Plutocracia

Con los gobiernos pasa lo mismo que con los árbitros; los mejores son los que no se notan. Aquí entre nos, mi convicción libertaria permanece incólume y me hace afirmar que la mejor manera de que ni unos ni otros se noten es que no existan. La sociedad y los deportistas ...

Con los gobiernos pasa lo mismo que con los árbitros; los mejores son los que no se notan. Aquí entre nos, mi convicción libertaria permanece incólume y me hace afirmar que la mejor manera de que ni unos ni otros se noten es que no existan. La sociedad y los deportistas poseen recursos y mecanismos de autorregulación que les permiten actuar de manera armónica y eficaz sin necesidad de capataces ni custodios. Si uno busca y encuentra los ejemplos adecuados y los sabe ver, la cosa parece bastante evidente. Pero, de todos modos es esa un discusión compleja y un objetivo muy lejano. Muchas cosas y muy trascendentes deberán pasar antes de que tal eventualidad se inscriba en el orden del día y pueda ser puesta de manera formal y operativa sobre la mesa. De momento aparquémosla.

El punto es que, hoy por hoy, los mejores gobiernos —los menos funestos— son aquellos que, sin dejar de gobernar, saben pasar lo más inadvertidos posible. Sin embargo, ay, tal talante y talento no son comunes. El arte y la ciencia de la discreción escasean. No sé si cada vez más. Parece una característica inexorable del poder el pavonearse y exhibirse

A lo mejor resultará verdad que la verdadera fuerza es tanto mayor cuanto más se exhiba. A lo mejor. La desvergüenza y el alarde parecen ser ingredientes indispensables de la autoridad y la supremacía. Todo poder es despótico. Por antonomasia. Arbitrio, arbitraje y arbitrario tienen en común algo más que la mera etimología. A menudo los poderosos de todas las clases, niveles y estilos, emitan disposiciones inanes, sin mayor sentido que el de marcar su territorio, su sacra potestad. Pa’ que se sepa quién es el que manda.

Los ejemplos de tan funesto hábito sobran, pero una magnífica, auténtica ilustración áurea de la estulticia arrogante de un gobierno, por muy local, popular y democrático que sea, nos lo acaban de brindar las autoridades de nuestra malhadada y maltratada ciudad capital, al endurecer el calamitoso programa de Hoy No Circula. Se trata de una medida que ya nació contrahecha, hace 25 años, y que desde entonces ya era claramente un yerro monumental. Con su reciente estrechamiento se convierte, sin más, en una barbaridad.

En mi muy personal —y por lo tanto indiscutible— rating, la administración del señor Miguel Ángel Mancera no ha hecho sino ir perdiendo puntos de manera constante e indefectible. No deja escapar una sola oportunidad. Dejemos de lado los problemas mayúsculos y escandalosos que afectan a nuestra megaurbe, sobre todo a las dos mil 900 colonias que no pertenecen a las 100 meras meras, y que a todas luces, para todos efectos prácticos y para nuestros ínclitos gobernantes, son las únicas que cuentan.

Reduzcamos nuestra observación de las dificultades que nos aquejan a las más obvias y sencillas de resolver: ¿Qué de plano es imposible poner el nombre de las calles en cada esquina? ¿Organizar mínimamente la numeración de casas, predios y locales es definitivamente una tarea hercúlea? Ni conozco ni sé de otra gran ciudad, “equivalente” digamos, en el mundo entero, en la que no haya papeleras en las banquetas. Parece mentira. Pero es verdad. Para asombro de forasteros y vergüenza de nativos.

Ya lo de sincronizar semáforos o resolver la proliferación de topes, baches, plumas y casetas privatizadoras de barrios enteros, y los otros tumores viales que padecemos, olvidémoslo. Pensar en esa posibilidad ya es de plano descabellado. Pertenece al Reino de Utopía al que aludo al principio.

Dejemos todo eso de lado. Más nos vale. No hagamos corajes, que no es bueno para la salud. Pero lo del bendito/maldito Hoy No Circula no lo pasemos por alto ni nos resignemos. Es más que una aberración, es una humillación. Una auténtica enormidad prepotente. Que quede claro que aquí hay gobierno, qué chingaos.

Las medidas para desmotivar y reducir el uso del automóvil particular se aplican en muchos lugares del mundo, y pasan, obviamente, en primer lugar, por optimizar y favorecer el transporte público. Ya hablaré de ellas. Si se piensan y aplican con equidad, respeto y conocimiento de causa, son, más que razonables, imprescindibles. Pero no de esta manera, abusiva, torpe y ora sí que arbitraria. Monitores expertos, nacionales y extranjeros, muestran que el programa actual no altera significativamente la calidad del aire metropolitano, y no hace sino agravar las tremendas equivocaciones cometidas desde un principio.

Para ubicarlas es suficiente considerar los anémicos resultados obtenidos. Mediciones independientes verifican este sombrío saldo incluyendo groseras anomalías nunca admitidas. Ningún observador tuvo inconveniente en notificar esas recomendaciones indicando varias alternativas lícitas.

No obstante, la objeción mayor e ineludible no es de orden técnico ni atmosférico ni sanitario, sino ético y social. Al estimular la adquisición de vehículos nuevos y caros, se promueve a sus fabricantes y vendedores, y se premia y ensalza a sus clientes. Que se frieguen los mugrosos y sus carcachas apestosas. Quién les manda. No hay más vueltas que darle. Nos enfrentamos a la más estricta, impecable, cínica plutocracia.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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