Norteados

¿Se ha fijado usted alguna vez, observador leyente, en la siguiente machincuepa lingüística? Creo que es propia del español, y si me apura, que es exclusiva del que hablamos en México. “Orientado” es aquel que sabe dónde está y en qué dirección debe ir. En ...

¿Se ha fijado usted alguna vez, observador leyente, en la siguiente machincuepa lingüística? Creo que es propia del español, y si me apura, que es exclusiva del que hablamos en México. “Orientado” es aquel que sabe dónde está y en qué dirección debe ir. En sentido propio y figurado. Es decir, que sabe perfectamente hacia dónde se encuentra el oriente. Por dónde sale el Sol. No me atrevería a asegurar cuál de los dos términos, “oriente” y “orientar” aparece primero en la lengua y da origen al otro. A saber.

En cambio, “norteado” no es el que sabe dónde queda el norte, lo que equivaldría a conocer automáticamente el rumbo del oriente. El norteado no sabe ni dónde quedan el norte ni el oriente, está perdido. También en ambos sentidos, propio y figurado. La acepción no puede ser más desconcertante.

Las grandes migraciones de los hombres y de los otros animales rara vez, si alguna, se han producido hacia el oriente. La gran mayoría van a lo largo de los meridianos de sur a norte y de norte a sur, siguiendo el dictado del clima y sus estaciones anuales.

La cosa es que tal tendencia hacia el norte por parte de muchísimos hombres meridionales persiste hasta la actualidad. Esta vez, también en busca de sustento y guiados no tanto por razones meteorológicas, sino socioeconómicas.

El mecanismo de estas gigantescas e imparables oleadas animales y humanas ha sido siempre el mismo desde hace cientos de milenios. Desde que supuestamente pisotearon los hielos de Bering e incluso dendenantes. Y su principio es sólo uno: la sobrevivencia.

La reciente y escalofriante tragedia, frente a las costas de la isla italiana de Lampedusa, del naufragio de la embarcación con cientos de desdichados migrantes africanos a bordo que se proponían llegar a las costas europeas es un buen y estremecedor ejemplo. Los testimonios indican que varios barcos pesqueros se encontraban en la cercanía y presenciaron, si no impávidos sí inmóviles, el desastre, pues parece ser que las leyes italianas prohíben terminantemente socorrer lanchas transportando inmigrantes ilegales, de ser cierto, la catástrofe cobraría dimensiones revoltantes, demoniacas.

Los mexicanos estamos también familiarizados, desde hace decenios, con el fenómeno del desplazamiento masivo hacia los paralelos boreales, y también convivimos con una tragedia similar a la de Lampedusa, menos aguda y espeluznante tal vez, pero igual de hiriente, y más sostenida, causante, a lo largo del tiempo de un número de víctimas mucho mayor. Aquí no es un mar el que separa la abundancia de la miseria. Es un desierto. Que también puede ser asesino. Pero el verdadero drama comienza una vez atravesadas, las aguas de allá y los páramos de acá. La vida que le espera a la mayoría de los indocumentados, aquí y allá, es un infierno de bajo perfil, duradero e inexorable.

Las condiciones en las que debe desarrollarse la vida de millones de nuestros paisanos en la margen izquierda del Bravo es, más que deplorable, inaceptable. Y, sin embargo, no tienen más remedio que aceptarla. El muy reciente “cierre” del gobierno federal en Estados Unidos vuelve a poner sobre la mesa la imposibilidad de llevar adelante las reformas migratoria y sanitaria que no resolverían en absoluto, pero que sí aliviarían un tanto la cruenta condición de los mojados.

El único estado que se ha propuesto promulgar unas leyes dignas para aquellos venidos de fuera es Virginia, gracias a la encomiable labor de cierto sector de la prensa local y, en menor medida, federal. Se ha convertido en el único pequeño espacio “vivible”. Y eso sólo a medias. Será porque los indocumentados allá son relativamente pocos. En el resto de los estados la situación es definitivamente intolerable. De tanto convivir con ella, a los dos lados de la frontera, la ignominia se nos ha vuelto familiar. Y hacemos como que nos escuece sólo un poco. Lo peor que puede acontecerle a una persona o a una comunidad es habituarse a admitir lo inadmisible. Esa marabunta humana es una vergüenza y un ultraje para todos los que la propiciamos y soportamos.

Peregrinaje ominoso condenado a padecer oprobios cotidianos. Parias expulsados resisten ofensas aceptando salarios infamantes, para aligerar su opresión algunos periodistas arguyen sólidas objeciones, la orientación que utilizan intenta eliminar renglones excluyentes en la legislación actual, mas incluso Virginia incorpora cláusulas afrentosas.

El norte atrae. Que ni qué. No sólo a las manecillas de la brújula. Es natural e inevitable. Lo que no es natural y debería ser evitable es la sevicia con que los wasp tratan a los que llegan de fuera ofreciendo su trabajo a cambio de una vida simplemente digna. Y tampoco lo es la indiferencia de quienes desde aquí, en situaciones menos desesperadas, cerramos los ojos y nos hacemos de oídos sordos ante su desventura. No ver ni oír no nos excusa. Al contrario. Los verdaderos norteados somos nosotros, no ellos.

                *Matemático

                bruixa@prodigy.net.mx

Temas: