La Cuauhtemiña

Ya he dicho y repetido, y lo vuelvo a repetir, y sin duda lo repetiré más de una vez más, que las inminentes elecciones legislativas del próximo junio son harto deprimentes. Deprimentes y deleznables. Y ya encarrerado les endilgo el adjetivo que realmente merecen: ...

Ya he dicho y repetido, y lo vuelvo a repetir, y sin duda lo repetiré más de una vez más, que las inminentes elecciones legislativas del próximo junio son harto deprimentes. Deprimentes y deleznables. Y ya encarrerado les endilgo el adjetivo que realmente merecen: intolerables.

Desde el mismísimo primer mandatario de la República hasta un buen número de periodistas cercanos y respetables, pasando por el flamante consejero presidente del no menos flamante INE, nos llaman a participar, a votar, a optar. En otras palabras a legitimar la payasada. A hacernos cómplices de la mascarada.

El buen ciudadano, afirman, es el que toma parte. Es decir el comparsa. Nos dicen que elegir es el non plus ultra de la democracia. Votar es decidir, en otras palabras es gobernar. Lo que no nos dicen ellos es a quién seleccionar. Nos lo dicen otros. Pero no hay a quién irle. Ni a ellos ni a los otros.

Esta vez se escogerán más servidores públicos, funcionarios y cargos de elección popular, que nunca. Dos mil y feria. Dos mil huesos. Diez veces más que los que poseemos los humanos, contando estribo, martillo y yunque. Dos mil avorazados se saldrán con la suya. Otros miles se quedarán chiflando en la loma.

La cuestión clave es la de si la ciudadanía le otorga el hacerse partícipe del numerito y validarlo. A lo mejor, digo yo, la condición de ciudadano se adquiere al erigirse en hombre libre y en no sumarse a parodias impresentables. A los funcionarios y a los candidatos no les pregunto nada. No tiene caso. Pérdida de tiempo y de espacio. Pero a mis colegas, cronistas, comentaristas y columnistas sí les pregunto y los emplazo: ¿hay por quién votar? ¿Esa democracia tan ensalzada nos ofrece opciones, ya no digamos dignas, sino al menos razonables?

La pregunta es clave, y no vale —no valdría— hacerse maje. ¿Por qué votar? ¿Por quién votar? La respuesta de que se trata de un ejercicio simple e indispensablemente democrático no resuelve la cuestión. Comprométanse. Si la democracia que tanto alaban y vociferan es simplemente el reparto de huesos del dinosaurio, paso sin ver.

Como ciudadano libre y responsable de mi condición, hasta las últimas consecuencias, me niego a formar parte de este sainete impresentable. Los “ciudadanos” de otro tipo que vayan y voten y se sientan satisfechos de su conducta ejemplar. Y si los resultados favorecen su preferencia, mejor. Me dice la Vica que cuando juega el América los índices de criminalidad en la Ciudad de México disminuyen notablemente. Bendito sea el Azteca y el pase a la red.

De esos dos mil chacales que van por la osamenta de ese sistema político nuestro que hace tiempo ya entró en descomposición hay varios que son, sin duda representativos. Payasos, luchadores y actrices. De entre todos ellos es particularmente distinguido uno de los deportistas más célebres, en los últimos 20 años, de nuestro país: Cuauhtémoc Blanco.

Se presenta, y quién quita y gane (así funciona la democracia) como pretendiente a la alcaldía de una de las ciudades más importantes, no sólo por el número de habitantes, de nuestro país, Cuauhnahuac, “junto a los árboles” en su etimología náhuatl, y que los invasores en su imaginación e ignorancia proverbiales convirtieron en Cuernavaca.

La culpa y responsabilidad de tal atentado a la inteligencia pública no es del buen Cuauh ni del PSD que lo postula, sino de las decenas de miles de más que posibles ciudadanos votantes que pondrán la cruz junto a su nombre en las boletas. Los maquinadores de tal aberración saben que funciona. Son más mercachifles que políticos. Y sin duda habrá que concederles el beneficio de la osadía.

Perseguir resultados indiscutibles mediante aspirantes definitivamente oportunistas necesita atrevimiento. Ver inscribirse candidatos asaz execrables sólo manifiesta indolencia de innumerables votantes abúlicos. La auténtica unanimidad no implica conceder absoluciones.

El intríngulis, sin embargo, no es si el Cuauh, el 5X, Carmen Salinas, Lagrimita u otros personajes públicos singulares llegarán o no a ocupar los puestos públicos que la demos en ejercicio de su soberanía les otorgará.

Que la publicidad, la propaganda y la política, son trillizas, no sólo por la pe, no es ninguna novedad. Ahí están Evita e Isabelita Perón, Ronald Reagan, Carla Bruni, Angélica Rivera y muchos más para dejarlo en evidencia.

Sin embargo, que quede claro, que no tengo nada en contra del Cuauh. El nivel en el que estamos jugando es ése. Liga de ascenso. O de descenso. Ningún otro sabe hacer la cuauhtemiña. Y los  driblings en política, son importantes.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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