A los proscritos

El mensaje de la segunda parte de las Sagradas Escrituras es de bondad y de paz.

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Marcelino Perello 07/01/2014 00:28
A los proscritos

Discurría yo el año pasado, es decir la semana pasada, hasta qué punto la Navidad es una fiesta singular, única. Que en ella reside un misterio. Decía que, para empezar, no se constriñe a una fecha precisa, sino que abarca toda una época del año.

Digamos que a la Pascua le sucede algo semejante. El Domingo de Resurrección, la “Fiesta Grande”, se difumina en la Semana Santa, que se inicia el Domingo de Ramos. De hecho, fíjese usted bien, perspicaz lector, en esta inversión simbólica harto significativa, en el revelador esquema bipolar Navidad-Pascua. El Cristo nace al inicio del invierno, cuando el mundo, la naturaleza, languidece y parece sucumbir. Y muere al inicio de la primavera, cuando la naturaleza renace.

Así, la Navidad es una temporada, un periodo más o menos bien delimitado, del que ayer, Día de Reyes, es uno de sus momentos importantes. El sexto día de Navidad, la Epifanía. El crío ya se logró.

A propósito, ¿son reyes, santos o magos? Lo de Santos Reyes digamos que lo entiendo, pero, ¿qué significará eso de Reyes Magos? En fin, dejémoslo en suspenso. A la antigüedad y a las leyendas se les perdonan tales galimatías. La cosa es que, para muchos, los Reyes constituyen el momento último de la Navidad, su traca final. Llegamos a la meta del maratón Guadalupe-Reyes, como lo llaman los blasfemos, frívolos penitentes, en una imagen que podría parecer demasiado mundana. Pero no se vaya usted con la finta. Es la representación actual y local, una de las posibles representaciones actuales y locales, de algo profundamente ritual, mágico y sagrado.

El recién nacido al que adoran reyes y pastores llega para expiar los pecados del mundo. Es el enviado de un dios nuevo, bondadoso, de un dios que ofrece el perdón y la salvación. No posee la crueldad ni de Zeus ni de Huitzilopochtli. Ni siquiera la del Jehová del Antiguo Testamento, colección de auténticos textos gore que muy poco tiene que ver con el Nuevo. El Jesús de los Evangelios predica, más que la fe y la pureza, la bondad y la redención de todos los hombres.

Perdonar recompone el sentido ecuménico nutriendo todo el sistema religioso evangélico germinando ilusiones otrora sembradas. Tal redención exige sacrificios. Mientras instaura misericordia impone valores inamovibles, establece las máximas ejemplares juzgando oportuno relegar definitivamente el testamento opresivo de ordalías sangrientas. Sentimientos piadosos incuban desde entonces reglas morales altruistas negando ese semblante tan aterrador recurriendo al dios indulgente ante nuestros temores existenciales.

Al margen de las múltiples y aborrecibles desfiguraciones y perversiones de que ha sido objeto a lo largo de los siglos y milenios, el mensaje de la segunda parte de las Sagradas Escrituras es de bondad y de paz. El Hombre de Nazaret nace y muere por ellas. El mal es el que da sentido a su nacimiento y el que se lo dará a su suplicio y muerte.

El que nace esa noche, no lo perdamos de vista, es un perseguido. Y la espléndida fábula navideña también debe leerse obligatoriamente como un canto de hermandad con los proscritos, como una loa al refugio.

Tal vez ese es el significado último de la Navidad, su secreto: entregarnos a ese vértigo insondable, a esa ilusión huidiza que es el bien, el deseo del bien, aunque sólo sea por unos días, unas horas. Pero no hay bien sin mal. Quizás el bien es sólo la ausencia del mal.

Y es ahí donde aparece la necesidad del diablo, para que el nacido de la virgen sea lo que es. Un nacimiento sin diablo es un pesebre light, censurado, incompleto. Definitivamente falso.

El demonio, no le demos más vueltas, es tranquilizante. Al representar el mal, al darle un rostro y constreñirlo, al confinarlo y condensarlo, lo vuelve manejable, menos temible, casi inocuo. Por eso los construimos. De barro y de carne y hueso. Por eso hay linchamientos y cacerías de brujas. Por eso, al erigirnos en reyes o en simples pastores, lo ponemos siempre ahí, de frente a nosotros y de espaldas a la Estrella de Belén. Para que creamos saber, aunque sea por un momento, quiénes somos y en dónde estamos. Para constatarnos buenos y en el buen lugar.

Cuando el aroma de los abetos y los musgos aún no se extingue, y junto a los últimos instantes de los foquitos, las esferas y las figuritas de barro, cavilo sobre el nuevo año de todos los estigmatizados. Evoco a los perseguidos, señalados con dedo de fuego, a los anatematizados del mundo entero. Con razón o sin ella. ¿Quién las establece, las razones? En este pesebre gigantesco del que formamos parte, volveremos a elegir a quién pintar de rojo y lo colocaremos detrás del establo.

En este inicio de 2014, quise pensar, antes que en los reyes, por exóticos, humildes, bondadosos que sean, antes que en los pastores y en los patitos del estanque y los peces en el río, quise pensar en todos los perseguidos, los satanizados, todos los proscritos y acosados. En todos los que nos permiten seguir siendo nosotros los virtuosos.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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