A la italiana
Incluso los autócratas más soberbios y arbitrarios se han visto obligados a pactar.
Ponlo en el suelo, Enrique, y desenrédalo. Embrollado en su propia madeja, el gobierno de Peña Nieto parece no acabar de encontrar la punta. Aún siguen cruentas las tres primeras y harto conflictivas mal llamadas reformas, mal llamadas educativa, energética y hacendaria, cuando ya pone sobre el tapete verde una cuarta, no menos polémica, que hereda embastada del sexenio anterior: la política.
No sé de dónde le vendrá esa prisa frenética. Si obedece a compromisos contraídos quién sabe cuándo, con quién sabe quién, o si así es su carácter. Pero da la impresión de que temiera perder quién sabe qué tren. Inquietud tanto más paradójica en un país en el que los trenes, en sentido propio y figurado, van a vuelta de rueda, cuando ruedan.
Ya de entrada, los cuatro nombres con los que se conocen las mentadas reformas son impropios, pero ojalá y las dificultades e insuficiencias se redujeran exclusivamente a las cuestiones de denominación. La problemática es mucho más profunda y escabrosa. El gobierno se está viendo obligado a tejer un delicado encaje, un auténtico Macramé de Bohemia, para conseguir conciliar y aglutinar las mayorías y consensos imprescindibles, no únicamente parlamentarios, para su materialización. Y eso está en chino. Bueno no. En China las cosas hoy por hoy sobre ese plano resultan mucho más fáciles. El enjambre de posiciones y disposiciones es mucho menos intrincado y contradictorio.
Está más bien en italiano. Desde hace varios decenios, de hecho desde el final de la Guerra y de la dictadura mussoliniana, la bota mediterránea se ha convertido en el paradigma del galimatías gubernamental y legislativo. Allá, cualquier iniciativa debe ser discutida y negociada hasta la saciedad, en pos de una mayoría multicolor y siempre variable. La fragmentación ha conducido al actual rompecabezas, una genuina ensalada rusa sosa, sin sabor, color ni olor. Cada alianza, en cada caso, debe ser improvisada y construida desde la cimbra.
Así estamos hoy nosotros. Es decir ellos, quienes detentan los tres órdenes del gobierno político-administrativo en nuestro país. El primer círculo de los hombres fuertes que rodean al Presidente se han visto obligados a mercar cada una de las cuatro reformas de manera diferente, con espíritu distinto y con interlocutores distintos. En primer lugar dentro de su mismo partido, y después con las numerosas sectas y corrientes en el seno de los otros. El resultado no puede ser más previsible: los acuerdos y resoluciones, si quieren pasar, resultarán necesariamente descafeinados.
Este es un mal, hoy en día, ya entrado el no tan nuevo siglo, universal. La italianización de la gestión pública ha cundido y ha contagiado a la práctica totalidad de los regímenes estricta o ampliamente incluidos en el llamado mundo occidental. La política ha perdido perfil y personalidad, aquí, allá y acullá. Las ideologías han fenecido por deshidratación. Da igual quién gobierne. A inicio y final de cuentas resulta la misma gata, ni siquiera muy revolcada.
El ejemplo más cercano que se me ocurre, no por pequeño y local menos ilustrativo, es el de nuestro propio Distrito Federal. Ya me dirá usted, abatido lector, si hay alguna diferencia perceptible entre las antiguas y anatemizadas administraciones priistas y las actuales de los “gobiernos populares y democráticos” perredistas. Yo no sé ver ninguna. Ninguna.
Tal situación es fácilmente generalizable a ámbitos de mayor envergadura, peso y alcances. La actual falta de personalidad de la política y de los políticos nos ha conducido a una especie de limbo en el que los gobernantes se ven reducidos a la condición de gerentes, más o menos eficaces, pero siempre ocres. O incluso ni eso: mediocres.
Es preciso recordar aquí que el Poder es siempre una componenda. Incluso los autócratas más soberbios y arbitrarios se han visto obligados de manera creciente, desde mediados del siglo XIX, a pactar y establecer alianzas que apuntalen y consoliden su posición aparentemente sólida, pero cada vez más frágil. De ahí la importancia de la habilidad para trenzar, transar, coincidencias ad hoc de manera permanente. Únicamente así se puede mantener cierta hegemonía, siempre tambaleante, y obtener éxitos siempre relativos.
Poder implica necesariamente conceder ha escrito Carlyle al replantear los órdenes sociales, y al nutrir otros silogismos con alardes conceptuales hoy opacados, Marx introduce variaciones inéditas. Cualquier herejía invoca negativas. Sólo acordar bases realistas acompañadas con una actitud negociadora tamiza objetivamente las afinidades auspiciando mecanismos operativos.
Este es el desafío que se ha echado encima este hombre que ha anunciado su propósito, ya no sé si audaz, temerario o imprudente, de “cambiar el país en 120 días”. Tampoco sé cómo y cuánto se acerque a su propósito. Lo que sí sé es que, sin asomo de duda, se verá, se ve desde ya, obligado a gobernar a la italiana.
*Matemático
