Mis amigos, los humanos

Tenía fama de ser incluso sanguinario, pero no podía ser más sociable.

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Marcelino Perello 18/06/2014 00:00
Mis amigos, los humanos

Al gran y querido Martí Boada, maestro insigne, que de estos menesteres sabe un rato.

 

Lo conocí cuando era apenas un adolescente. Él, no yo. Y me cautivó enseguida. Era imponente y gracioso a la vez. Hermoso y aterrador. Elegante y desenvuelto. Le encantaba lucirse y hacer gala de sus habilidades, que no eran pocas. Inteligente y grácil, sus méritos y virtudes fueron tanto mentales como corporales. Tenía fama de ser intratable y agresivo, incluso sanguinario, pero finalmente no podía ser más sociable, comprensivo y cariñoso. Estar un rato con él era una auténtica fiesta.

Sin embargo, lamentablemente, mi primer encuentro con él fue el único. Corría el verano de 1989, creo, y llevé a mi dos entonces pequeños sobrinos, Jepus y Badó, a pasar el día a Reino Aventura, el fantástico parque de atracciones que conservaba aún su nombre y carácter mexicanos. Después se vendió al oro de los gringos, y ya no he vuelto. Los juegos mecánicos me siguen encantando, desde muy niño son mi delirio y lo siguen siendo. Se mezclan ahí la fascinación por la magia, lo inhabitual y sorpresivo, el placer vertiginoso, sensual y erótico de las sensaciones extremas. Todo aderezado con una pizca, del todo perceptible, de la irresistible y fascinante —en el sentido pleno de la palabra— atracción de la muerte.

En eso estábamos cuando anunciaron por los altavoces un espectáculo de circo marítimo, a cargo de varios delfines y una ballena asesina. No es que nos atrajera demasiado la idea. No estaba en el itinerario de nuestra expedición, pero ya que que se nos ofrecía de manera tan insistente y providencial, decidimos aprovecharlo. Vénganse, chavos. La Casa del Tío Chueco puede esperar (además de que, a todas luces, el auténtico “tío chueco” era yo).

Un gentío bullicioso esperaba ansioso el show. Dos presentadores de muy buena calidad abrieron la representación. Un poco gracias a su talento, y otro poco gracias a nuestra predisposición, nos hicieron pasar un rato realmente ameno. Lo que sea de cada quien (no todo lo que reúne todas las condiciones para ser deplorable resulta deplorable). Después aparecieron los delfines. Delfines tamaño delfín. Adorables, admirables. Felices ellos y felices nosotros.

Pero luego, finalmente, apareció él. La estrella. Acompañado por el rugido de la multitud emocionada y entusiasta, irrumpió, soberbio y arrebatador, ese delfín bicolor tamaño ballena que nos cortó a todos la respiración por unos segundos. Era Keiko.

Desde el principio de estas líneas titubeo sobre el género de artículos, pronombres y adjetivos con el que debo referirme a él. Era de sexo masculino, ciertamente. En los mamíferos como él tal connotación es definitiva e inconfundible. Pero es una orca. Y eso lo complica todo. Ni modo que diga que es un “orco”. Son muchas las especies animales que no admiten distinción de género, de género gramatical. Los leones y los elefantes sí, pero las jirafas y las mantarrayas no. Para acabar de amolarla, los japoneses, cuando lo/la capturaron le pusieron un nombre femenino. No se fijaron bien. Parece ser que Keiko quiere decir en su lengua algo así como “Doncella afortunada”. El augurio se cumplió en parte. Sólo en parte.

El caso es que Keiko, con sus piruetas y gracejadas, hizo las delicias de la concurrencia. Y, a todas luces, nosotros las de él. Al menos esa es la impresión que daba. A lo mejor sabía fingir muy bien, o a lo mejor uno se engaña de cabo a rabo a la hora de juzgar el estado de ánimo de una bestia. Aquí entre nos ambas cosas parecen muy poco probables. Keiko se la estaba pasando de poca. Y no sólo por la cantidad industrial de pescados que tenía a bien ofrecerle su amo/amigo/entrenador, sino porque disfrutaba de la compañía de esos otros animales que le reían y aplaudían entusiastas sus gracias.

Existen multitud de experiencias llevadas a cabo, en todos los niveles y grados de rigor, que ilustran la naturaleza y la intensidad de la interacción entre los humanos y otras, muy diversas, especies animales. Una, ya antigua y muy edificante, está resumida en el documental Homo sapiens, primate ludens, que ilustra cómo una docena de simios convive, juega y aprende, sin ningún género de violencia, con sus cuatro amos y maestros.

A base de las llamadas “Torres de Hanoi” les enseñaron tanto a pensar como a manipular de manera sofisticada, no por compleja menos gozosa. Se propusieron que los micos aprendieran a desarmar y rearmar las torres. Dados los ritmos circadianos distintos, sus sesiones de juego-aprendizaje podían ser de 48 horas continuadas de convivencia ininterrumpida.

Pusieron a los monos a realizar intrincadas operaciones. Mientras intentaban vencer el sueño siguieron intentándolo, nunca intimidaron a quienes únicamente incordiaban negándose incorregibles a levantar los aros, trazaban inmediatamente el nuevo ejercicio rutinario incorporando variantes abiertamente lúdicas.

No lo lograron, pero pasaron ratos y días maravillosos, imborrables. Y establecieron vínculos afectivos permanentes. Algo más allá del condicionamiento y la dependencia se estableció ahí. Algo del orden del amor.

Exactamente la misma sensación tuve cuando contemplé atónito y conmovido a Keiko y su relación con la gente, los delfines y el entorno. Si la “sinceridad y la empatía animal” existen, y créame penetrante lector que existen, ella estaba presente y se explayó en toda su contundencia esa tarde de verano en las faldas del Ajusco.

Pero hay gente que piensa como piensa. Y alguna de esa gente estableció que Keiko, cautivo, lo pasaba mal. Y esa gente que piensa como piensa consiguió que fuera deportado. Liberado dijeron ellos. Después de unos años de “readaptación” lo abandonaron a su suerte en las costas de Islandia, en 2002. Casi inmediatamente reapareció en la bahía de Taknes, en Noruega. Y de ahí ya no quiso moverse. Los habitantes y visitantes lo adoptaron y ahí permaneció, para goce de unos y otros, hasta su muerte súbita y prematura, poco después. Ahí se quedó, jugueteando, observando y  mostrándose, compartiendo con la gente. Con sus amigos los humanos.

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