Concebir lo inconcebible
Hay dos apotegmas poco utilizados y que, aparentemente contradictorios deben ser aplicados, ambos, en este caso: Grande es el jardín del Señor y Nada nuevo bajo el sol.Que el Parlamento noruego, responsable, quién sabe por qué oscura razón, de elegir al ganador del Premio Nobel de la Paz, no es más que un rebaño vacuno (en este caso deben ser renos), no muy distinto del mexicano, era algo que ya sabíamos.
René, querido, esas cosas no se hacen.
O que ya debíamos saber, en fin. De hecho, todos los parlamentos del mundo no vienen a ser sino catervas de maleantes calientacurules.
Esta vez, sin embargo, se pasaron. Otorgar el susodicho premio nada menos que al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, es una enormidad alucinante. Más que concedérselo a Barack Obama, que ya es decir.
La razón por la que se designa a Santos es dizque haber logrado el acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC. Ora sí que los agarran en curva, pues el mentado acuerdo quedó en letra muerta al no ser refrendado por la consulta popular que debía darle el Vo.Bo. Y es que, ay, el resultado del plebiscito fue “inesperado” y muy reciente. Y por lo visto la decisión ya estaba tomada desde quién sabe cuándo y los insignes congresistas noruegos son de reflejos lentos. Como los nuestros, vaya.
¿Quién es, en definitiva, el tal Santos? Entre muchas de sus acrobacias está la de haber sido ministro de Defensa en el gobierno de su amigo, cómplice y padrino (y hoy “cordial adversario”), Álvaro Uribe, y como tal fue el responsable primero de la salvaje represión en contra de las FARC hará siete u ocho años. Fue durante su gestión que se produjo la brutal masacre conocida como la de los “falsos positivos” durante la cual, y a lo largo de meses, fueron asesinados cientos, tal vez miles, de campesinos y estudiantes sospechosos de haber “colaborado” con los guerrilleros. La denuncia mundial de tal atrocidad, como es habitual y natural, no sirvió absolutamente de nada y dejó totalmente inmaculado al flamante Premio Nobel.
Detrás de esa sonrisa sardónica, que la cirugía plástica hace aun más mefistofélica (el médico que lo operó, sin duda alguna, pertenecía a las FARC), se esconde, mal, un auténtico sayón, sin el menor escrúpulo ético. Estoy convencido de que si en el referéndum sobre el acuerdo de paz ganó el “no” es precisamente porque él, supuesto defensor a ultranza del “sí”, así lo quiso. Es la manera perfecta de acabar de humillar y desmovilizar a las FARC.
De hecho, tal acuerdo es una rendición de los insurgentes. Ahora, tras el “repudio popular” al armisticio, dicha rendición se vuelve incondicional. Ellos ya entregaron las armas y prácticamente se dispersaron. Pero así ninguna de las reivindicaciones acordadas se mantiene en vigor. Sus presos seguirán pudriéndose en las cárceles, sus derechos políticos continuarán negados y la tímida reforma agraria pactada se vuelve letra muerta. Operación impecable. Frente a los alardes victoriosos y a todas luces irresponsables y precipitados del comandante Timochenko, se abre un panorama desolador. Miel sobre hojuelas.
Todo esto parece que desde el lejano Ártico no se vio claro. En todo caso, ya que se trataba de celebrar el fin de una guerra a través de un acuerdo entre los combatientes, al menos, obviamente, debieron premiar, como ya lo han hecho en otras ocasiones, a los dos bandos beligerantes. ¿O no, pinches bacalaos de tierra firme?
Así lo hicieron en 1973, cuando compartieron ex-aequo entre Henry Kissinger de Estados Unidos y Le Duc Tho de la República Democrática de Vietnam. En 1978, entre Anwar Al-Sadat de Egipto y Menachem Begin de Israel, por el tratado de Camp David. En 1993, entre Nelson Mandela y el presidente de la República Sudafricana, Frederik Willem de Klerk, por la supresión del apartheid.
En 1994 fue repartido en tres, por el pacto israelo-palestino, llamado de Oslo, en la Casa Blanca, entre Yasser Arafat, Isaac Rabin y Shimon Peres. En 1996 lo dividieron el obispo Carlos Felipe Ximenes Belo y el jefe de la guerrilla del Fretilin en Timor Oriental, José Ramos-Horta. Y al año siguiente, 1997, lo recibieron John Hume y David Trimble, por las conversaciones que llevaron al compromiso de paz del Viernes Santo.
Este año hubieran podido hacer exactamente lo mismo. Pero no. Las órdenes de los Game Masters fueron otras. No bastaba vencer, era preciso humillar. Después de derribar al adversario, mear sobre el cuerpo dado.
Hace años, antes de la aparición en escena del siniestro Santos, parecieron abrirse paso perspectivas esperanzadoras. Los guerrilleros estaban exhaustos y el gobierno de Bogotá también. Se habló de amnistía y se inició un tímido pero prometedor intercambio de rehenes por prisioneros.
Propiciar el cambalache entre cautivos implicó trazar otros senderos, buscando insistentemente encontrar nuevas vías en negociaciones indispensables desde ópticas sensatas. La amnistía facilitaría aterrizar mejores iniciativas librando inmediatamente algunos candados recalcitrantes en condiciones esperanzadoras.
Sin embargo, todo quedó en agua de borrajas. El ascenso de la izquierda política en América Latina encendió las alarmas en Washington y toda estrategia pactista quedó clausurada. La guerra ahora es a roza, tumba y quema.
Ya cayeron los dos gigantes, Argentina y Brasil. Ahora fue Colombia. Van por Venezuela, por Bolivia y Chile. Y por Nicaragua. A México no cesan de acosarlo. Cuba la heroica quién sabe cómo le hará, y con quién lo hará.
Y es en medio de ese paisaje tétrico que los señorones de Oslo dejan caer su pestilente mojón. En todo caso, entre fiordo y fiordo, vale más que vayamos aprendiendo a concebir lo inconcebible.
