En tierra de cosacos

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Marcelino Perello 25/02/2014 02:35
En tierra de cosacos

Es una de las naciones más grandes e importantes de Europa y al mismo tiempo una de las más ignoradas. Por no decir la más olvidada. Posee una superficie mayor a la de las grandes potencias del viejo continente, Alemania, Francia, Reino Unido, España o Italia, y una población equivalente. Y sin embargo su papel en la escena internacional es definitivamente secundario. Cuando ese papel existe, que ya es ganancia.

Visité Kiev hace ya 40 años. Y evoco ahora la extraña sensación que se apoderó de mí al contemplar la catedral de Santa Sofía. Era de madrugada, acabábamos de cruzar el Dniéper y su murmullo, no por plácido menos imponente, nos acompañaba. Ahí, en medio de la plaza obscura y desierta me sentí, por primera y última vez, en el centro del mundo. No sé exactamente por qué. A lo mejor, quién quita, porque es el centro del mundo.

Los geógrafos, antropólogos, pensadores y viajeros de toda laya no consiguen ponerse de acuerdo al establecer los límites entre Europa y Asia, entre Oriente y Occidente. Algunos hablan del Río Don, otros del Volga, y otros más los sitúan en la cordillera de los Urales o en la Transcaucásica. Sus discrepancias proceden sin duda alguna del hecho de no haber estado nunca frente a Santa Sofía en altas horas de una noche de verano. De otra manera estarían absolutamente de acuerdo conmigo en que el Oriente inicia exactamente ahí. O se acaba, depende de dónde venga uno. Termina un mundo y empieza otro.

Sé muy pocas cosas de Ucrania. Todo el mundo sabe muy pocas cosas de Ucrania. Incluso los ucranianos, me temo. Mi gran y añorado amigo Valeri Nikíforovich Koshemiakin, estoy seguro, sería el primero en darme la razón.

Sé de los cosacos, esa gran comunidad que nadie sabe bien a bien si son un pueblo, un estamento militar o sencillamente un estilo de vida. En todo caso, temidos y admirados, contundentes y quiméricos.

Y si hablo de cosacos no puedo no recordar, con el vello tantito erizado, al inconcebible Néstor Makhno, Batko, el imbatible e inasible pensador y combatiente anarquista que al inicio de la revolución de 1917 luchó con el mismo ardor contra al ejército rojo soviético que contra al ejército blanco antisoviético.

Y sé de Odesa, el majestuoso puerto del Mar Negro, dos veces célebre por la revuelta de la tripulación del acorazado Potemkin, que marca el inicio de la frustrada revolución rusa (?) de 1905, y que el terrible Serguéi Eisenstein plasmó en la que es considerada la madre de todas las películas. (La escena del carrito de bebé que se precipita por la legendaria escalinata es la madre de todas las escenas).

Además sé de Odesa por ser la cuna de los mayores intérpretes de música fina en el mundo de los siglos XIX y XX. Recuerdo la entrevista que le hicieron al inigualable Yehudi Menuhin acerca del estado de las relaciones musicales entre Estados Unidos y la URSS. A lo que el gran violinista contestó: ”No pueden ser mejores. Ellos nos mandan sus músicos judíos de Odesa y nosotros les mandamos nuestros músicos judíos de Odesa”.

También sé de Sebastopol, la ciudad de Crimea que fue escenario de dos de las más sangrientas y heroicas batallas en la historia mundial de las carnicerías bélicas. En la primera, durante la guerra ruso-turca participaron tanto Florence Nightingale como León Tolstoi. Una curando heridas, el otro haciéndolas. Y de ahí acabarían surgiendo la Cruz Roja y La Guerra y la paz, respectivamente. Nada menos.

Después Ucrania cobró una tan súbita como insospechada y triste celebridad a raíz de la supuesta explosión de la central nuclear de Chernóbil. Dije “supuesta” (lo que no quiere decir necesariamente que sea falsa, pero tampoco necesariamente cierta).

Y finalmente sé que no sé lo que desde hace unas semanas se teje y entreteje en esa tierra crucificada. Lo pensaré en voz alta, junto a usted, desconcertado lector, la semana que viene, pues esta vez ya me volví a ir por las ramas, y ya no tengo ni tiempo ni espacio. Y prefiero esperar además a que se disipe tantito el vaho de los alientos invernales y la humareda de la pólvora.

En todo caso, a esta hora parece claro que todos los esfuerzos de los ilusos y ecuánimes mediadores imparciales han fracasado rotundamente y la sangre sí llegó al río. Y lo tiñó. Todas las argucias, las legítimas y las no tanto, fueron puestas en juego por los políticos sensatos. En vano.

Primero admitieron replantear el juego añadiendo ingredientes de especial arraigo local. Varias intentonas condujeron a modificar el designio acordado, pero reconsiderar objetivos debió imponer graves ajustes, librando obstáculos que últimamente exigieron agrias medidas impopulares minando esos frágiles acuerdos legislativos totalmente artificiales.

El equilibrio de cristal se ha roto. De todas maneras, y a modo de adelanto, déjeme decirle que las cosas no son tan confusas como pudieran parecer. Víktor Yanukóvich representa a los rusos. Yulia Timoshenko a los gringos. Tan sencillo como eso. Todo lo demás es afeite y aderezo. En el mero Centro del Mundo, en plena tierra de cosacos, se enfrentan Oriente y Occidente. Una vez más.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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