Animales ellos

La cosa no puede ser más deplorable y, sin embargo, lo es.

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Marcelino Perello 11/06/2014 00:00
Animales ellos

La combinación de estulticia con soberbia es funesta. A ella habrá que añadirle esta vez la iniquidad, con lo que se produce una amalgama directamente catastrófica.

No es la primera vez, ni mucho menos, que nuestros ínclitos representantes dan muestras fehacientes de poseer, sobradamente, las tres virtudes anteriores. A menudo hacen gala y uso de ellas. Sin el menor recato. Pero esta vez se pasaron. Me cae.

Nuestra muy ilustre y eximia Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó este lunes la ley por la que se prohíbe la participación de animales en los espectáculos circenses. Bien es cierto que dicha aprobación se dio sólo en comisiones, de momento, pero no cabe ninguna duda de que será ratificada en muy breve lapso por el Pleno. La cosa no puede ser más deplorable y, sin embargo, lo es, si tenemos en cuenta que la resolución se tomó por 41 votos a favor y 11 abstenciones. Ningún voto en contra. El hecho resultaría incluso divertido si no fuera tan indignante.

Las cosas, sin embargo, van más allá, pues la susodicha aberración parlamentaria cuenta con el beneplácito de un sector, si no mayoritario, sí digno de consideración de nuestra sociedad. Descorazonador.

A todas luces la disposición es tomada en nombre de un supuesto humanitarismo y en defensa de los derechos de los animales, si tal concepto brumoso existiera. Se trata de evitar el presunto maltrato al que por lo visto son sometidos, en general y en permanencia, en el proceso de doma, amaestramiento y adiestramiento por el que son aleccionados en vistas a su presentación en público.

Empecemos por afirmar, de manera contundente, que tal presunción es falsa. Es una opinión sostenida por quienes ni conocen ni quieren a los animales. Los entrenadores y domadores, en cambio, sí los conocen y sí los quieren. Obviamente. Debe haber y las hay, excepciones. También es obvio. Al igual que hay madres que detestan a sus hijos, digamos. Pero, obviedad por obviedad, ello no debería prohibir la reproducción u obligar a internar a los bebés en guarderías de neonatos en las que estuvieran a salvo de la furia de las madres domadoras.

No parece necesario argumentar que para combatir tales casos de maltrato a las bestias bastaba con emitir una reglamentación pertinente que los persiguiera y castigara en justa medida, con base en controles, inspecciones y sanciones que de todos modos existen, supongo. Suena razonable. Digo.

También se equivocan quienes consideran, en un mecanismo de proyección que el sicoanálisis explica, que el hecho mismo de mantener a las bestias circunscritas a espacios reducidos —a veces muy reducidos—, a veces enjauladas, atadas o encadenadas, constituye un acto de crueldad en sí mismo. El uso de la propia palabra “cautiverio” de connotaciones peyorativas y estrictamente humanas, revela esa visión deformada y enfermiza de la situación. Hay algo del orden de la culpa en ella. Algo del orden de querer aparecer como el bueno de la película. De querer demostrar que uno es tierno, bondadoso y humanitario a toda costa. Aunque hierre el tiro. Freud llamó a este fenómeno la verneinung, y lo resume de manera precisa un sabio proverbio: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

No pretendo acusar ni señalar con dedo de fuego a nadie. Ni presupongo que todos los que apoyan la disposición de marras incurran en tal conducta, pero tal mecanismo existe. Y por mala fe, o por exceso de buena fe, algunos ignoran hasta qué punto los animales disfrutan de la compañía humana.

La idea según la cual “son más felices en libertad” es, al menos, harto discutible. Hace tiempo la entrañable @Vica3m me hizo llegar un reportaje fílmico acerca de una pareja de homosexuales ingleses que adoptan un cachorro de león al que llamaron Christian, creo, y con el que conviven durante más de un año, después de lo cual deciden, sin preguntarle, que será más dichoso, se “realizará como león”, en la jungla, y que ha llegado el momento de “liberarlo” allí, en algún lugar de África. ¿O acaso el término correcto no sería el de “abandonarlo”? Me lo pregunto. Aunque a quien deberían preguntárselo es al propio Christian. A lo mejor encontraría alguna manera de responder.

Además, y por si fuera poco, los animales son unos juguetones empedernidos. Todos. Los bichos son unos coquetos a los que les encanta exhibirse, ser admirados y aprender trucos. Y, que quede claro, no es necesario maltratarlos para entrenarlos. No más que con el fuete o las espuelas al caballo, digamos.

El circo constituye el espacio ideal de cercanía entre el hombre y los otros animales. Una especie de “club”, digamos, en el que comparte y departe. Mucho mejor que el zoológico o las reservas naturales. Una zebra, por ejemplo, no encontrará otro ámbito más apropiado para relacionarse con los humanos. Ahora, con la prohibición, a las zebras chilangas les espera un triste destino: el exilio, el abandono, la cárcel o la muerte.

Y, sin querer ni poder profundizar, permítame afirmar, atento lector, que las tendencias contemporáneas en la filogenia y la taxonomía sostienen que los humanos somos mucho más cercanos y compatibles con los otros taxones de lo que parece. Si queremos convivir y compartir este mundo con ellos, es preciso estar cerca. Lo más cerca posible y recomendable.

Plantear otras soluciones suena inviable. Muchas investigaciones modernas introducen variables interesantes en sus tesis a menudo apoyando las ideas taxonómicas actuales. Determinar el lugar apto para asentar nuestra zebra apela tomar aquellas medidas bajo inflexibles estatutos normativos.

Ahora, por lo visto los abnegados y beatos —y verdes— cruzados defensores de la moral y la virtud se lanzan contra el zoobullying. Por este camino pronto prohibirán la equitación y los perros lazarillo. Ahí la llevamos. Hay que denunciar y perseguir toda crueldad y sevicia que se cometa, en todas sus formas, por supuesto. Pero de ninguna manera prohibir la convivencia lúdica y festiva con nuestros hermanos de reino. La doma y el adiestramiento constituyen una de las esencias del genuino espectáculo circense. Herencia entrañable e irrenunciable.

Aquí entre nos, reconozcamos que la Asamblea Legislativa del DF es un circo. En otro sentido, pero circo al fin. Propongo entonces que los animales ahí entreverados, que no son pocos, sean definitiva e inmediatamente liberados. En Ruanda.

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