estructura en torno a Querétaro, pero el precio fue la renuncia a las aspiraciones mucho más audaces de aquellos que concebían la Revolución como un auténtico derrumbe de las instituciones burguesas.

Tal vez, años más tarde, Álvaro Obregón las hubiera abanderado, pero aquel balazo en La Bombilla, al son de El limoncito, truncó de raíz la expectativa.

Aunque un tanto descafeinada, es imposible desconocer el carácter fundador de aquella valiente e inteligente gesta legislativa. En triste contraste con el engendro que, queriéndola supuestamente honrar, sus falsos herederos presentaron en sociedad precisamente este domingo. La alegría de la efemérides no oculta la pantomima grotesca de los actuales saltimbanquis.

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