La realidad imita y reproduce frecuentemente a la ficción. Es este un lugar común, que por común no deja de ser verídico, sorprendente y certero. En particular, la frontera entre las obras teatrales o cinematográficas y la vida real es harto permeable. Se produce a través de ella una ósmosis permanente. Y contrariamente a lo que una visión despreocupada podría hacer pensar, tal tránsito se produce, en efecto, en los dos sentidos.
Son varias las cintas que narran la doble historia de un idilio real entre actor y actriz que a su vez representan personajes que también protagonizan un romance apasionado. A bote pronto recuerdo el muy bello filme de François Truffaut La noche americana. Pero sobre todo dejó una huella indeleble en mí La amante del teniente francés, la estrujante cinta de Karel Reizs en la que Meryl Streep y Jeremy Irons juegan el papel de actores en la filmación de un drama en el que los protagonistas también viven una relación inflamada.
Las cosas, sin embargo, pueden ir más lejos y salirse de plano de la pantalla. El caso más cercano y paradigmático que ocurre en el cine nacional es sin duda alguna el de la gran diva María Félix y el no menos divo Jorge Negrete. Años después de haber representado la trágica y desgarradora historia de los dos amantes en El peñón de las ánimas, ellos mismos se enamoraron y contrajeron nupcias. Su amor también conoció un final trágico cuando Jorge se vio obligado a fallecer en la vida real, apenas once meses después de haber desposado a María.
A nivel mundial la pareja que roba cámara en este sentido es, sin discusión alguna, otra. La que formaron dentro y fuera del celuloide dos estrellas de primera magnitud: La deslumbrante Elizabeth Liz Taylor y el enigmático Richard Burton, ambos británicos pero cuyas carreras se desarrollaron principalmente en Estados Unidos. Filmaron no sé cuantas películas juntos, cerca de una docena tal vez, y creo que en todas juegan el papel de pareja, bajo un registro u otro.
Elijo y considero emblemáticas solamente tres: En orden cronológico Cleopatra, durante muchos años —ignoro si hasta la fecha— la más cara y ambiciosa producción cinematográfica nunca realizada. En ella la Taylor obviamente juega el papel de la última y seductora faraona de Egipto, mientras que Burton, no tan obviamente, pues de la misma manera hubiera podido representar a Julio César, personifica a Marco Antonio. No sé si fue ahí donde y cuando se conocieron, pero sí sé que fue entonces que Cleo y Marco deciden saltar fuera de la pantalla, sumergirse en el mundo y jugar los papeles de Elizabeth y Richard.
La cinta es de 1963, y los actores se anudarán en un romance tal vez no tan trágico, pero igualmente tórrido, pocos meses después. Vivirán ocho años el uno con el otro, el uno para el otro y a menudo el uno contra el otro, en los cuales romperán, se divorciarán, se reconciliarán, se volverán a casar y se volverán a divorciar. La intensidad y la autenticidad, sin embargo, es incuestionable. No fue, de ninguna manera, ni una aventura superficial y pasajera ni un enlace ficticio para la galería, en nombre del marketing.
Se amaron de veras y su pasión no pudo no reflejarse en las otras cintas que protagonizaron y a las que la tensión vital dotó de una fuerza inaudita y de una verosimilitud que su solo talento interpretativo nunca hubiera conseguido. Es el caso de Quién teme a Virginia Woolf, realizada tres años después por el gran Mike Nichols y basada en la obra homónima de Edward Albee, en la que dan vida a una pareja naufragada, y en la que todo lo que antaño pudo ser dulzura se ha vuelto ácido. La película está rodada en blanco y negro, la acción transcurre íntegra en una habitación, y la atmósfera opresiva que envuelve a la pareja se trasmite de manera inclemente al espectador indefenso. Al margen de qué tanto Liz y Richard se representan a sí mismos, se trata, de manera indiscutible, de su obra maestra. Una joya de la literatura dramática, de la realización cinematográfica y del trabajo actoral.
Y finalmente no puedo no mencionar la otra cara de la moneda, filmada un año después por Franco Zefirelli, especialista en Shakespeare. Se trata de La fierecilla domada, tal vez la más jubilosa, divertida, luminosa y lograda comedia del genio de Avon. En ella, en contraste, la pareja de Elizabeth/Katharina y Richard/Petruchio es de una vitalidad desarmante y conmovedora. Significa una de las más bellas muestras, que el teatro y el cine hayan podido plasmar, del amor triunfante y realizado. No pongo en duda que nuestra pareja también se retrató en ella con sinceridad, fuerza y convicción.
Su vida en común estuvo siempre envuelta en el glamour y el boato, y se desarrolló entre risas y lágrimas, entre joyas impensables —desde los diamantes Krupp y el Taylor/Burton a la inigualable gota nacarada de la Perla Peregrina— y la mansión enloquecida de Puerto Vallarta. Precisa y paradójicamente donde se produjo el tremendo ataque de celos de Liz, cuando Richard rodó ahí La noche de la iguana llevando no a ella sino a la inquietante Ava Gardner como compañera.
A pesar de ser ambos, personajes del sistema, engranes maestros del cine, concebido éste más como una industria que como un arte —el séptimo—, la labor de cada uno de ellos por separado, pero sobre todo la del equipo que integraron, es de un nivel y dignidad realmente notable. Nunca se prostituyeron ni en sentido propio ni figurado. Y esa dudosa costumbre de llamar “artistas” a los actores nunca fue tan justificada. Rápidamente supieron armonizar ambos planos con insólito talento, generosidad y eficacia.
Primero resolvieron escenificar nuevos dramas aceptando diversas ofertas, haciendo así sobresalir también a los artistas secundarios con apariciones consideradas hoy arquetipos señeros, decidieron entonces enriquecer sus andaduras mediante un jamás equiparado repertorio. Volvieron imborrables caracterizaciones asombrosas montando en escena múltiples best-sellers recabando unánimes juicios aprobatorios, modernizaron el espectáculo mundial brindando excelentes logros en sólidas actuaciones.
De cualquier manera el tándem del inabordable gentleman galés y de la inverosímil mujer de los ojos violeta representa un ejemplo inigualable e inigualado. No sé exactamente de qué, pero de manera indiscutible, un ejemplo inigualable.
