Presuntamente

Entendámonos. El que un maestro sostenga o pretenda sostener relaciones amorosas sentimentales y/o sexuales con una alumna es indiscutiblemente un hecho ética y deontológicamente reprobable. Y lo es, por supuesto, independientemente del sexo del docente y del pupilo. En ...

Entendámonos. El que un maestro sostenga o pretenda sostener relaciones amorosas —sentimentales y/o sexuales— con una alumna es indiscutiblemente un hecho ética y deontológicamente reprobable. Y lo es, por supuesto, independientemente del sexo del docente y del pupilo. En los cuatro casos posibles. El mentor representa una figura paterna y en esa medida tales relaciones equivalen a incestos simbólicos. Lo mismo sucede con el sicoanalista, el cura, el médico o el jefe. A todos ellos les está moralmente vedado establecer vínculos de esa naturaleza con sus discípulos, pacientes, fieles o subalternos. Aunque no lo pretendieran, les es imposible no utilizar su investidura con tales propósitos. No obstante, en grados y estilos distintos, se trata de un evento relativa y lamentablemente común.

Hace unos días se dio a conocer el caso de un maestro de física que en la preparatoria número 9 de la UNAM habría incurrido en tales prácticas. Un sector considerable de esa coscolina llamada opinión pública no dudó ni tantito en dar por buenas las acusaciones y levantar la pira expiatoria para el lascivo y herético mentor. Hasta el momento de escribir estas líneas no existen, al menos en el dominio público, elementos que permitan establecer un juicio serio acerca de la conducta e integridad moral del docente.

La masiva, apresurada y lapidaria condena se basa exclusivamente en las declaraciones de la alumna protagonista y en las imágenes de un breve y confuso video. El crédito y la interpretación de tan endebles materiales corren por cuenta del lector, y sobre todo del telespectador o navegador. Yo me abstendré de sacar conclusiones, pues ignoro qué es lo que sucedió en realidad. Sé únicamente que hubo un forcejeo entre maestro y alumna y que, a confesión de parte, el episodio fue grabado con la intención de ponerle un cuatro al académico, que supuestamente no es capaz de controlar su lujuria. Puestos a tender celadas no descarto que haya habido una actitud provocadora por parte de la muchacha, pero tampoco me consta. Entre nos no me consta prácticamente nada acerca del hecho y de la trayectoria del profesor Castro Ruiz, y por lo tanto me reservo mi opinión. De nuevo: qué sé yo.

Lo que sí conozco en cambio y de lo que sí tengo un firme parecer es de esa lamentable, esperable, ya comentada actitud y predisposición de cierto sector social, en general de bajo nivel cultural e intelectual. No insistiré. Pero existe otra reacción, esta vez inesperada y mucho más deleznable: nada menos que la de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, y que sin venir a cuento utiliza este episodio para lanzar una retahila de inculpaciones gratuitas en contra de la Universidad Nacional Autónoma de México. No titubeo ni tantito en considerarlos auténticos exabruptos incompatibles con la actitud ecuánime y serena que debería regir la actuación de tan noble, en principio, organismo.

Sin parar en mientes, la susodicha Comisión saca conclusiones sin ningún tipo de base y se permite hacer públicas afirmaciones falsas y francamente difamatorias de las máximas autoridades de nuestra Alma Mater, al asegurar que no tomaron medidas cuando se produjo el episodio, hace siete meses, y de que encubrían aquellos “graves hechos”. Permítame que le diga, dilecto y azorado lector, que lo realmente grave es que la CNDH incurra en semejante despropósito. Para no ir más lejos, el profesor Castro fue dado de baja de la plantilla docente de la UNAM el 14 de mayo, apenas tres semanas después de acaecido el incidente.

Esa misma Comisión habla de que otra alumna habría sido también acosada, “presuntamente” por el mismo maestro. ¿Cómo que “presuntamente”? ¿No sabe si es el mismo? ¿Es posible, y sobre todo es tolerable, que no lo sepa? Ese “presuntamente” vale un imperio. Pero lo más grave de todo es que quienes dirigen el organismo responsable del correcto, legal y honesto proceder de todos los organismos oficiales se permita dictar sentencia antes de haber investigado y esclarecido con un mínimo de seriedad lo acontecido.

Porque otra sentencia implicaría tener información verdaderamente objetiva. Varios elementos recientes ofrecen nuevos indicios claramente antagónicos, a menudo anulando reportes traducidos en acusaciones totalmente insostenibles, todos ellos negando esa responsabilidad tajantemente establecida, porque acotar los alcances de esos abusos requiere tener elementos, exige sostener una nueva actitud formal impidiendo estrictamente solapar tales arbitrariedades.

El comportamiento de quienes dirigen la CNDH resultaría inexplicable si no corriera el riesgo de ser explicable. Ya son varios los comentaristas prestigiados que han sugerido hipótesis que lo explican. Y sus explicaciones no favorecen, créame, a la CNDH ni a quien la preside. Yo de momento prefiero abstenerme y limitarme a deplorar que se abarate de tal manera el quehacer de la institución que presuntamente debe velar por el justo ejercicio de la función pública. Dije presuntamente.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

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