Michoacán, de traspiés en traspiés

Usted sin duda está al corriente, inquieto lector, del reciente y rocambolesco caso del hospicio La Gran Familia, en la ciudad de Zamora, en la franja michoacana del Bajío. Como quien no quiere la cosa, ya dentro de la zona cristera, circunstancia que, aunque sea en ...

Usted sin duda está al corriente, inquieto lector, del reciente y rocambolesco caso del hospicio La Gran Familia, en la ciudad de Zamora, en la franja michoacana del Bajío. Como quien no quiere la cosa, ya dentro de la zona cristera, circunstancia que, aunque sea en sordina y de manera indirecta, no dudo que sea una de las componentes profundas del embrollo y consiguiente escándalo.

No me tome demasiado en serio cuando en el párrafo anterior digo que usted está al corriente. No es más que un decir. Porque en realidad nadie sabe bien a bien qué es lo que ha sucedido y lo que con anterioridad sucedía en los dominios de la ya célebre Mamá Rosa. Reina una total confusión en torno al asunto. Las versiones del Ejército, de la Secretaría de Gobernación y de las distintas policías no son dignas de crédito. Son contradictorias y están plagadas de interrogantes. Los materiales que los medios han difundido, tanto los textuales como los gráficos, también contienen una buena dosis de amarillismo y manipulación.

Nos presentan imágenes de habitaciones recién allanadas y saqueadas, de desvanes y cuartos de tiliches amontonados y polvorientos, con la obvia intención de que el público las tome como representativas del infierno que se vivía al interior de esas cuatro paredes. Las declaraciones de las supuestas víctimas también son un auténtico amasijo de inconsistencias. Y la intervención militar al rescate de los “rehenes secuestrados e indefensos” es sencillamente ridícula.

Los medios, presurosos y ávidos de noticias sensacionales, se han  precipitado, sin demasiada precaución, a hacerse eco de los más tremebundos supuestos hechos. En busca permanente de aumentar sus audiencias, son perfectamente sabedores, por supuesto, del enorme y malsano placer que despiertan en el gran público las historias sicalípticas, escatológicas y demoniacas. Y cómo se escandalizan e indignan, con los ojos bien abiertos y los oídos bien atentos, sedientos de los más escabrosos detalles.

Esta historia de plano no se sostiene. Tampoco se sostiene, deberé decir, porque de la misma manera no se tienen en pie otros episodios igualmente estrambóticos que han tenido también lugar en el mismo escenario de los hermosos y bucólicos parajes purépechas. Difícilmente olvidaríamos la célebre razzia de gobernadores michoacanos en el sexenio anterior. Docena y media de alcaldes fueron literalmente secuestrados —léase arraigados—, acusándolos de graves y organizados delitos. Pocos meses después, las autoridades judiciales y policiacas de entonces, con el rabo entre las piernas (ese rabo que tienen para que se los pise uno), fueron siendo puestos en libertad libres de cargos. Los responsables de tal desaguisado, como los de ahora, siguieron ahí tan campantes y chiflando hacia el cielo, como si nada. Y no se les enrojecieron los cachetes, pues carecen de tal propiedad cromática.

No obstante, el mayor, el más grave y estrepitoso de los disparates escenificados en el estado es sin duda el reciente e incomprensible vodevil de las autodefensas y el auténtico e interminable desbarajuste de sus secuelas enloquecidas. Desde un buen principio, no hay quien entienda nada. Ni quién es quién ni cómo ni el porqué.

Juan Manuel Mireles, Hipólito Mora y todo el extenso reparto de esta clásica comedia de equívocos y enredos, son personajes insostenibles. Para acabar de adobarlo todo, sólo faltaba la figura grotesca del delegado Alfredo Castillo (ese mismo que declaró, también sin enrojecer, que sabía que los Templarios comían niños crudos, “aunque no tenía pruebas”). Si éste, tal como presume y se presume, es el hombre de confianza del Presidente, tal vez quien no merezca demasiada confianza es el Presidente mismo.

El penúltimo (el sufijo “pen” ha de venir de “pena”) episodio de la representación consistió en la renuncia por motivos de salud  del gobernador Vallejo. Ajá. El que su hijo Rodrigo, El Gerber, haya sido dizque secuestrado y dizque fotografiado departiendo amigablemente con La Tuta, obviamente no tiene nada que ver. No pos no.

Entre las muchas cosas que no entiendo de todo este enjuague está la de que si fue el propio gobierno —tal como sospecho y como ya dije aquí mismo— el que lo fabricó y armó, como es que ahora no puede desactivarlo. Por lo visto, los chivos se le salieron del corral y ya no ven cómo pastorearlos. Las negociaciones quedaron a medias y la lucha de facciones ha cancelado toda salida airosa. Cuando debieron hacer política en serio, no supieron. Ahora generaron un desbarajuste mucho más tóxico e intrincado que el que había.

Para enfrentarlo, necesariamente debieron impedir esas nuevas tensiones entre sectores. Habiendo organizado un debate interno, necesitaban implementarlo, negociando urgentemente el sinuoso tema reglamentario, oxigenándolo gracias a traspasos inmediatos tácitamente oficiales, recogidos en sentencias institucionales sólidas también específicas.

No lo hicieron. Y por donde sea que se le mire, el afrentoso escándalo de Mamá Rosa y sus desamparados no hubiera podido ocurrir, no así, si previamente, a lo largo de años, no se hubiera estado fracturando sistemáticamente la estructura y la dinámica social y política de ese torturado estado. Polvos de aquellos lodos. De traspiés en traspiés.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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