Cruel intensidad

En el léxico filológico se conoce tales expresiones espurias como “idiotismos”.

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Marcelino Perello 09/07/2014 00:00
Cruel intensidad

Escribo estas líneas que, aunque lo parezcan, no son las primeras de mi entrega de hoy ni estaban pensadas para serlo, en estado de shock. No soy el único ni mucho menos. Tecleo en medio del medio tiempo del partido entre Brasil y Alemania. En el mundo entero, millones no acaban de hacerse cargo de lo que está pasando. Los brasileños menos que nadie.

Existía prácticamente unanimidad entre los aficionados —tanto entre los verdaderos conocedores como entre los que se las dan— de que los teutones llegaban mejor al encuentro. Brasil no había convencido en ninguno de sus cinco partidos anteriores. Las muy sensibles bajas de Neymar y de Thiago Silva no hacían sino oscurecer las perspectivas de los anfitriones. Pero este 5-0 no lo imaginaba absolutamente nadie. Entre otras cosas porque era inimaginable. Ahora, cuando ya se produjo, lo sigue siendo.

Ya va a empezar el segundo tiempo. Interrumpo aquí y me voy a verlo. Algo de sádico debe impulsarme. Orita vuelvo. Ya. El único atractivo real era el de medir la magnitud de la catástrofe. Y el ser testigo de un momento de dimensión histórica. El de presenciar un auténtico drama, en el sentido más estricto posible. En el sentido simbólico que todo drama comporta. No voy a abundar en la cuestión. Los comentarios, de todas categorías y en todos los tonos, ya deben estar brotando como chapulines en tiempo de lluvias.

Ahora sólo quiero subrayar y establecer que lo que aconteció en aquel infausto estadio (infausto para unos, los dueños de casa) fue un genuino, terrible drama. Estoy seguro de que no serán pocos los que lo compararán con aquel otro, acaecido hace 64 años, en el que los mismos anfitriones sufrieron otro descalabro inmenso, cuando perdieron el campeonato mundial al caer ante Uruguay en el último partido (en aquel tiempo no era “la final”, pues se jugaba con el sistema de round robin y no por eliminatorias) por dos goles a uno.

Se trató de otro drama, qué duda cabe. Y también tengo la certeza de que habrá muchos que considerarán lo que tuvo lugar hoy como mucho peor que lo de entonces, pues un 7 a 1 es más grave que un 2 a 1. Y no tendré más remedio que contradecirlos. Aquello fue mucho más doloroso.

En primer lugar porque se trataba precisamente del último encuentro del torneo. En segundo lugar porque en aquella ocasión la verdeamarela saltó a la cancha con toda la convicción y la vanidad de la victoria asegurada, mientras que hoy la sombra de la derrota ya planeaba sobre el ambiente, aunque nunca con ese marcador escandaloso y humillante. En tercero, porque aquella debacle tuvo por marco el majestuoso escenario del flamante y gigantesco Maracaná, orgullo cegador de un pueblo aturdido por la demagogia inflamada del régimen filo y parafascista de Getulio Vargas. Y en cuarto y último lugar, en la línea de lo que marco antes, porque el gol decisorio, el que hundió a los brasileños, fue el último. Sostengo pues, en definitiva, que el maracanazo fue mucho más intenso y doloroso que el mineirazo de hoy.

Ello me conduce, y por lo tanto lo conduce a usted también, a una conclusión no por sabida menos desconcertante. Mientras más se encarama uno más gacho será el fregadazo que se acomode si llega a desplomarse. Obvio. Cuanta mayor la ilusión, mayor la posible desilusión. Nuestra sabiduría popular no podría decirlo mejor: “Tanto nadar para morir en la orilla”.

Los gringos lo dicen de otra manera, más cauta pero no menos aguda: no hope, no disappointment. En el Mundial participaron 32 países. Todos ellos sabían, antes de comenzar, que de ellos, 31 inexorablemente lo iban a pasar mal y se iban a llevar un disgusto. Para los que fueron siendo eliminados primero, ese disgusto, evidentemente, fue menor. De acuerdo con sus respectivas expectativas, claro. De la misma manera aquellos que mueren instantáneamente en un grave accidente, deben considerarse afortunados frente a aquellos que sobreviven para acabar falleciendo a los pocos o muchos días, después de una agonía indecible.

Y ya que hablamos de dramas, hay otro, un tercero, y que, ese sí, nos concierne muy directamente. La derrota frente a Holanda no podía ser más cruel. No estaba el campeonato en juego, pero sí estaba en juego el juego, que no es poca cosa. Y pregunto, le pregunto: ¿Puestos a perder, qué duele más, qué arde más, que resulta más insoportable? ¿Perder por 2 a 1 o por 7 a 1? ¿Perder cuando en el minuto 85 ganábamos, o perder cuando ya desde casi el mero inicio ha sido uno vapuleado? Me reservo la respuesta. Se la dejo a usted, reflexivo y aún estremecido lector.

Debo, por razones obvias, posponer la reflexión sobre nuestro propio drama y que tenía prevista (y en buena medida escrita) para hoy, hasta la semana próxima. Sin embargo, no puedo no terminar sin hacerle observar una diferencia notable. Hoy, ante el desastre, los brasileños se echaron encima de su propio equipo y lo abuchearon. Nuestro pararrayos, en cambio, fue otro: el adversario y el arbitraje. Contraste digno de análisis. Al margen de que lo discutamos con la seriedad y la serenidad que merece, junto con otro contraste, el que existe entre los dos encuentros, me hacen repetir lo que ya apunté hace ocho días y que es una de las pocas certidumbres en este pantano: si los señores de la FIFA pretenden ser severos y convincentes al mismo tiempo, deben modificar radicalmente la reglamentación del futbol soccer. Ya.

Puestos a resolver toda inconformidad deberían observar cuidadosamente los altercados varios expertos. Mejor introducir veredictos en situaciones sumamente inciertas, juzgando únicamente esos gajes umbríos evitando calificar otros menos oscuros sin apoyos bien establecidos.

No es admisible contaminar, por incompetencia y/o mala fe, la intensidad de lo vivido este martes, lo de hace diez días o hace medio siglo. Esa despiadada, hermosísima, incomparable, intolerable intensidad.

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