El otro día, en un momento sin duda de debilidad, decidí ir al cine a ver una película que de antemano sabía, presumía, que era mala. Esos momentos de debilidad han de ser frecuentes, pues me ocurre a menudo. Debe haber algo de cierto masoquismo perverso en mi ánimo. Me sucede algo similar al ver la televisión únicamente por el placer malsano de constatar la estulticia y desmontar la maquinación y el condicionamiento que transmite.
Así pues fui a ver The butler, El mayordomo, que nuestros ínclitos responsables de las traducciones decidieron ofrecérnosla con el título de El mayordomo de la Casa Blanca, para explicarnos mejor de qué se trata. Han de considerarnos imbéciles. Aunque a lo mejor, como suele ocurrir, el imbécil es el que juzga así a otro. Porque la cinta no cumple lo que el título traducido y engañoso parece prometer. No se refiere a lo que sucede en el interior de la residencia oficial del presidente de los Estados Unidos, escenario de fondo que aparece apenas como pretexto para hablar de la discriminación racial en ese país durante la segunda mitad del siglo XX.
La obra es efectivamente muy mala, más de lo que yo esperaba. Un melodrama cursi puesto al servicio de la popularidad de Barack Obama. Es un film propagandístico. En grado mayúsculo y de manera obscena. Únicamente lo salva el trabajo actoral de esa enorme personalidad de la escena que es Forest Whitaker, y cuya carrera he seguido, más o menos con fiel constancia, desde hace por lo menos 30 años. Se trata indiscutiblemente de una de las mayores figuras de la pantalla, más allá de los fantoches inflados por los capitostes de la industria cinematográfica comercial.
Me resultan imborrables sus papeles paradigmáticos como los que representa en Juego de lágrimas o El camino del samurái. Inolvidables. De hecho y sin regatearle un ápice a su talento debo admitir que Whitaker protagoniza siempre al mismo personaje. Tiene un solo rol que repite una y otra vez. De manera genial, eso sí, y del todo convincente y efectiva: la del hombre maltrecho, abatido, y sin embargo de una entereza a toda prueba. Me han comentado que en otras cintas es diferente, como es el caso de El último rey de Escocia, pero esa no la vi.
El caso es que en El mayordomo sí hace honor a su trayectoria y se vuelve a representar a sí mismo. Lo disfruté por supuesto, a pesar del bodrio del que formaba parte. Pero fue ahí y entonces que me abordó una nueva idea, y me di cuenta que gran parte del éxito y del talento de Forest se debe a su rostro, esa cara ligeramente deforme por ese ojo inevitablemente semicerrado que le da un aire de un patetismo inimitable.
Whitaker no sólo es negro, cosa que en gringolandia sigue sin ser del todo fácil, y hace medio siglo menos, sino que además Forest es feo, y ha hecho de su fealdad su herramienta. Su tarjeta de crédito Platino que le ha abierto las puertas del buen cine. Porque, como sucede con todas las tarjetas de crédito, el chiste no es tanto poseerla sino el saberla usar. Y él la sabe usar. De qué manera. No para fingir ni hacer trampa, sino para expresar.
El rostro de Forest Whitaker es una máscara. Lo descubro apenas. Una careta como las que se usaban en el teatro griego, en la Comedia dell’Arte italiana o el Teatro No japonés. En el teatro propiamente dicho no es fácil para los espectadores ver en detalle las facciones, los rasgos y los gestos de los actores. Están lejos y se ven pequeños. Es el cine el que le da todo su valor a la expresión facial, al mostrarnos caras de seis metros cuadrados, sin secreto alguno. Cada arruga, cada vello, cada pestaña. Cada lágrima. Cada comisura en cada sonrisa.
Tal posibilidad está sin duda al servicio de la belleza. Pero me atrevo a formular que abre de manera mucho más importante los caminos de la fealdad. No de cualquiera, obviamente, pero sí los de aquellas interesantes, sugerentes. Ese es el caso del rostro de nuestro héroe, incomparablemente expresivo, patético y perturbador. Aquí entre nos, la belleza estándar, acorde a los cartabones en vigor, es una auténtica patente de corso para los malos y falsos actores que pululan y que sólo se exhiben. En realidad se trata de modelos, de maniquíes que juegan a ser actores, que fingen fingir.
Digamos que los feos y las feas, ellos sí están obligados a actuar de a de veras. Ahora, a bote pronto, se me ocurren algunos ejemplos ilustres e ilustradores. Cómo olvidar, por ejemplo, a los franceses Jean Paul Belmondo o Jean Rochefort, a los gringos Humphrey Bogart o Antony Quinn y a los mexicanos Emilio El Indio Fernández o Ernesto Gómez Cruz. Unos menos agraciados que otros, pero todos grandes actores. Dejo aparte el caso de los cómicos, pues en ellos el no ser atractivos acostumbra ser uno de sus atributos. Son raros la cómica o el cómico bellos. Y por ahora en esta reflexión me abstengo también de hablar de las actrices feas célebres. Merecen capítulo aparte.
En el mecanismo escénico, el artefacto que engrana a los hacedores de la propuesta, autores y actores, con el público receptor, debe producirse, si el montaje es efectivo, una identificación catártica de unos con otros, es imprescindible que las vivencias expresadas, antes sean cultivadas y después transmitidas, interiorizadas y experimentadas. En particular, el arrojo, el temple, denominador común de los artistas que menciono aquí, son unos de los rasgos de carácter más socorridos y caricaturizados, pero constituyen unas de las disposiciones anímicas más difíciles de recrear con sinceridad y verosimilitud. Y que es una verdadera proeza legar y contagiar al espectador.
Plasmar esa reciedumbre en general requiere incorporar nuevas actitudes. Varios intérpretes consiguen así versiones intensísimas estimulando nuestras emociones y volviéndonos audaces. Y venciendo unos escrúpulos lógicamente vacilantes entonces surgen incontenibles energías morales poderosas rebasando expectativas, al movilizar otros recursos ocultos superando aprensiones, adquieren mayores intensidades claramente oblicuas buscando irreprimibles juntar opuestos.
Y es en la materialización simbólica de esa amalgama de sentimientos contradictorios, tan propia del ser humano, en la que Forest Whitaker es todo un maestro. Y en ella demuestra hasta qué punto un rostro contrahecho se vuelve el instrumento precioso del más bello y complejo de los oficios.
