La querencia

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Marcelino Perello 08/07/2014 01:35
La querencia

Ya dio a luz. En la sala de partos de la maternidad ubicada en Reforma y París, después de serias y prolongadas complicaciones y el uso obligado de los fórceps, la criatura vino a este mundo. El pequeñuelo se llama Paquete. Su engorroso nombre completo es “Paquete de Leyes Secundarias a la Reforma Constitucional en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión”. Telecom, para los allegados.

En pocas ocasiones, como ésta, queda claro cuál es el verdadero rostro y función de la ultramentada democracia. Los “representantes del pueblo”, elegidos y sostenidos por éste, no están ahí para establecer, discutir y defender los intereses de la ciudadanía, así en general. Son literal y simplemente árbitros en la ruda contienda que sostienen los grandes consorcios involucrados en el control y usufructo de esa mina de diamantes que es el inacabable, inconcebible mundo de la comunicación electrónica, en todas sus modalidades y niveles.

De hecho, y para empezar, ya dije aquí mismo semanas atrás que los debates que han tenido lugar estos días en la Cámara alta se encuentran más en el dominio de la ciencia ficción que en el del derecho. Obviamente las leyes que con tanto esfuerzo acaban de aprobar ya serán obsoletas e inservibles dentro de diez años. Es más, si no se apura el estafeta, ya lo serán cuando lleguen a la Cámara baja. El vertiginoso y desbocado progreso tecnológico y la cantidad y magnitud de los capitales invertidos hacen de este dominio una auténtica madeja movediza, viscosa, inextricable e impredecible. Ambos registros no son independientes, por supuesto, sino que se condicionan y retroalimentan el uno al otro.

En medio de ese panorama atemorizante, y de esa confrontación despiadada, los senadores se ven confrontados a una triple y delicada posición. Primera, la que debería ser la sustantiva y única: abogar por los derechos del usuario y poner límites a la ambición voraz (y natural, reconozcamos) de los “prestadores de servicios”. Segunda, establecer las reglas de juego y limitarse a dirimir los diferendos que la competencia entre estos últimos propicia y abona, desde una actitud lo más ecuánime y neutra posible. Y, tercera, deplorable y me temo que inevitable, erigirse en representantes y defensores emboscados de los intereses de alguno de los ingentes megacorporativos en liza.

Está por demás decir que estas tres funciones son incompatibles entre sí, y que cada parlamentario se verá indefectiblemente atraído por uno de los tres vértices de este maléfico e irresoluble triángulo. Le dejo a usted la responsabilidad, juicioso lector, de determinar cuál de estas esquinas ejerce mayor magnetismo sobre nuestros representantes. ¿Como cuál habrá sido “la querencia” de cada uno?

Hace mucho que el sueño libertario de tantos y tantos demócratas y republicanos a lo largo de la historia y la geografía se vino abajo. Los engranes empezaron a girar al revés y el mecanismo que fue concebido para garantizar los intereses del pueblo frente a los de los poderosos pronto invirtió su función y en gran medida hoy la democracia no es sino una herramienta harto eficaz de asegurar, promover y beneficiar las metas de los dueños de vidas y haciendas frente a las de los desposeídos. Curiosa, precisa y tristemente, han sido los medios electrónicos en buena medida los responsables de este perverso vuelco.

No es fácil que esta supeditación del poder político al económico se exhiba públicamente. Las connivencias y complicidades que la posibilitan acostumbran a ser lo más discretas posibles. Sin embargo, en alguna contada ocasión, han salido a la superficie, con el consiguiente sismo político, precipitadamente soterrado. Recuerdo ahora el escándalo de la Empresa Nacional Petrolera Italiana, AGIP, que en los años 60 fue puesta al servicio de las multinacionales estadunidenses gracias a la abyecta maquinación de un grupo de políticos y parlamentarios encabezados por Amintore Fanfani.

Pocos observadores notaron grandes anomalías mientras otros nunca obtuvieron señales para identificar los agentes sobornados. Muchos indicios mostraban intromisiones verdaderamente impúdicas, a menudo acompañadas de atenciones, onerosas recompensas a esos solícitos colaboradores utilizando alias nunca demasiado obvios.

Fue el periodista De Mauro (no recuerdo ahora su nombre), del diario L’Ora, quien después de una larga y atrevida investigación develó toda la trama. Atrevida sin duda habrá sido, pues al cabo de poco fue secuestrado frente a su casa en Palermo. Nunca más se volvió a saber de él. Quien no se anda con chiquitas no se anda con chiquitas.

Quiero terminar mi columna de hoy con las palabras de otra columna, la de La nave va, que con tanto tino como filo sostiene desde hace años el gran periodista Raúl Moreno Wonchee. Orgullosa y desvergonzadamente, hago mía su reflexión: “En los últimos días hemos visto a honorables senadores convertidos en condotieros de los  monopolios de la tele o del tele. Y un debate ininteligible que se libra en nombre de la competencia económica, del interés de los consumidores y del derecho a la información, se convirtió en una puja a favor de uno u otro monopolio, en el que los consumidores figuran como pretextos y los contendientes parecen empeñados en confundir al respetable”. Tal cual.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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