El desacato

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Marcelino Perello 26/03/2014 00:00
El desacato

Hay muchas, pero tal vez la más desgarradora de las pasiones homosexuales conocidas la protagonizó el novelista, dramaturgo, ensayista y poeta irlandés Oscar Wilde. Son varios los ingredientes que me llevan a considerarla así. En primer lugar, por supuesto, el sitial eximio e indiscutible que nuestro hombre posee en el selecto Panteón de los escritores ilustres de todos los tiempos. Wilde ocupa, sin ningún asomo de regateo, una de las primeras plazas. En segundo lugar, el escándalo público de su relación con el joven —casi adolescente— Alfred Douglas, que dio lugar al más amplio, encendido y penetrante debate sobre la cuestión que haya tenido lugar hasta nuestros días. Y, finalmente, debido al trágico desenlace al que condujo.

Aquí es preciso, sin embargo, marcar una clara y sorprendente reticencia. Yo no sé hasta qué punto Oscar estaba realmente enamorado de Douglas, un niño bien, mimado y caprichoso y no especialmente brillante. Hijo del marqués de Queensberry, él mismo ostentaba el título de Lord; Douglas bien podía ser considerado un efebo, en términos de la Grecia clásica, o un mayate, en los del argot de los bajos fondos de nuestra ciudad.

No son pocos los autores que consideran que el escritor padecía lo que en inglés llaman infatuation, que en español suele traducirse como “enamoriscamiento”, una especie de mezcla de obsesión y deslumbramiento, que puede llegar a ser de gran intensidad pero que en general es pasajero y superficial. Siempre por debajo de la vivencia propiamente amorosa. El signo más claro de la infatuation es tal vez su carácter inexplicable. Las cosas no cuadran. Ni la relación ni sus integrantes se corresponden. La pareja de Oscar y Douglas ciertamente no era “explicable”, pero fue duradera y se prolongó varios años, hasta la muerte del primero.

El autor de El retrato de Dorian Gray fue llevado a los tribunales por el padre de su amante, que lo acusó públicamente de “sodomita”, y después de un juicio tumultuoso fue condenado a dos años de trabajos forzados, de una rudeza y saña absolutamente revoltantes. Una buena parte de la responsabilidad sobre tan inicua sentencia recae, no obstante, sobre el propio Wilde, que hubiera podido, si no esquivarla del todo, sí al menos atenuarla, disimulando —aunque sólo fuera por pudor— su opción, pulsión y práctica eróticas.

Hizo todo lo contrario, en un gesto de desafío, tan heroico como suicida, las reivindicó sin ambajes. En el peor momento y en el peor lugar. Para desesperación de sus defensores, su reacción después de un primer veredicto condenatorio acabó de hundirlo. Él mismo, en alarde magnífico, acabó de ponerse la soga al cuello.

Presentó recursos exaltados creyendo impedir otra sentencia adversa. Muchos íntimos vieron imprudente manejar ironías atrevidas, legitimando aquellas voces extremadamente ofensivas con lamentables accesos retóricos impidiendo todo arreglo. Cada obstinada negativa causaba un aprieto tremendo retardando obviamente obtener justicia oficial satisfactoria.

El tribunal y la opinión pública se le echaron encima. Babeantes y frenéticos, organizaron un auténtico linchamiento moralizante. No exagero si afirmo que de hecho se trató de una genuina pena capital. Lo condenaron a muerte. En efecto, el rigor carcelario y el escalofriante e inhumano castigo físico —a él, todo un dandy de la selecta noche londinense— aunados al hostigamiento moral y social, lo llevaron a la muerte, en el exilio y en la miseria, poco después de haber sido liberado. Era un hombre destruido, aniquilado.

Como si así lo hubiera querido, en una autoinmolación estremecedora. No puedo no traducirle in extenso, conmovido lector,  la respuesta que dio al fiscal Charles Gill, como parte de su alegato, cuando éste le preguntó a qué se refería su expresión “ese amor que no se atreve a pronunciar su nombre”. Su contestación constituye todo un manifiesto vibrante y desafiante:

“En nuestro tiempo, ‘el amor que no se atreve a decir su nombre’ designa el gran afecto que un hombre mayor experimenta por uno joven, como el que existió entre David y Jonathan, tal como Platón lo concibió y convirtió en la base de su filosofía, y tal como Su Señoría lo puede encontrar en la obra de los más grandes creadores en todas las artes.

“Es un sentimiento profundamente espiritual, tan puro como perfecto. Ha dictado y propiciado grandes obras de arte, como las de Miguel Ángel o las de Shakespeare, y también como esas dos cartas mías que usted menciona. Ni más ni menos. Y en nuestro siglo, ese sentimiento es mal interpretado e incomprendido de tal manera que únicamente puede ser descrito como ‘el amor que no se atreve a dar su nombre’, y es precisamente en su nombre que hoy me encuentro yo situado aquí.

“Es hermoso y es delicado, es la forma de afección más noble de todas. No hay en ella absolutamente nada anormal o contra natura. Es un fenómeno intelectual y surge repetidamente entre un adulto y un joven cuando el mayor posee la maestría y la inteligencia, mientras el joven aporta su vitalidad y su alegría, la esperanza y el glamour de la vida que se abre ante él. Así es, aunque el mundo se niegue a entenderlo. Ese mundo que se mofa de tal sentimiento y a menudo lo pone en la picota”.

Soberbio desacato. En los dos sentidos de la palabra. De ahí al presidio. No había alternativa. Y también sin alternativa, de ahí al destierro, lejos de esa sociedad que lo abominaba y a la que él abominaba en igual o mayor medida.

Sólo dos años después, en París, en la habitación del Hotel Alsacia que él ya sabía su última morada, decidió, en articulo mortis, convertirse al catolicismo. Las razones de su gesto insólito y postrero nunca las acabó de explicar, pero yo quiero ver ahí ese, su categórico rechazo del puritanismo gazmoño e intolerante del protestantismo victoriano.

Como era costumbre entonces, para celebrar el ingreso a su nueva iglesia, el capellán ofreció al converso y a los amigos presentes una copa de champagne. Oscar la alzó y a modo de brindis comentó: “Por lo visto muero así como viví: por encima de mis posibilidades”.

Unos minutos después, recostado sobre los almohadones del lecho, levantó apenas la cabeza, fijó la mirada vidriosa sobre la pared de la habitación y preguntó, en voz muy baja: “¿Por qué se esfuman los dibujos del papel tapiz? ¿O acaso soy yo el que me esfumo?”. Y calló. Por primera y última vez en su vida, calló.

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