El desafío

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Marcelino Perello 06/05/2014 01:46
El desafío

Dicen que pa’l verano ya sabremos a qué atenernos. Que se habrán aprobado las leyes secundarias, que, como ya quedamos, de secundarias no tienen nada. En fin, qué quiere que le diga. Como que les corre cierta prisa. Y no es para menos, pues hay muchos intereses en juego. Muchos e ingentes. Demorarse no es recomendable, ciertamente. Pero precipitarse lo es menos. Se lo aseguro, parsimonioso lector.

Los grandes errores de la vida y de la historia, los mayores desaciertos y meteduras de pata, provienen con más frecuencia del apresuramiento que del retraso. No quiero hacer aquí una apología de la desidia, pero no puedo no confesarle que mi incorregible tendencia a postergar no pocas veces me ha salvado de los que habrían sido errores costosos y me ha evitado más de un dolor de cabeza. Soy un procrastinador nato. Mi lema es “No dejes para mañana lo que puedes hacer pasado mañana”.

Todo ello viene a cuento a propósito de ese “ora sí” que nos prometen y con el que nos amenazan acerca de la reformada Ley de Telecomunicaciones. Actualmente se encuentra en obra negra. Falta el aplanado, la plomería, el cableado y los acabados. Poca cosa. Como bien saben los buenos constructores, ingenieros, arquitectos y maestros de obra —artistas y escritores incluidos—, con frecuencia los detalles y los añadidos son los que mandan y no es raro que acaben modificando de manera substancial la estructura y den al traste con el proyecto original.

La semana pasada señalé que la mentada ley se divide en dos aspectos bien distintos e independientes. De hecho, aquí entre nos, debería tratarse de dos leyes diferentes, de dos cuerpos distintos y autónomos de disposiciones. Por un lado, aquellas que se refieren a los acuerdos y contenciosos entre los consorcios proveedores de servicios, radio, televisión, telefonía e internet. Eso es todo. Será tal vez enredado, pero al final de cuentas nada del otro mundo.

El otro aspecto es el que pretende reglamentar el uso de los nuevos medios y posibilidades que ofrecen los novísimos e inimaginables avances tecnológicos, en particular, en los campos de la sofisticación, miniaturización, ramificación y diseminación electrónicas. Y esa sí, créame, es cosa del otro mundo. Pues sin duda alguna es un mundo nuevo, desconocido, el que los pequeños y diabólicos chunches engendran y prohíjan. No únicamente en el dominio de las comunicaciones propiamente dichas, sino que la transformación se está produciendo, a ritmos vertiginosos, en todo el espectro de las relaciones humanas, en todos los registros de la sensibilidad y actividad social e individual.

No es que se avecine la imponente transformación. Es que ya se nos vino encima. Se presenta y ubica en algún lugar entre lo formidable y lo tremebundo. Y su abordaje no puede ser más delicado, intrincado y espinoso.

Existen en español y en inglés dos expresiones diametralmente opuestas y que quieren decir exactamente lo mismo. To tread on thin ice, dicen los anglos, avisando del peligro de “pisar hielo delgado” y de que éste se rompa y se abra bajo nuestros pies. Nosotros, para advertir de un riesgo equivalente, decimos exactamente lo contrario: “Andar con pies de plomo”, técnica en absoluto recomendable si lo que se propone uno es caminar sobre hielo frágil.

Dígalo de cualquiera de las dos maneras, pero esa es la imagen a la que deberían atenerse los legisladores que aspiran a poner orden en una casa que, como digo más arriba, no ha acabado de construirse y apenas se está amueblando. Nadie es capaz de prever en este momento cuál será el panorama en el mundo de la electrónica, digamos dentro de tres años. Ni los más experimentados de entre los expertos pueden vislumbrar siquiera a dónde se habrá llegado entonces. Es del todo impredecible.

Lo es en el campo del avasallador progreso tecnológico. Por lo tanto, también lo es en el industrial y comercial. Y por ende, esa incertidumbre debería también admitirse en el terreno de la jurisprudencia. Pretender ceñir, ponerle un corsé de varillas, a base de disposiciones y prohibiciones, a ese torrente innovador es querer tapar el Sol con un dedo. La cantidad de problemas y disyuntivas sin antecedentes son incontables y se entrelazan formando una maraña enredadísima.

Predicamentos recientes exhiben nuevas dificultades al definir objetivos y plantear remedios eficaces necesariamente desarrollados incluyendo diagnósticos oportunos. Varias investigaciones conducen a mezclar estos problemas remarcando el nivel de entreverado, mientras en confrontaciones agudas una táctica incluyente vadea antagonismos.

De otra manera, nos veremos arrojados a un laberinto de confusiones y arbitrariedades, de las que la sombra de posturas totalitarias e impositivas no será ajena. De hecho, la censura y su irresistible tentación ya están aquí. Ya han asomado la cabeza y mostrado sus temibles caninos. Es más que una amenaza.  Hoy los ciudadanos tenemos,  por encima del derecho, la obligación de exigir a los hacedores de códigos una actitud a la altura del desafío. Una actitud lúcida, serena, prudente y responsable. Sin apresuramientos oportunistas y resbaladizos. A ver cómo le hacen.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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