Los gatos

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Marcelino Perello 04/02/2014 01:47
Los gatos

Aún no se habían apagado los ecos de la significativa participación del presidente mexicano en la selecta y aristocrática reunión/recepción de Davos, cuando el mandatario protagoniza otro performance internacional, más que relevante, estridente diría yo, y de aparente signo contrario: su visita a La Habana la semana pasada.

Que nadie se engañe: durante su estancia de dos días en la capital cubana se produjeron tres eventos que es preciso diferenciar. Por orden de protocolo el primero fue asistir a la II Cumbre de la Celac, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. El segundo consistió en su visita oficial a la República Socialista de Cuba. Y el tercero, el encuentro “informal” con el indiscutido e indiscutible, histórico y vigente, líder de la Revolución y por lo tanto de la nación cubana.

Se trata de un auténtico disparo en catedral. Una piedra más en la vesícula de la Casa Blanca. Y no una piedrecilla cualquiera, sino todo un señor cálculo biliar. Cálculos, aquí entre nos, los que tendrán que hacer los analistas de Washington para establecer el sentido estratégico y los alcances de esta audaz jugada del jefe del Ejecutivo mexicano en el intrincado ajedrez mundial. A lo mejor el ya involuntario y tristemente célebre espionaje de la CIA y de la NSA les servirá de algo. A lo mejor.

La presencia de Peña en Suiza y en Cuba posee, en cada caso, una intención distinta pero complementaria, y me atrevo a asegurar que ni una ni otra aparecen a primera vista. Ambas son de interpretación difícil y requieren de cierta dosis de sagacidad y malicia. En ambos hay gato encerrado. Hablaré del segundo la semana que viene. Permítame, hoy, entrarle al primero.

El Primer Siervo de la Nación acude a la estación alpina no con el propósito de dar a conocer las ventajas empresariales y financieras que nuestro país ofrece a las inversiones internacionales, en el estricto terreno económico. Esas ya las conocen de sobra y las evalúan y sopesan de acuerdo con sus propios criterios y expectativas.

El handicap de México en esa materia se presenta en otro  terreno: el social, y más particularmente en el de la seguridad pública y personal. Los hombres de negocios detestan las turbulencias políticas y sociales. Y huyen como del fuego de los altos índices de criminalidad. Lo último que desean es poner en riesgo a su gente, a los ejecutivos y técnicos que se mudarán al país en el que se emplazarán las nuevas instalaciones. Secuestros y extorsiones son vinagre en el pastel. Y a eso fue Peña a Davos: a tranquilizarlos.

Y en ese sentido me resultó altamente esclarecedora y sugerente la hipótesis que planteó mi reciente y no por ello menos admirado y querido amigo José Elías Romero Apis. En el marco, off the record, del muy recomendable espacio televisivo  que dirige y conduce otro amigo y colega notable, José Buendía, Romero deslizó la idea de que la carta de presentación del titular del Ejecutivo en Davos, en esa materia, no fue otra sino la Tierra Caliente, hoy más caliente que nunca.

En efecto, la decidida, por llamarla de alguna manera, intervención policiaca y militar apenas unos días anterior a la apertura del Foro es la prueba fehaciente de que al gobierno federal no le temblará la mano y de que está dispuesto a actuar con energía y presteza ante toda amenaza de disturbios o algaradas de cierta envergadura. Cualquier magnate que tenga pensado situar una planta industrial en el país puede hacerlo con toda confianza. Incluso en Apatzingán. Ese es el mensaje. La ficha que fue Peña a jugar en Davos se llama Michoacán.

Se trata de un planteamiento harto sugestivo y fecundo, digno de la tradicional perspicacia de Pepe Elías. No sé si a fin de cuentas es verdadero, pero a todas luces es verosímil. Yo, más irresponsable, voy un poco más lejos, y me pregunto hasta qué punto la crisis que se desencadena en los lares purépechas resultó providencial o si ahí hay mano negra. La equívoca actitud del gobierno federal hacia los grupos de autodefensa no hace sino alimentar la suspicacia.

No puedo ir más allá de la sospecha vagamente sustentada. Pero advierto una amenaza ciertamente temible en el aparente vacío de poder consentido y en la conllevancia que éste mantiene frente al fenómeno que protagonizan tales “formaciones irregulares”, como decido denominarlas ahora, tratando de ser lo más neutral posible. Los movimientos maquiavélicos son admisibles e incluso admirables, siempre y cuando se mantenga esa mano fuera de la sartén.

Porque al recuperar el control estatal mediante organizaciones sediciosas necesariamente usurpa el vigente ordenamiento social. No olvidando los efectos de ignorar garantías obligatorias. Varios indicios conducirían a modular iniciativas apresuradas, quizás un estricto esquema normativo recompondría el desbarajuste ocasionado. Justificar abdicaciones jurídicas acarrea juegos arriesgados.

Aquí, me temo, hay gato encerrado. Y, como todos los amantes —no por apasionados menos cautos— de los pequeños felinos sabemos, el peligro de encerrar un gato es que luego se escapa. Y ahí sí. Aguas.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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