Inadmisible

El universo del comercio extendió sus fronteras de modo alarmante.

Que la publicidad hoy en día no es sino el reino de la mentira, una más sofisticada que otra, es cosa sabida. No siempre fue así. Si uno ve o lee los anuncios de hace uno o dos siglos, digamos, se dará cuenta de que antiguamente la publicidad era esencialmente informativa. Se limitaba a hacer del conocimiento público que se vendían determinados productos o se ofrecían determinados servicios. “Vendo huevo de ganso a $1.50 la docena. Ericsson 13-231”. Así por el estilo.

Las cosas, ya lo sabe usted perfectamente, sufrido lector, se han refinado enormemente, lo que equivale a decir que se han pervertido. Ahora ya no se trata simplemente de informar y ni siquiera de convencer. El objetivo, hoy por hoy, es condicionar, domesticar y amansar.

En principio la publicidad se restringe al mundo del comercio, al dominio del comprar y vender. Se trata de enjaretarle algo al mayor número posible de incautos clientes, consumidores potenciales.

Lo que sucede es que ese universo del comercio ha extendido sus fronteras de manera alarmante. Y lo que se ofrece a la venta ya no son únicamente productos o servicios. Hoy en día la publicidad se ha apoderado de los terrenos de la política, del arte y del espectáculo. Ya no hay diferencia alguna entre propaganda política y publicidad comercial. Como aseguraba y ponía en evidencia el maestro Eulalio Ferrer, los métodos de ambas son exactamente los mismos.

Es una manera de vender ideas, proyectos y personas. La gestión pública se ha vuelto simplemente un negocio. Lo mismo sucede en el mundo del arte y del espectáculo. Así se trate de un Botero o de Lady Gaga. La cosa es ponerle el mayor precio posible, es decir aquel que garantice que la mercancía se venda y que la ganancia sea óptima.

El ejercicio en sí de tales prácticas es bastante mezquino, cierto. Pero digamos que es natural y en esa medida, tolerable. El asunto se enturbia cuando se recurre a la trampa, al engaño. Cuando ya no se trata simplemente de “colocar” objetos o sujetos, sino de engañar, timar, tomar el pelo. Vender gato por liebre, o simplemente vender la liebre sin liebre y sin gato.

Es esta una especialidad cada vez más frecuente, y que a menudo traspasa los límites de la ética y de la ley, y se vuelve definitivamente inmoral cuando no ilegal. Los ejemplos sobran. El muy reciente caso de la falsa muerte del cantante británico George Michael es una ilustración magnífica de hasta dónde puede llegar la manipulación y el engaño. No es la primera vez que se anuncia la desaparición de una estrella con el único propósito de llamar la atención, ocupar titulares de periódicos, tuits en las redes y minutos de televisión en horario triple A.

Es un recurso harto sobado. Hace ya muchos años “mataron” a Paul McCartney. De hecho todavía no lo resucitan del todo y sigue por ahí el rumor de que quien se ostenta como tal no es sino un doble. También, en su momento, lanzaron los borregos de las muertes de Britney Spears, Shakira, Will Smith o Paris Hilton, entre otros muchos.

Se trata en todos los casos de maniobras sucias, marrulleras, con tal de conmover almas sensibles y de rebote aumentar el consumo, es decir el flujo de billetes. Después resulta que todo fue un engaño, y los pobres seguidores no saben si tranquilizarse o emputarse. O ambos. De cualquier manera, el parné ya no regresará.

El caso George Michael, sin embargo, es mucho más deleznable, si cabe. Se anunció su deceso con bombo y platillo, asegurándose de matizar que “las causas no se habían podido establecer del todo”, y se tardaron casi 48 horas en desmentirlo y hacernos saber que andaba de parranda.

En el momento de escribir estas líneas aún no está claro si la engañifa fue montada por sus managers, productores y la compañía disquera Sony Music, sin conocimiento del cantante, o si éste fue cómplice del borrego. Él asegura que se encontraba en su residencia de Palm Springs y no se enteró de nada, pero aquí entre nos su versión resulta poco creíble. Ni siquiera el consumo ingente de sicotrópicos y su explicación de que “quería desconectarse del mundanal ruido durante la Navidad” parecen justificar su silencio.

Su muerte y resurrección se inscriben en ese fenómeno que los sociólogos han definido recientemente como la “post verdad”, concepto complejo y que remite a que ciertas creencias o versiones inverosímiles tienden, cada vez más, a volverse reales y verdaderas. Es el caso, por ejemplo de los resultados inexplicables de los referenda en el Reino Unido y Venezuela, o el triunfo de Donald Trump en las elecciones gringas.

Postverdades representan ideas muy extendidas rompiendo obviedades, las ocasiones propicias reproducen indiscutibles mentiras en riguroso orden. Mentiras indiscutibles validando incertidumbres, exhiben sin ambajes esa supuesta urdimbre sin trama entretejiendo desvaríos. En el caso de nuestro pop singer el resultado es un sentimiento generalizado de confusión en el que, a la manera del Gato de Schrödinger, ya no se sabe del todo si está vivo o muerto. Y esté como esté, de qué manera lo está.

George Michael seguirá cantando y engrosando sus cuentas bancarias. Si la mentira le salió bien, que es lo más probable, la engorda será notable. Ello no resta un ápice a la indignidad de tales engañifas innobles. Inadmisible.

El único atenuante que podemos esgrimir es que el susodicho desmentido se produce precisamente hoy, 28 de diciembre.

Reciba, querido amigo lector, un abrazo apretado y mis deseos sinceros de un nuevo año nuevo para usted y los suyos. Recuerde que el día de hoy también tiene 24 horas y que es probable que más de uno le quiera ver la cara. Es un antiguo y entrañable juego. Póngase pilas. Y si George Michael se cuenta entre sus amores musicales, consuélese sabiendo que aquí quedan centenares de grabaciones que le endulzarán el duelo.

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