De nacionalismos y otros ismos

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Marcelino Perello 13/05/2014 01:06
De nacionalismos y otros ismos

Este domingo se realizaron en las regiones —hasta ese momento ucranianas— de Donetsk y Lugansk sendos referenda acerca de las respectivas declaraciones de independencia y consecuente emancipación de la República de Ucrania, a la que habían sido anexadas en 1954.

El resultado no sorprende a nadie. Ni a partidarios ni a adversarios. La afluencia a las urnas, si hemos de creer a los datos oficiosos —que no oficiales— fue abrumadora. Aun mayor que la contabilizada en el ejercicio similar llevado a cabo hace apenas un mes en la vecina Crimea. A pesar del virtual —y no tan virtual— estado de sitio (llámelo usted, puntilloso lector, estado de guerra o de excepción, como usted prefiera), sufragó aproximadamente 80% del padrón, cifrado en poco más de cinco millones de personas, sobre una población total cercana a los ocho millones. Resultado impensable en unos comicios europeos, en los que la abstención acostumbra alcanzar la mitad del censo, cuando no la sobrepasa.

El recuento tampoco asombra a nadie; 90% de los participantes se pronunció por la declaración de independencia. Bien es cierto que dicho conteo es el proporcionado por los colegios electorales, definitivamente parciales, sin la participación de “kievistas” ni, a diferencia de lo sucedido en Crimea, de observadores internacionales. Lo cual es del todo explicable dada la atmósfera reinante. Pocos, si acaso alguno, tienen los arrestos de meterse hoy en esa auténtica boca de lobo. El horno está para bollos.

El balance, pues, debe ser considerado con circunspección, con la invaluable ayuda de las hermanas Casia, Perspi y Suspi. Aunque las fotografías y videos que nos hacen llegar las agencias de prensa occidentales, sí parecen testificar la participación masiva de la ciudadanía, con escenas multitudinarias que remiten incluso a cierta algarabía.

Ya que no hubo imprevistos, obviamente los gobiernos de Occidente (léase Estados Unidos y la Unión Europea) se apresuraron a desconocer el plebiscito y a negarle cualquier validez, apostando a las elecciones oficiales que convoca el gobierno de Kiev para el 25 de mayo, y en las que obviamente no van a participar los prorrusos escindidos. Así están las cosas. Of.

Y, de sorpresa en sorpresa, permítame decirle algo que usted ya conoce, y que también era perfectamente pronosticable. A saber, que la mayoría de la “gente enterada” en el mundo no ve con simpatía el alzamiento segregacionista de los rusos bajo dominio ucraniano. Se trata de un movimiento nacionalista, y todos los nacionalismos, hoy —desde la erupción del nazismo, supongo— no son vistos con buenos ojos. Tienen mala prensa y son considerados retrógrados y excluyentes. De hecho, como una forma velada de racismo.

La “unidad” a toda costa, así, en abstracto y en general, es loada y alzada sobre un pedestal de mármol al que se rinde pleitesía. Extrañamente se olvida que las grandes abyecciones y sometimientos que pueblan la historia de la humanidad se han tramado y cometido bajo la consigna y coartada de la “unión”. Viva la unidad. Forzosa y opresiva, pero unidad.

Y parece olvidarse, igualmente, que esa misma historia no es más que una saga de afirmaciones y conflictos nacionales. La historia es una historia de nacionalismos. Nacionalistas son todos los próceres de todas las patrias. Nacionalistas ejemplares e inflamados fueron Morelos, Juárez y Cárdenas. ¿Es acaso necesario decirlo y recordarlo? Hay de nacionalismos a nacionalismos, es cierto. Pero los legítimos y redentores han sido con frecuencia el vehículo privilegiado del combate de la eterna lucha por la libertad colectiva.

Al tomar posición frente al actual combate que se desarrolla en la margen izquierda del Dnieper, es preciso no hacerse bolas y entender con claridad que ahí se enfrentan dos nacionalismos: el proucraniano, opresor y defensor del statu quo, y el prorruso, rebelde y combativo. El apoyo que recibe cada uno de los bandos, por parte de Washington y de Moscú, respectivamente, no es sino un elemento adicional, que tal vez exacerba y aprovecha, pero que de ninguna manera origina la disputa secular.

De hecho todo el mundo, en todo el mundo, es nacionalista. En grados y maneras distintas, pero salvo algunos anarquistas enardecidos, todos lo somos. Para no ir más lejos, dentro de unos días se vivirá en Brasil la gran bacanal/contienda/tianguis de los nacionalismos. En su forma más fatua, banal y estridente. Pero también la más apasionada y masiva. Participarán en ella y de ella miles de millones. De dólares, de euros y de personas.

Para lograr esta gigantesca audiencia requirieron inversiones avasalladoras. Vaticinar el resultado óptimo no impidió concebir anticipadamente múltiples instrumentos adecuados, gestando una amañada red de entresijos mercantiles elegantemente solapados inscritos en maquinaciones perversas religiosamente encubiertas. A menudo es negocio.

Es la gran trampa, cierto, la plaza comercial más grande del mundo. Pero es también la gran prueba de la intensidad y expansión del sentimiento nacional. Aquí y allá, del Amazonas al Mar Negro, entre los miasmas del imperialismo, el consumismo y el chauvinismo, pese a todo, se abre lugar, a empellones, el patriotismo.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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