Cuento de hadas

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Marcelino Perello 08/04/2014 02:07
Cuento de hadas

La saga michoacana no cesa de no cesar. Cada sobresalto es sustituido por el siguiente. A cada episodio le sigue otro, en un frenesí que algo tiene de televisivo. La crónica oficial es sencilla y lineal. Escandalosamente sencilla y lineal, diría yo. Como las malas telenovelas: En un país lejano los pobladores vivían atemorizados por los malos. Una banda de ladrones y asesinos sanguinarios había sembrado el terror en aquellos bucólicos parajes. Entonces llegaron los buenos. Una especie de Séptimo de Caballería. Se enfrentaron a los malos y los derrotaron. A los que no mataron los capturaron. Y los que no mataron ni capturaron se dieron a la fuga o se escondieron como las alimañas que eran, bajo las piedras. Tan tan.

El final feliz todavía no llega. Pero llegará, téngalo por seguro, clavado lector. En las malas telenovelas siempre llega. Sin embargo, la realidad, a diferencia de aquellas, admite otras lecturas, el guión se tambalea, se difumina y se vuelve poco creíble.

A lo mejor es verdad que Los Caballeros Templarios, uno de los más poderosos y temibles cárteles de la delincuencia organizada, pudo ser desbaratado de la noche a la mañana como un castillo de naipes. A lo mejor es verdad. Pero a lo mejor no. Ninguna otra organización criminal reciente había dado muestras de tal fragilidad.

A lo mejor es verdad que los federales y los militares han sido recibidos con satisfacción, con alivio y hasta con júbilo por los michoacanos, como los salvadores que acuden al rescate y se alzan brillantes y victoriosos con el deber cumplido. A lo mejor es cierto. Pero a lo mejor no. Hasta hace muy poco policías y soldados eran vistos con temor y con rechazo por los pobladores, no sólo de Michoacán. Conozco de ello innumerables testimonios, pocos de los cuales han gozado el privilegio de haber sido dados a la luz pública en los medios.

A lo mejor es verdad que las autodefensas sí son grupos de ciudadanos honorables y valientes que, hartos del hostigamiento y de las amenazas de los malhechores, deciden organizarse para proteger legítimamente vidas y haciendas. A lo mejor es cierto. Pero hay numerosos y sólidos detalles que permiten sospechar que las cosas no son así. Al menos no del todo. La extraña colaboración, que algo tiene de connivencia —es lo menos que se puede decir— entre los autodefensores y las “fuerzas del orden”, federales y locales, parece sustentar dicha sospecha. Los conflictos entre ellos y la terrible y desmoralizante constatación de que no pocos han sido organizados y sostenidos por poderosos terratenientes locales, parece convertirlos en auténticas guardias blancas y no hace sino fortalecer las suspicacias.

A lo mejor algo hay de montaje en ese guión (suele suceder en los guiones) y de lo que se trata es de hacer quedar bien a los buenos en detrimento de los malos, que no vendrían a ser otra cosa que comparsas, “pagadores”, como se les llama en el argot de la delincuencia.

A lo mejor es verdad que los mentados Templarios sí son de una sevicia sanguinaria inconcebible. Y que es cierto que extorsionaban y cobraban derecho de piso y paso a cuanto cristiano tenía la desgracia de atravesárseles o de morar en su territorio. Que violaban a las niñas en los salones de clase y que se comían crudos a los niños, tal como afirma, “sin tener las pruebas” (sic) el mismísimo supragobernador Alfredo Castillo. A lo mejor todo ello no es exagerado ni inverosímil, y la declaración del virrey Castillo tampoco es ridícula. Pero a lo mejor sí.

Quién quita y las autoridades locales, el gobernador Fausto Vallejo, José Martín Godoy, Francisco Aparicio y los demás miembros del gobierno de Morelia, sí hicieron frente al creciente desbarajuste que invadía el estado y estructuraron un proceso serio y urgente de recuperación y consolidación del orden jurídico y social.

Para agilizarlo, notificaron y validaron inmediatamente numerosas opciones, y acometieron nuevos operativos. Aparicio habilitó otros recursos al plantear apoyos negociados y Vallejo implementó cauces alternos. Tranquilizaron a los comuneros utilizando argumentos logísticos.

A lo mejor. Y quién quita y  todas estas medidas, y su colaboración con el gobierno federal han sido eficaces, y ahora ya va todo sobre hojuelas. Pero a lo mejor no se trata sino de la más trivial de las demagogias. Mera escenografía.

A lo mejor al Kike Plancarte sí lo localizaron a través de sagaces investigaciones y no se trató del simple chivatazo de un soplón pagado. A lo mejor sí se resistió al arresto y no lo liquidaron, sino que, en legítima defensa, lo “abatieron”. Quién quita.

A lo mejor José Jesús Reyna sí está embarrado y la Procuraduría hace bien en presentarlo, detenerlo y conservarlo a buen resguardo. A lo mejor hago mal en que este asunto me recuerde al tristemente célebre “michoacanazo” de hace unos años. Y hago mal en creer que el arraigo sigue siendo una medida infame y anticonstitucional. A lo mejor todo está en regla.

Y a lo mejor esto no es exactamente una telenovela. Y es más bien un cuento de hadas. A lo mejor.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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