Adiós, charrito zambo

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Marcelino Perello 17/12/2013 01:12
Adiós, charrito zambo

Hasta hace poco México fue un país espléndido, de recia personalidad, con un perfil inconfundible y una presencia orgullosa y entrañable para propios, fascinante y atractiva para extraños. México fue un país espléndido. Supongo que lo sigue siendo, pero menos.

Hemos ido perdiendo brío y fisonomía. Sin duda debido al imparable torrente mundial, estandarizador y abaratador, equivocada e hipócritamente llamado globalización. Pero también sin duda debido a cierto desánimo, a la ausencia de un discurso nacional vigoroso y convincente que substituya o renueve el ya desgastado, y en su momento magnífico, de la Revolución Mexicana.

En efecto, se esconde una trampa en el adjetivo “global”, que hoy se suele utilizar para describir la nueva dinámica económica, social, política y cultural que se impone a escala planetaria. Como lo denuncia con toda precisión el despiadado analista y pensador James Petras, detrás de la mentada globalización se esconde la más estricta y férrea centralización de los procesos de interrelación e influencia internacionales.

Decido ponerle nombre al niño, bautizar el polifenómeno descrito por Petras, y con tal fin acuño en este momento un nuevo término, de significado único, pero múltiples ángulos: “agringamiento”, mejor que “gringuización”. Para los mexicanos su sentido no requiere de mayores explicaciones. A los fuereños habrá que explicárselo un poco, pero lo entenderán enseguida.

En otras palabras, el modo de hacer y pensar “a la gringa” se expande y desparrama cual una plaga inexorable por todos los rincones del globo (parecería que los globos no pueden tener rincones, pero éste, el nuestro, ciertamente sí los tiene), penetra todos los intersticios, embebe todos los ámbitos y contamina todas las vidas y haciendas.

Dan igual los chunches y tiliches de los chinos, los toyotas y los nisanes de los japoneses, ni el euro de los euros. No tiene importancia. El centro del mundo está en Nueva York. Ya no es Roma ni Babilonia ni Pekín. Ninguna de ellas soñó jamás en tener un control y una influencia semejante a los de la Gran Manzana.

Estamos asistiendo, no le demos más vueltas, al agringamiento del mundo, al amargo agringamiento de México. Y esto sucede tanto en los laberintos oscuros y secretos de las profundidades, como en las estridencias y cegador abigarramiento de la superficie.

Basta andar por la calle. A unas cuadras de mi casa se acaba de inaugurar una nueva plaza, Patio Universidad. Paso cada día frente a ella y contemplo con desasosiego los deslumbrantes anuncios luminosos en la fachada: Best Buy, Sport World, Home Store, California Pizza Kitchen y no sé cuántos más. El único nombre visible en español es el de Cinépolis (¡!). Así está la cosa. Y le aseguro que no se trata de un caso excepcional. Es el deplorable ejemplo de una corriente general que representa y se produce en muchos otros niveles.

No puedo no pensar en ello al considerar la Reforma Energética que el Poder Legislativo de nuestra nación acaba de aprobar. Yo no sé, francamente, cómo redundarán las nuevas disposiciones y posibilidades en la economía del país, ni, sobre todo, cómo incidirán en la vida cotidiana de los ciudadanos. No soy economista. Confieso, contrito, mi ignorancia crasa. La economía es una ciencia muy compleja, y me sorprende que haya tantos y tantos expertos que se pronuncian seguros de sí, en un sentido u otro, acerca de la mentada modificación constitucional. Me asombra y no lo logro entender. Ni ellos logran explicármelo o convencerme, ni en un sentido ni en otro.

Lo que sí sé es que ese plano, el económico, tiene más aristas que un icosaedro, y que del manejo que se haga de cada uno de sus filos dependerá el comportamiento y la dinámica del sistema. No sé si todo, pero mucho, se jugará en el estira y afloja que la práctica, y no la ley, impondrá. En la danza real de los privilegios.

Pues algunas canonjías habrán ocasionado negociaciones con inversores típicamente oportunistas. Así se introducirá subrepticiamente el llevar la apertura más allá rebasando atribuciones. Entonces se hará esencial rediscutir medidas ordenadoras supuestamente obsoletas y fijar una estricta regulación tamizando exenciones. Considerar otras modalidades operativas exigirá sostener también el anunciado modelo obrando rigurosamente, México invoca vocaciones insobornables.

A saber si tal expectativa hallará respuesta. De lo que no me cabe ninguna duda es de que flexibilizar —dejémoslo así— la intervención del capital privado en la industria petrolera agravará significativamente el actual agringamiento de nuestro país. Y no puedo no deplorarlo. Mis motivos, ya lo dije, son más históricos y emotivos. Estéticos, digamos. No me gustará ir a llenar el tanque a una gasolinera Chevron. No iré. Pemex fue el emblema de un México espléndido. Para bien o para mal, ya no lo será. Y ahora añoraré, con una melancolía adolorida, a aquel charrito zambo que ya había yo casi olvidado.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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