Aguas profundas

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Marcelino Perello 11/03/2014 01:37
Aguas profundas

La cosa se las trae. Por una vez que aparece en nuestro país una gran empresa, activa y productiva, que no es extranjera, y que además se dedica a hacer cosas bellas, interesantes y atractivas,  resulta que es transa. De plano. Ante el alud de compañías gringas, o de quién sabe dónde, que nos inundan y avasallan, cuando las grandes firmas nacionales se van vendiendo a capitalistas foráneos y se van extranjerizando una a una, no puede no levantar tantito el ánimo que aún las haya “propias”, con todos los asegunes que tal connotación implica. 

Oceanografía es (¿era?) una empresa mexicana. O al menos eso decían. Y ahora resulta que consistía en un auténtico enjambre de fraudes, engaños y simulaciones, detentada y dirigida por una verdadera caterva de bandidos emboscados. O al menos eso dicen.

El escándalo me deja muy mal parado. A mí y a muchos otros. Ya confesé aquí mismo, avergonzado, hace bien poco, que mis conocimientos de economía son escasos y tambaleantes. Y de las prácticas y normas legales, comerciales y mercantiles que la conciernen, todavía menos. Así que al disgusto ante el defenestramiento de una pujante y hermosa compañía, se añade un cierto desconcierto.

Algo huele mal en este affaire. En eso estaremos todos de acuerdo. El problema es que el hedor procede de más de una dirección. Al margen de las trapacerías que hayan podido cometer los dueños y ejecutivos de Oceanografía, el linchamiento brutal, súbito y apabullante al que son sometidos desde hace una semana no puede no levantar suspicacias. Ahora resulta que la compañía le tomó el pelo a todo el mundo, desde Banamex a la Femexfut, pasando por Pemex, el IMSS, y no sé cuántas docenas más de siglas agraviadas, nacionales e internacionales. Y todo ello quién sabe durante cuánto tiempo y sin que nadie se diera cuenta. Y de repente se hizo la luz. O, mejor dicho, de repente irrumpieron las tinieblas.

Me enfrento a un dilema harto incómodo. No tengo la menor confianza en la probidad de los dueños y directivos de la compañía desarbolada. Mi problema es que tampoco la tengo en la de los que la acusan y persiguen.

Como en tantos otros ejemplos, el tratamiento oficial es sesgado y parcial. No puede no despertar suspicacias. ¿De qué se trata en realidad? Entre las pocas cosas que verdaderamente salen a la luz es la evidencia de ese hecho tan consuetudinariamente disimulado y en el que tan a menudo insisto yo: la Política, la Economía y la Ley forman una trenza inextricable. Siempre y en todas partes. Y en particular, aquí y ahora. No es preciso ser un experto ni ser especialmente mal pensado ni poseer un colmillo exageradamente afilado para sospechar —y si me apura, asegurar— que el trasfondo de toda la operación es político. Y que las leyes y las razones económicas van a remolque. Como bien asegura, con la perspicacia que le es proverbial, mi gran amigo, el periodista Raúl Moreno Wonchee, el intríngulis no puede ser mínimamente dilucidado sin tener en cuenta el nuevo contexto que en múltiples planos abre la reciente Reforma Energética.

Con las nuevas reglas de juego, el caso Oceanografía mueve tapetes. Mueve muchos tapetes y los mueve mucho. Aunque dado el carácter eminentemente acuático de la empresa, es más adecuado decir que la intervención federal hace olas. Muchas olas y muy altas.

En efecto, con la modificación constitucional aparece en el panorama un abigarrado haz de nuevas perspectivas. Al abrir varios de los candados que enmanillaban a Petróleos Mexicanos, las posibilidades comerciales y mercantiles se multiplican. La ansiada y jugosa presa sale de su hermética madriguera. Y no faltarán los cazadores y depredadores voraces, ansiosos de echarle el guante. En esa medida, la acción contra Oceanografía tendría en ese sentido un carácter ejemplar y de escarmiento. Se estaría mandando un mensaje de alerta a todos los avorazados poco escrupolosos. El gobierno federal anunciaría su intención y disposición de no dejarse mangonear.

Si ese fuere el propósito, y si las acciones emprendidas no estuvieran guiadas por meros intereses mezquinos y corporativos, o por revanchismos y descalificaciones políticas, no podrían, con todas las precauciones del caso, no ser encomiables.

Pero ocurren cosas obviamente anómalas cuando rigen otras situaciones tácitamente imbricadas con oprobios, hilvanando obcecaciones yuxtapuestas. Manifestar una conducta honorable obliga a mantener ordenamientos rigurosos, siempre imponiendo estrictos métodos para reparar entuertos.

Hay aquí mar de fondo. Y maniobrar en aguas profundas no es cosa fácil. La ofensiva contra Oceanografía compromete de manera directa al Gobierno de la República y a su Presidente. Es preciso, sí, otorgarle el beneficio de la duda, pero será necesario un esfuerzo de coherencia y de manejo escrupuloso —en este caso y en los otros que pudieren sobrevenir— para volverlos mínimamente legítimos. Y convincentes.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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