La conjura de los mensos

Existe una extraña consigna que parece regir el comportamiento grupal de los animales; el hombre no es la excepción.

Escojo como título de estas líneas el de la incomparable novela de John Kennedy Toole, que ya antes de plasmarlas promete quedarle como anillo al dedo. También hubiera podido encabezarlas como La rebelión de las masas, del no por polémico menos agudo Ortega y Gasset.

En el fondo vienen a decir lo mismo, tal como sus sendos títulos vaticinan. Me inclino por la primera, porque es gringa y se acerca de alguna manera a explicar el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales, también porque es más reciente y por lo tanto evoca mejor la situación actual en el mundo, y en tercer lugar porque es mucho más divertida y más dramática al mismo tiempo. Su autor se suicidó a los treinta años inmediatamente después de haber concluido la escritura. Nunca la vio publicada.

La idea que subyace en ambas y que dirige sendas reflexiones es la de que el comportamiento colectivo acostumbra a estar regido por una especie de obnubilación igualmente colectiva, muy cercana a la estupidez. No tengo más remedio que referirme a otro gran autor: En la entrada del campo de concentración de Auschwitz existe hoy una placa con la siguiente frase de Johann Goethe, pronunciada o escrita quién sabe en qué circunstancias: “Pobre de mi pueblo, tan generoso en cada uno de sus individuos y tan miserable en su conjunto”.

Y ese es el punto. Tal como dije hace quince días en la primera entrega de esta semiserie dedicada a esa nebulosa llamada libertad, algo sucede en el tránsito de lo individual a lo social. Como si se impusiera una especie de borreguismo irreflexivo, que aquí prefiero llamar “rebañismo”, y que suprime de manera drástica los eventuales grados de libre albedrío que cada persona, por separado, pudiera poseer.

Existe una extraña consigna que parece regir el comportamiento grupal de los animales, al menos en muchas de sus especies, y el hombre no es la excepción. Ello no deja de ser sorprendente, pues el advenimiento del lenguaje y con él el de la cultura propiamente dicha, que le son exclusivos, permitiría pensar que está a salvo de los condicionamientos genéticos y etológicos que determinan la conducta de sus hermanos de reino.

Ya hablé, largo y tendido, del caso de las abejas, uno de los más sofisticados y sin duda llamativos, pero lo mismo, guardando todas las distancias podría decir de los patos o los bisontes. Dicha consigna, ya sea instintiva o cultural, viene a decir más o menos: “Hay que hacer lo que hace todo el mundo”, o si usted prefiere suavizarlo, magnánimo lector, postúlela así: “Es bueno hacer lo que hacen los demás”.

Existen en diversas lenguas proverbios antiguos que, de una manera u otra, así lo aconsejan. En español decimos —es decir, se dice— “Al país que fueres haz lo que vieres”. Los franceses recomiendan: “Il faut faire come tout le monde”, que vienen a decir “Compórtate como los demás”.

Tal reflejo, por llamarlo de algún modo, apela a la supresión del propio discernimiento y apuesta por una suerte de razón o inteligencia multitudinaria, que estaría por encima de las bobas cavilaciones personales. Es como si nos dominara una especie de complejo de inferioridad que nos hiciera desconfiar de nuestro propio criterio y depositáramos la responsabilidad de nuestras decisiones en los demás, en particular en ese ente amorfo que es, ya no la sociedad, sino la masa.

Así funciona precisamente el fenómeno de la moda, que ya recordé, hace poco, ocupó mis primeras disquisiciones en esta columna hace más de diez años. De ahí precisamente su nombre: “¿Qué me pongo?”, o dicho en términos acordes a lo que sostengo hoy: “¿Qué se lleva?”.

Un fenómeno interesante, por ejemplo, lo constituyen el caso de bares o restaurantes en las grandes ciudades. Los hay magníficos que carecen de clientela, mientras que otros, no tan magníficos digamos (dejémoslo así) que están siempre hasta la madre, con sus respectivas colas en las banquetas. Prefiero no dar nombres, para no dar cebollazos a nadie ni herir otras susceptibilidades, pero ni es necesario. Usted los conoce bien, mundano lector.

La cuestión aquí no es tanto de inteligencia o conocimiento, sino de libertad. Libertad a la que uno renuncia en nombre del confort de la masa, del rebaño.

Este fue el gran debate que se produjo en Europa, sobre todo en Alemania, a finales del siglo XVIII, cuando surgió la corriente del romanticismo opuesta a la del racionalismo imperante. El puente entre las dos ópticas enfrentadas lo simboliza mejor que nadie el enorme pensador de Königsberg, Immanuel Kant, que de alguna manera fue el último de los racionalistas y el primero de los románticos.

Los primeros representan eso, el raciocinio frío y consensuado, y los segundos obedecen a los dictados de esa loca frívola e individualista llamada libertad.

Kant pretendió injertar el primero en la segunda, sin renunciar a su rigor, pero enriqueciéndolo con la riqueza del goce. Siendo un hombre religioso, de origen pietista, defendió siempre ese híbrido delicado, entre lo profano y lo divino. Entre la alegría y la sobriedad. Entre la libertad y la sensatez.

Pocos escritores románticos resultarían empero tan estrictos, ninguno imaginó manifestar opiniones diametralmente opuestas. El universo kantiano auténtico nunca utiliza bases artificiosas, siempre intenta explorar métodos propiamente racionalistas en múltiples asuntos sagrados.

El dilema alemán: escoger entre el claustro del sabio y el jolgorio de los imbéciles. Entre la reverencia y la disipación, entre el templo y la taberna. Entre la disciplina y la libertad.

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