En remojo

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Marcelino Perello 25/03/2014 02:23
En remojo

Las lecciones que se desprenden de la encrucijada crimeana no cesan de producirse. Los tapetes se mueven.

Con todo el respeto que me merece el Benemérito, aquello del “Respeto al derecho ajeno” suena de poca madre y queda muy bonito inserto en piezas de oratoria grandilocuente o empotradas en los muros de recintos solemnes. Pero aquí entre nos, don Benito, tendríamos que discutir qué significa exactamente el respeto y el derecho, y tratar de establecer la línea menos confusa posible que separa lo propio de lo ajeno. Es ahí donde la puerca tuerce el rabo.

La fuerza está ahí y es la que rige. Seguirá estando ahí y seguirá rigiendo. Si la política no es más que la continuación de la guerra en otro plan, esta última también es la prolongación de la primera en otro código. El pez que se muerde inevitablemente la cola. Un uróvoro ineluctable. Así lo escribí, con v baja, con v de me vale madres lo que diga la Academia. Aunque mis buenos y competentes amigos, los correctores del Excélsior, hayan optado, cual debe ser, por respetar a la desvencijada institución, y hayan sustituido mi v baja por la alta de los carcamanes que “pulen, limpian y dan esplendor” (es decir unos como boleros).

Yo prefiero seguirme aferrando a mi modesta v chica, para que la palabra haga juego con sus hermanas, que en español se llaman carnívoro, herbívoro u omnívoro (a los que hay que añadir el de herbivoróvoro, según el feliz término que acuñó mi inclemente hermano Carlos para definir el gremio de los que consumimos herbívoros, y al que yo tan orgullosamente pertenezco). Si nos hemos de remitir a la etimología, grafía y fonética originales, los griegos tenían y tienen una sola , con sonido labiodental. Por si fuera poco, Uróvoro, además y sobre todo, es mi seudónimo, mi nick, en Twitter, y si no empieza uno por respetarse a sí mismo, qué se puede esperar.

La fuerza está ahí, pues, todo el entrejuego se dirimirá en las componentes que integran esa fuerza. Y es ahí donde la cuestión crimeana pone nerviosa a la élite del poder en tantos meridianos y paralelos. Uno de esos factores, en particular, hace rechinar los dientes de todos los países europeos: la cuestión nacional. En otras palabras, quién es qué.

¿A final de cuentas los crimeanos son ucranianos o son rusos? ¿Todos, o unos son lo uno y otros son lo otro? Y para acabarlo de enredar, ¿con los tártaros qué hacemos? ¿Carne cruda molida? La cuestión debe remitirse inexorablemente al plano de la hegemonía, y tal hegemonía, en términos “democráticos”, pertenece a una sedicente mayoría. Lo que sucede es que para los regímenes europeos, tales “mayorías locales” carecen de validez. Cualquier mayoría es “global”, cualquier cosa que eso quiera decir. Puestos sobre esos rieles, los crimeanos son ucranianos porque los ucranianos son más que los crimeanos. En Crimea no, pero en Ucrania sí. Aunque aquí entre nos, los rusos son más que los ucranianos. ¿Quién debe, pues, decidir? ¿Cuál es el mecanismo y en qué ámbito debe operar ese mecanismo?

Digamos que la historia, así con mayúscula, puede y debe fungir como un elemento de juicio esclarecedor. Suena razonable e incluso imprescindible, pero, ay, ¿esa historia quién la escribe, y sobre todo, quién la lee? Un auténtico nudo gordiano. Y que afecta y concierne a la práctica totalidad de los países del Viejo Continente, y a no pocos de los del más Viejo aún. Y a los del Nuevo, sin duda (México no es una excepción, y me referiré a nuestra propia problemática en ese sentido la semana que viene; la cosa no es tan banal y ajena como pudiera parecer, lo verá usted, agudo y circunspecto lector).

Es en Europa, no obstante, donde el asunto nacional hierve. Toda nación quiere ser Estado y todo Estado quiere ser nación. Y pocas y pocos lo logran. A lo mejor ninguno. También de ello deberé hablar. Obligatoriamente. El horno está para bollos.

Déjeme sólo acotar que el deseo de todo hombre de bien en el mundo, deseo inane tal vez, es el de que las cosas transcurran de la manera más tersa posible. Emancipaciones de terciopelo. A la manera de Chequia y Eslovaquia, digamos, donde hace apenas un par de decenios los poderes y los ciudadanos (que no es lo mismo) lograron establecer un conjunto de normas aceptables y transitar por un proceso si no cordial, sí respetuoso. Se trata de un abigarrado mosaico cultural y nacional, con parámetros y disposiciones considerablemente distintos y en buena medida opuestos. Los primeros escarceos fueron ríspidos y la primera convención naufragó, pero supieron sacarla a flote.

Pronto otra negociación ganó adeptos muy osados sin poner inconvenientes en desarrollar reconciliaciones auténticamente sólidas. No obstante previendo alcanzar resultados armónicos también redactaron ordenanzas para extensas zonas acentuadamente reacias. Primero adoptaron requisitos atenuados con ajustes menos intransigentes nivelando aquellas reticencias.

Tristemente, me temo, que no es un modelo exportable. Y hoy los mandamases de todo el continente ven con harta aprensión lo que ocurre en la Península de Crimea. No tanto por la intervención militar, sino por la respuesta civil. Ese es el quid. Y esos mandamases temen mandar menos. Y no parecen dispuestos a poner sus barbas en remojo.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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