Pluto

En todas las culturas del mundo existen insultos, groserías y maldiciones.

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Marcelino Perello 25/06/2014 00:00
Pluto

Al imprescindible Jorge Brash, que sin ser lo que no es, sabe un buen de todo esto. Y con quien comparto buena parte de mis gustos e inquietudes.

 

Son muchos los cartoons inolvidables de Charles M. Schulz y sus Peanuts. Pero en el que me voy a referir ahora aparece un solo personaje, Snoopy, el perro, agudo, trompudo y mudo. Está parado en el jardín, junto a su casita, y mira pensativo hacia el cielo nocturno, poblado de estrellas y presidido por el gran disco luminoso del Satélite Rey.  En el primer recuadro Snoopy no piensa nada; sólo mira. En el segundo reflexiona: “Desde hace milenios los perros han aullado a la Luna”. En el tercero continúa: “Esto sin duda quiere decir alguna cosa”. Y en el cuarto concluye: “Pero no tengo la más remota idea qué sea”.

Le cuento esta pequeña e inquietante maravilla, sensible lector, porque al proponerme hablarle de lo que me propongo hablarle me encuentro en la misma situación que nuestra sabia mascota. Se trata de un fenómeno extraño y misterioso, a pesar de que todos estamos familiarizados con él y lo enfrentamos una y otra vez, de manera quasi cotidiana. Y también sin duda posee una causa y un significado precisos y fundamentales. Pero, como Snoopy, ignoro del todo cuáles sean éstos.

Es posible que usted, mundano amigo mío, ya lo haya observado. En todas las lenguas y culturas del mundo existen los insultos, las groserías y las maldiciones. Y sucede que en todos los terrenos predilectos en los que retozan las palabrotas son dos: el dominio de la religión y el de la mierda. La blasfemia y la sicalipsis. Acabo de decir en “todas” las culturas. Sin duda, y como es en mí habitual, exagero y con tantito chance, miento. Donde digo todas digo todas de las que tengo noticia. Es decir, algunas. A lo más una veintena, digamos. Todas ellas del llamado mundo occidental, al que debo añadir el mundo árabe igualmente occidental, es decir, del Magreb. Sin embargo, dado el ámbito de influencia y el papel hegemónico de tales culturas, me autorizo, de manera no por cauta menos imprudente, a generalizar. Y sostengo, pues, que las groserías que acompañan al enojo acostumbran a ir de la mano, en buena parte del planeta, de personajes celestiales, a menudo presididos por el mero mero, o por el repulsivo hedor de las heces.

Excepto en México.

La cosa es realmente misteriosa y sin duda significativa. Ya me dirá usted por qué, sagaz leyente. Es tanto más sorprendente cuanto los españoles, que nos impusieron su lengua y su cultura, sus tradiciones y su religión, no consiguieron hacernos adoptar sus imprecaciones, sus “tacos” como dicen ellos. Así, el reniego por antonomasia de los gachupines, el mil veces proferido “me cago en Dios” no pasó a nuestro país. No fue trasplantado o, si lo fue, no arraigó, no se dio. Se trata, está por demás decirlo, de una maldición híbrida, en la que se mezclan los dos registros, el escatológico y el sagrado.

Es cierto que en los últimos decenios, dos o tres digamos, se ha ido introduciendo en nuestro vocabulario vulgar la mierda. Pero de manera un tanto tímida y titubeante y únicamente en los estratos clasemedieros o superiores. Pero del Creador, de la Virgen, de su hijo y de su entorno, ni una palabra. Están a salvo. Mantienen intacto un estricto fuero que allá en la península, así como en el resto del continente y entre nuestros vecinos en la margen izquierda del Bravo ha sido pisoteado y hecho jirones desde que el cristianismo sentó sus reales en esas tierras.

Nuestros caminos hacia la transgresión y la impudicia, hacia la ofensa y el agravio, han seguido otras rutas que usted conoce perfectamente. Y pasan por la sexualidad y, sobre todo, por la figura de la madre. Es verdad que en otros países tales recursos también se suelen emplear, pero no de manera obsesiva y exclusiva como aquí. Los hijos de puta existen prácticamente en todo el mundo y en todas las lenguas.

Aunque aquí adopten la variedad de hijos de la chingada, que si hemos de hacer caso a Octavio Paz, cosa no siempre recomendable, equivaldría a “hijo de la violada”, instalando una diferencia cuyo matiz no es negligible, que tendría que ver con la Conquista, y que remite a los más recónditos vericuetos del inconsciente colectivo del mexicano. En todo caso, esa recurrente alusión a la progenitora podría ser una alegoría de la virgen misma, “madre de todos los mexicanos”, y equivalente a la “porca madonna” de los italianos.

De hecho, tales agravios remiten al conjunto de las mujeres y no sólo a las que han parido, y constituyen una práctica acuñada en los tiempos en los que el sometimiento femenino convivía con su carácter “sacro” e “inmaculado”. Permitir a las mujeres asumir sus derechos elementales facilitó indiscutiblemente el suprimir tremendas afrentas. Viejas intolerancias con arraigo consolidado en las extensas bases religiosas atávicas supusieron un obstáculo tenaz retardando otras conquistas urgentes mediante propuestas literalmente escandalosas.

En nuestro país, por otro lado, el contenido sexual del “mal hablar” no se constriñe al insulto, y es asaz significativo que remita con harta frecuencia a la homosexualidad masculina. El célebre y aún popular albur, representa, sin ambigüedad alguna, un juego en el que un varón se propone mancillar al otro, cogiéndoselo.

Son infinitas las formas para designar en nuestro país a los gay, unas más peyorativas que otras. Desde joto hasta puñal, recorriendo un abanico interminable y abigarrado. A menudo, sin embargo, dichos vocablos se emplean designando más al cobarde que al propio homosexual. Los términos culero o sacón que debieron significar una cosa ha tiempo, hoy significan exactamente la otra.

Empiezo estas líneas hablando de un firulais, tan imaginario como encantador, ahora permítame terminarlas hablando de otro, cuyo nombre ha servido estos días para disimular el grito soez con el que la afición mexicana suele acompañar —desde Sudáfrica 2010 y dedicado originalmente al argentino Roberto El Pato Abbondanzieri— los despejes del portero rival. Los jerarcas de la FIFA que se escandalizan no entienden bien de qué están hablando. Y lo asocian a la homofobia. Cuando a lo mejor, al irritarse, se están poniendo el saco. Cosas del inconsciente.

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