Por Tehuacán
La expiación es curativa, pero también posee un papel preventivo, profiláctico.
La figura mítica de la expiación es antiquísima. Más incluso que la del pecado o que las religiones propiamente dichas. Los paradigmas de los tres grandes credos monoteístas no hacen sino recogerla, homologarla y asociarla con la culpa inherente a la condición humana. En algún texto breve, Baudelaire escribió, a mediados del XIX, en plena génesis de la Revolución Industrial, que el verdadero progreso no reside en las máquinas de vapor ni en las mesas giratorias (sic) sino en que por fin y de una vez por todas pudiéramos librarnos del peso agobiante de la losa del pecado original.
No deja de ser curioso que sea tan frecuente que los sacerdotes católicos se dirijan a su grey tildándolos de “pecadores”, sin más averiguación, por santa e impoluta que haya sido su conducta, en pensamiento y obra. Son pecadores porque su propia condición humana los condena a serlo. Son culpables porque sí, por ser.
En todo caso, al concepto de culpa es preciso asociarle otro, hermanado y enfrentado. El miedo. Entre los dos circunscriben la cuestión. La primera se refiere al mal ya acontecido, mientras que el segundo remite al que está por acontecer. Ambos, en direcciones opuestas, van de la mano de la angustia. Ella sí fundacional. La culpa inquieta porque, a través del miedo, anuncia que a la vuelta de la esquina espera el castigo.
La expiación es, pues, curativa, pero también posee un papel preventivo, profiláctico. Así la misma figura del “chivo expiatorio” juega, a lo largo de la historia, ambos papeles. Originalmente el ritual del sacrificio se producía antes de que la adversidad ocurriera. A modo de talismán o amuleto, digamos. Dicho sacrificio puede ir desde las penitencias más leves, ayunos y oraciones, hasta los ceremoniales extremos, los más graves, severos y crueles, que pueden llegar a la muerte de animales o personas.
Tales prácticas están escrupulosamente documentadas desde los primeros tiempos en que se inició la costumbre de andar documentando. Rituales sangrientos y preventivos los efectuaban ya los caldeos, antes tal vez que los hebreos, degollando precisamente un macho cabrío, de donde la metáfora, perfectamente en uso, de “chivo expiatorio” o “emisario”. Los griegos, siempre más ostentosos, mataban con el mismo propósito cien bueyes —no sé si los contaban— dando origen al término “hecatombe”. Nuestro ubérrimo lenguaje popular dirá de unos y otros, que en esos casos, se curaban en salud o que se ponían el huarache antes de espinarse.
Aunque luego también intervenían a misas dichas, a posteriori, no tanto para remediar lo que ya había ocurrido y no tenía remedio, sino más bien para castigar y castigarse, y así evitar amarguras peores y posteriores, y sin duda también para dar rienda suelta a su coraje y desahogarse. Se trata de expiación/penitencia, curativa y constituye la variante que conserva mayor vigencia en la actualidad.
El verbo “diezmar” en muchas de las lenguas indoeuropeas tiene precisamente su origen en la simpática costumbre medieval de ejecutar, a modo de lección y escarmiento, uno de cada diez soldados de un batallón que había dado pruebas de cobardía o indolencia durante el combate. Y seguimos diciendo con frescura y frecuencia que después del resultado muy negativo o incluso catastrófico de alguna acción, es preciso que “rueden cabezas”, metáfora a medias, basada también sin duda en alguna pintoresca tradición de quién sabe quién, quién sabe dónde, quién sabe cuándo.
Nuestras acendradas expresiones también recogen por supuesto tal figura, y dicen que “alguien pagará el pato”. De origen tan incierto como perfumado o, en otro registro, hablan de aquel que “ya no anda buscando quién se la hizo sino quién se la pague”.
Todas estas reflexiones me vienen hoy a la cabeza y a los dedos, rumiando acerca de los chivos expiatorios a que ha dado lugar el Mundial de Futbol que acaba de acabar. Y pienso sobre todo en tres, los tres obligatorios. Ser derrotado siempre es duro y difícil. Pero hay derrotas más dolorosas que otras. Y es precisa una buena dosis de temple para afrontarlas. Perder reclama ese carácter indómito obligatorio sin atonía. Vencer el ramalazo opresivo nunca integrable conlleva arrostrar mil invectivas amargas, saber enfrentar necedades sin un aire lánguido, demoler esa sensación lacerante utilizando mecanismos bien reforzados ante nuevos tropiezos evidentes.
Pienso en particular en tres descalabros especialmente crueles. En el de Brasil, el sacrificado fue el técnico Scolari. Auto de fe tan drástico como injusto como inevitable. El Felipâo no tuvo la culpa de la catástrofe. Sabe lo que hace y lo hizo bien, pero como él mismo dice, se les vino encima un vendaval. Ante eso nada sirve. La magnitud del desastre fue tal que alguna testa debía rodar inevitablemente. Escogieron la suya, y quizás no sea la única. La de la propia Dilma Rousseff se tambalea.
La rabia y la “explicación” del naufragio argentino se cebaron sobre Lionel Messi. Más injusto aún. Es el mayor jugador de todos los tiempos, de manera indiscutible. Y mereció el premio al mejor del torneo. Al frente de un equipo mediocre, lo llevó hasta la final y estuvo a punto de ganarla. Pero primero lo santifican y divinizan y luego le exigen —no le ruegan— milagros. Absurdo e inicuo, y no obstante, así suele acontecer. No es el primero.
Y, finalmente, nuestro propio revés. Ahí curiosamente nos equivocamos de chivo. Yo soy de los masiosares que estamos convencidos de que sí fue penal, pero prefiero no decirlo. Mi vocación de cabrito hace tiempo se agotó. La necesidad de culpabilizar a alguien de ese tan dramático como punzante desenlace es indiscutible. Pero la víctima es errada. Robben, ¿él qué? Es un gran jugador de futbol, y con zancadilla o sin zancadilla hizo lo que cualquier otro hubiera hecho. En cualquier caso, la víctima propiciatoria resulta igualmente indispensable. En el terreno de la alucinación sólo cabía responsabilizar de tal puñalada trapera al árbitro y a sus ayudantes. Y ya en plan serio, fuera de espejismos, a Rafael Márquez y a Miguel Herrera. Sin más.
Y es que, amigo mío, los chivos resultan, hoy como ayer, un artículo de primera necesidad. Y, por si las moscas, cuando se acerque octubre le recomiendo no ande merodeando por el rumbo de Tehuacán.
