La hoguera

COMPARTIR 
Marcelino Perello 01/04/2014 01:43
La hoguera

Shakira, ya lo sabe usted, frívolo lector, es el seudónimo artístico de una muy célebre cantante colombiana de música popular. Hace algunos años, cinco o seis, creo, se relacionó sentimentalmente con Gerard Piqué, el emblemático defensa central del FC Barcelona. No era uno de esos noviazgos usuales prêt a porter entre crack y cuero, tan efímeros como fatuos, que algunos ídolos deportivos multimillonarios establecen con modelos harto lucidoras.

El de Shakira y Piqué, en cambio, da la impresión de un romance serio y bien cimentado. Forman una pareja bonita, de muy buen ver, y han dado toda suerte de muestras públicas, y que parecen sinceras, de su enamoramiento recíproco. Acabaron casándose y hace un par de años tuvieron su primer hijo, Milan. Ai la llevan, tanto en el plano privado, amoroso y familiar, como en el público y profesional.

Todo parece en ellos andar sobre ruedas, sin sobresaltos ni grandes desplantes publicitarios o estridencias mediáticas. Con una discreción encomiable y poco común en personajes públicos tan conocidos y exitosos. Al menos eso parecía hasta la semana pasada, cuando a ella no se le ocurre otra cosa que grabar una canción en catalán, la lengua de él y del país en el que viven y en el que nació su hijo: Cataluña.

Así, pues, el hecho de que Shakira entone una melodía en esa lengua tendría que verse como la cosa más natural del mundo y no debería sorprender a nadie. Y mucho menos provocar la indignación y el arrebato exacerbado de tantos. Con mayor razón, aun dado que se trata de una balada romántica que el grupo de rock Sau puso de moda hará unos diez años. Es una sencilla y pegajosa cancioncilla de amor sin asomo de ningún otro contenido, político o reivindicativo.

No obstante, acabáramos. Desde el momento mismo en que es subida a YouTube y empieza a circular en internet, de golpe se desatan todos los demonios de todos los infiernos. La prensa española y las redes sociales rebosan de improperios, a cual más ofensivo e insultante en contra de la cantante latinoamericana. En el partido del domingo, del Barça contra el Español, en la cancha de este último, cada vez que Piqué tocaba el balón, la grada coreaba a voz en cuello: “¡Shakira puta!”. Supongo que el estadio no será sancionado, pues esta vez no se trata de manifestaciones racistas ni violentas. Menos mal.

Muy curiosamente, el título de la rola, Boig per tu, Loco por ti, no podía ser más adecuado a la situación que genera el que Shakira la haya interpretado. El auténtico aquelarre, la barahúnda que se desencadena, algo tienen en efecto de locura. Alguien ciertamente está loco, pero no loco de amor, sino de rabia. Y son muchos los españoles, empezando por sus gobernantes, que las pretensiones independentistas de Cataluña han enloquecido de cólera, de furia desatada.

El episodio protagonizado por la chica del Waka-waka irrumpe precisamente en un momento especialmente delicado de la situación. En el plano internacional los acontecimientos de Crimea ponen todos los dedos en todas las llagas de la lacerada, en carne viva, sensibilidad europea, e incide de manera especialmente aguda en las islas británicas y en la península ibérica. Los casos de Escocia y Cataluña son particularmente cruentos y levantan un sinnúmero de cuestiones que nadie parece querer responder. Al menos nadie de quienes deberían responderlas, con un mínimo de rigor, seriedad y sensatez.

En ese, su muy particular “estar loco”, quieren olvidar el eterno, inevitable y permanente vaivén de la dinámica social y nacional a lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía humana sobre la Tierra. Los estados y las naciones no han cesado nunca de aglutinarse y de desagregarse, en un continuo proceso de remodelación. La dicotomía unidad-libertad constituye un bipolo de alto voltaje entre dos pulsiones antagónicas, que mueve conciencias y conglomerados en una dirección u otra, ocasionando a menudo graves turbulencias. A veces no. A veces el sentido común y la consideración del otro imponen la razón y la cordura.

Todo pueblo quiere estar unido y quiere ser libre al mismo tiempo. He ahí una dicotomía paradójica difícil de conciliar. Desde los tiempos más remotos los conglomerados humanos construyen eso que llamamos idiosincrasia, basada en un cierto código de convivencia y en un conjunto de mitos compartidos y asumidos.

Países arcaicos integraron su armazón justamente estructurando todos esos rituales míticos inveterados con obcecación. Cada arquetipo legitimó las expectativas sin dejar extraviar herencias irremplazables entre luminarias ornamentales. Valores íntimos colectivamente adoptados destramaron el futuro urdiendo el gran objetivo.

Sin embargo, la reacción visceral y disparatada, la defensa acérrima de privilegios y prebendas ilícitos enturbian los juicios serenos y lúcidos. Ese respeto del que alguna vez habló el indio de Guelatao se desdibuja y acaba enlodado y ahogado en la vorágine irracional. El odio ruin y cegador impone su ley. Mientras, Shakira arde en la hoguera de los herejes.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red