El descabello

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Marcelino Perello 19/08/2014 00:08
El descabello

Hay un aspecto de las actuales reformas constitucionales que parece estar quedando en la sombra. No cabe ninguna duda de que uno de los protagonistas más indiscutible y fundamentalmente implicados por esta auténtica vorágine legislativa son las grandes organizaciones sindicales. Sin embargo se trata de protagonistas un tanto fantasmagóricos, que, salvo en un solo caso, apenas aparecen en escena. Están siendo una especie de convidados de piedra, si convidados fueran. Se trata de una ausencia imponente, que no puede no ser significativa. El silencio estrepitoso.

Desde un principio he considerado a Enrique Peña un político sagaz. Otras cosas no sé, pero sagaz sí lo es, en grado sumo. Para bien o para mal, posee un quehacer político hábil y resuelto. Parece haber logrado lo que otros no. En más de una ocasión y en más de un sentido lo he comparado con Carlos Salinas. Me parecen parecidos. Hay quien afirma que detrás de Peña se encontraría Salinas. Que sería éste último quien movería los hilos. Pero es obviamente falso. También en eso se parecen Salinas y Peña: detrás de ellos no hay nadie. Su consistencia lo prueba.

Y frente a la cuestión sindical, ambos han tenido actitudes, gestos y resultados más que similares. CSG domeñó a los dos Hernández, encarceló a La Quina, y los petroleros no sé aún si aceptaron, acataron o se sometieron (las tres cosas son bien distintas). Con Hernández Juárez negoció, y el poderosísimo y temible Sindicato de Telefonistas, frente a la primera gran operación privatizadora, calló. Ai siguen ellos, bien mansitos y aparentemente satisfechos.

EPN, por su parte, y de manera escrupulosamente análoga,  encarceló nada menos que a La Maestra, mientras lograba que el descomunal SNTE se hiciera maje (era la segunda vez que miraba para otro lado, como 25 años atrás, con el defenestramiento de Carlos Jonguitud y encumbramiento de la susodicha, a cargo del propio Salinas).

Y la Reforma Energética, que se antojaba espinosa, pasó sin mayores sobresaltos en ninguna de sus etapas. Yo ya entendí. No privatizaron Pemex. Privatizaron sólo el petróleo. Lo que no entendí fue el silencio, diría yo ladino, de Romero Deschamps y sus huestes.

La cosa no es trivial. Ya dije que me pierdo en los vericuetos —políticos y económicos, sociales e históricos— de esta operación. No tengo claro si la que sale ganando es la Exxon, como afirman unos, o es el pueblo de México, como afirman otros. Dios dirá. O Forbes.

Lo que sí tengo claro, como digo al comienzo, es que está en juego, en otro juego, el futuro del sindicalismo en nuestro país. No únicamente el futuro del STPRM, sino de todos los sindicatos y representantes, legítimos o espurios, de los intereses de los trabajadores.

El movimiento obrero se encuentra en franco declive en el mundo entero. En desbandada, diría yo. Las grandes centrales sindicales de Francia, Italia o del Estado Español, se han visto reducidas en los últimos decenios a su mínima expresión. Antes lo habían sido en Alemania, Estados Unidos y la Gran Bretaña. Nuestro país no podía ser la excepción. Las organizaciones mexicanas de trabajadores fueron, hace tres cuartos de siglo, importantísimas. Se contaban entre las más poderosas e influyentes del mundo.

La responsabilidad de su deterioro recae, en partes iguales, diría yo, por un lado, en los eternos y obligatorios enemigos de clase: los propietarios, y sus instrumentos, gobiernos incluidos. Y, por otro, en muchas de las propias cúpulas sindicales, que, extraviadas, burocratizadas y viciadas, corroyeron los principios mismos del movimiento y lo llevaron a su descomposición.

En México, el principio de la decadencia se dio sin duda en la gran huelga ferrocarrilera de 1959 y su terrible, en todos los sentidos, desenlace. A la represión brutal (en ese caso el patrón directo era el Estado) se unieron los errores y defecciones, por sectarismo u oportunismo, de la dirección sindical. Los grandes líderes, Valentín Campa y Demetrio Vallejo, tuvieron la salida airosa en sus manos y la dejaron escapar. Los acuerdos de la sección de Matías Romero con la dirección de la empresa fueron un ardid con el que consiguieron dividir al Comité de Huelga.

Para algunos sindicalistas, aquellas resoluciones obviamente naufragarían y además dañarían otras secciones. Vallejo insistió con aspereza manejando iniciativas ambiguas, sólo intentó gestionar un estatuto notoriamente osado traduciendo reivindicaciones obreras sentidas. Mientras urdían cláusulas herméticas ofrecían sinecuras.

Unos cayeron en la celada y otros la aprovecharon. Unos acabaron en la cárcel y otros en el boato. En cualquier caso, el sindicalismo de nuestro país quedó entonces muy mal herido. Y nunca acabó de reponerse.

Las actuales reformas constitucionales, en primer lugar la energética y la educativa, al margen de cualquier otra consideración, amenazan con descabellar, acabar de acabar, con el malherido movimiento sindical mexicano. Es preciso estar alerta. Que quien debe estarlo lo esté.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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