Medio siglo es mucho siglo

La prensa mundial, escrita y hablada, se ha visto saturada ad nauseam por la conmemoración del semicentenario del asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy. Tan estrepitoso y llameante recuerdo es prueba fehaciente de que la herida no ha cerrado y de que las ...

La prensa mundial, escrita y hablada, se ha visto saturada ad nauseam por la conmemoración del semicentenario del asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy. Tan estrepitoso y llameante recuerdo es prueba fehaciente de que la herida no ha cerrado y de que las componentes de aquel drama de alguna manera siguen vigentes. La pregunta, que son dos, de quién mató a Kennedy y por qué, sigue en el aire y conserva toda su carga política y emotiva. Por razones complejas, no ha podido ser ni enterrada ni sumergida ni disuelta.

Todo magnicidio comporta en mayor o menor grado una gran conmoción pública. Pero de alguna manera el de aquel irlandés me atrevo a asegurar que provocó un trauma mucho mayor a todos los anteriores y posteriores.

La clave de la pervivencia de ese estremecimiento reside, sin duda, al menos en parte, en el hecho de que el crimen tuvo lugar en el centro de esa década formidable e irrepetible, en todos los sentidos de la palabra, que fue la de los sesenta. Entre otras muchas cosas tuvieron lugar en medio de ese maremágnum cinco homicidios impensables sólo en Estados Unidos. En orden cronológico: el de Marilyn Monroe en el 62; el del propio John Kennedy en el 63; Malcolm X en 1965; Martin Luther King y Robert Kennedy, ambos en 1968.

(Que no le sorprenda, circunspecto lector, la aparición de la despampanante e irresistible rubia en esta relación. Recuerde que el término magnicidio no se aplica únicamente a los políticos. Y además sostengo sin titubeos dos asertos que justifican plenamente su presencia en esta lista: en primer lugar digo, porque gente que respeto y creo dice, que Marilyn no se suicidó, sino que fue asesinada. Y en segundo lugar digo, porque gente que respeto y creo dice, que los motivos de su muerte están ligados a su relación no tan secreta con los dos Kennedy que la acompañan en este sombrío recuento).

No pasemos por alto, si no queremos perder de vista la dimensión histórica de aquellos años, que también fueron víctimas de las balas personalidades apabullantes fuera de aquella nación. También en orden temporal: el gran dirigente congolés Patricio Lumumba en 1961; el no menos brillante líder marroquí Ali Ben Barka en 1965; y el inolvidable y más conocido de todos, Ernesto Guevara en 1967.

En todos estos crímenes el embuste oficial pretendió imponer la versión del “asesino solitario”. No tiene ninguna importancia el que de tan sobada y recurrente resulte intragable. Da igual. El cinismo y la soberbia de los poderosos resiste eso y más. Es así como intentaron, y siguen intentando, hacernos comulgar con los móviles personales y finalmente intrascendentes. Con matices e intensidades distintos. La única diferencia residiría en que los asesinos de Lumumba y el Che se sabe que fueron militares, pero nos quieren enjaretar que actuaron de motu proprio, “sin haber recibido órdenes superiores”. Así de plano, tal cual. Eso no se lo creen ni los gringos, que ya es decir.

El mentado “Informe Warren” que buscó lavar en público la ropa sucia, es una grotesca caricatura que nunca nadie se tomó en serio. Hoy menos que nunca. El sorprendente fiscal Jim Garrison ya se encargó de desmontarlo impecable e implacablemente. Y, sin embargo, los corifeos que siguen sosteniendo lo insostenible siguen repitiendo, 50 años después la patraña impresentable. Como dijo el propio Garrison: “Vivimos en un país en el que la mentira nunca triunfa. Es indiscutible, pues cuando triunfa se convierte automática y mágicamente en verdad”.

Eso no excluye que existan personas de buena fe que en nombre de la sensatez pretendan no caer en el delirio de persecución y no sustentar “teorías de la conspiración” que califican falsas a priori. Ninguno de los argumentos esgrimidos por quienes asumen una crónica realista y verosímil del magnicidio, que le atribuye razones políticas, sectarias y/o económicas, son tomados en cuenta. Todo el enjambre de evidencias que apuntalan el crimen planeado desde la cima del Poder son negligidos y atribuidos al pensamiento paranoico.

Pensar así comporta manejar afirmaciones nebulosas. Varios investigadores complacientes asaz equívocos sustentan una nueva fabricación artificiosa negando tales argumentos suponiendo motivaciones individuales totalmente apolíticas. Algunas veces estas cabriolas especulativas se sostienen en dudosos esquemas justificatorios ajenos a todo rigor apartando pruebas auténticamente resolutivas. Al verificar esas conclusiones engañosas surgen nuevas objeciones.

Cuando recuerdo hoy aquella tragedia no puedo no enfrentarme a una paradoja. Los hechos y los testimonios aparecen difuminados tras la neblina del tiempo. Pero también los decenios han desbrozado en parte la maraña de argucias con la que se quiso disimular la sangrienta farsa. Tendré que volver la semana próxima sobre aquel escalofrío, 50 años después. Y volverla a contemplar y ponderar. Este mundo ya es otro mundo. Y a lo mejor eso me ayudará a entender un poco más. Un poco mejor. Medio siglo es mucho siglo.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

Temas: