La bella insensatez

Mis héroes pequeños no son pequeños héroes.

En el recuerdo imperecedero

de la inolvidable Ana María, La Maja.

He decidido dedicar esta serie quincenal, o semiserie, a los que he llamado los héroes pequeños, y la denominación ha inducido cierta confusión entre algunos amigos y lectores.

Aclarémoslo. Mis personajes no son pequeños en tanto dimensión, talento o méritos. Se trata de grandes personalidades, de hombres y mujeres soberbios, deslumbrantes y excepcionales. Son pequeños únicamente en su papel de héroes, es decir, en cuanto celebridades, en la medida en que la historiografía les otorga, cuando se los otorga, un rol secundario, junto a los ensalzados grandes héroes, nombresotes que no siempre corresponden a hombresotes. Mis héroes pequeños no son pequeños héroes y a menudo son mucho más grandes e interesantes que los investidos como grandes.

Ello habiendo sido establecido y remachado, permítame, indulgente lector, hablarle de un hombre al que no conocí en persona y del que sé bien poca cosa. Y que, sin embargo, jugó un papel trascendental en mi vida y en la forja de la que es sin duda la más brillante etapa del siglo XX, los años sesenta. Lo fue en todo el mundo, en particular en México, y es aquí donde la figura de Víctor Rico Galán brilla con luz propia y se vuelve indispensable.

Se trata de una auténtica eclosión de pensamiento, acción e imaginación en todos los terrenos de la actividad humana. En el arte, la ciencia, la cultura y la política. Sobre todo en la política revolucionaria. Un maremágnum indecible, de una fertilidad inédita, exuberante y abigarrada. Un frenesí avasallador se apodera de la conciencia de hombres y pueblos.

Lo más notable, sin embargo, lo que distingue a esos años magníficos de otros periodos brillantes de la historia, es que las cuatro cardinalidades que menciono: arte, ciencia, cultura y revolución, van de la mano. Las cuatro giran, cual una ronda vertiginosa, en torno a dos fenómenos, lejanos e inseparables que conmocionan y conmueven al planeta. La inimaginable Revolución Cubana y la heroica resistencia del pueblo vietnamita frente a la agresión imperial.

La revolución guía. La perspectiva de la liberación, de la fractura de todas las cadenas, constituye el punto de fuga de la gran transformación. La ilusión del surgimiento de un mundo nuevo, emancipado de todos los yugos, finalmente se quedará así, en una simple —y no por simple menos majestuosa— ilusión. Tal vez es eso lo que hace de este tramo de la historia universal algo más maravilloso todavía. Inmarcesible.

Y es en este punto y en este marco que la figura de Víctor Rico Galán juega un papel insustituible en la faceta mexicana de aquel diamante, de aquel sueño fascinante. Puedo decir sin ambages, y sin intermediario alguno, que el gran Movimiento Estudiantil de 1968 en nuestro país se debe en buena medida a las imprescindibles columnas que publicaba cada semana en la revista Siempre! de José Pagés Llergo. Los de mi generación, más que leerlas, las devorábamos con fruición y con devoción casi religiosa. Víctor fue un forjador.

No obstante, no se quedó ahí. Su pensamiento y su pasión revolucionaria rebasaron los límites, para él estrechos y agobiantes, del periodismo y la palabra. Así que, predicando con el ejemplo y lampareado por la reciente gesta cubana, fundó en 1964 el MRP, Movimiento Revolucionario del Pueblo, con el propósito de  crear una organización armada que iniciara, dirigiera y llevara a cabo la revolución socialista en nuestro país. Existían ya numerosos grupos guerrilleros en América Latina, e incluso en Europa y en Estados Unidos. En México se anunciaban los primeros brotes en torno a Genaro en Guerrero y a Gámiz en Chihuahua. Pero el proyecto de Rico era mucho más ambicioso y exigía una planeación, estructura y sustento teórico más sólidos y menos improvisados.

Pronto aprestaron la organización militante acoplando bases locales arraigadas necesariamente con anterioridad, vinculando una estructura legalmente aceptada. Mientras incorporaban varias ideas, vivieron una etapa lógicamente vacilante al asumir muchas iniciativas.

Víctor había nacido 36 años atrás en Galicia, paradójicamente en la misma ciudad que el tirano fascista que obligaría a su familia a emigrar y, para fortuna nuestra, recalar en México. Aún niño sirvió de correo entre los grupos de resistencia durante la guerra, y en su casa mamó los ideales libertarios, republicanos y socialistas de su padre, que él llevaría mucho más allá, hasta sus últimas consecuencias.

Mucho después, durante dos años, infatigable, compaginó su labor periodística que nunca interrumpió, con las extenuantes tareas de puesta a punto del movimiento guerrillero.

Nunca llegaron a actuar. Dos años después, el 12 de agosto de 1966, los agentes de la DFS irrumpieron en dos de sus cuatro escuelas de cuadros, y detuvieron a todos los presentes. A pesar de la entereza de los detenidos y de las estrictas medidas de clandestinidad, Víctor y su hermana Ana María son arrestados en el aeropuerto de la Ciudad de México unos días después.

Su alegato durante el juicio fue y sigue siendo memorable. A la acusación de “incitación a la rebelión” respondió con un lapidario: “¿Yo, incitar? Son ustedes los que incitan a la rebelión del pueblo, con sus leyes injustas, sus salarios de hambre, sus privilegios, sus sindicatos blancos y sus despojos a los campesinos. Ustedes son reos de incitar a la rebelión”. En su ficha de la DFS se lee textualmente que es considerado “comunistoide, sin ética ni estética” (sic).

No quisiera, sin embargo, que su incomparable figura de revolucionario opaque la del formidable periodista que fue. Es proverbial la entrevista que le realizó al militar Gonzalo Bazán, que como no llevaba insignia alguna, lo consideró al principio un soldado raso, pero que a medida que la conversación avanzaba, al ver la clase de energúmeno que tenía enfrente lo fue ascendiendo mentalmente hasta nombrarlo general brigadier.

La revista Siempre!, con gran dignidad, siguió publicando sus artículos mientras estuvo en la cárcel. No olvidaré nunca cómo inició uno de sus textos desde la emblemática y redonda crujía N: “Yo estoy bien, aunque un poco preso”.

Tan bien no debía estar, pues en 1974, tres años después de salir libre, ese corazón que lo había hecho entregarse sin precaución alguna a la quimera de la libertad de sus congéneres, se detuvo. Tenía 45 años. Su herencia, apenas conocida, es definitiva.

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