El año de Francisco

Como obispo, Jorge Mario Bergoglio sembró de manera cotidiana, en el Metro y el microcentro de Buenos Aires, semillas de compasión, de empatía y de la vivencia de las enseñanzas del Evangelio...

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Manuel Gómez Granados 21/12/2013 02:05
El año de Francisco

Pocos imaginábamos allá, en enero de 2013, que este año terminaría siendo el año del antiguo arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. Pocos imaginábamos que los rumores de la renuncia de Benedicto XVI, que empezaron a circular a mediados de 2012, se materializarían. Y sin embargo, ahora que cerramos el año, el nombre de Francisco predomina por donde se le vea. No sólo fue la distinción que la revista Time le hizo al nombrarlo la persona del año 2013,  ni es un hecho aislado, como haber celebrado su cumpleaños en la compañía de cuatro indigentes, quienes viven sin techo en las calles de Roma, junto con el perro de uno de ellos.

Tampoco fueron gestos tales como hacer a un lado los vehículos de la ostentosa marca Mercedes Benz y favorecer, en cambio, los autos de marcas más comunes como Fiat o Ford. No fueron sólo los gestos que Francisco tuvo en Lampedusa, el epicentro de la peor tragedia de derechos humanos en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. No fue un hecho aislado, porque lo propio de Francisco es la antítesis de las campañas, de los gestos calculados para lograr algún objetivo. Lo de Francisco es la expresión humana y madura, bien lograda, de un modelo de atención pastoral que Jorge Mario Bergoglio forjó en la difícil experiencia de vivir los vaivenes y fracasos de los gobiernos militares y civiles de Argentina, y la comprensión de que, más allá de las campañas, lo que debe prevalecer en el núcleo de la actuación de un obispo, incluido el obispo de Roma, es la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace.

 Como obispo, Jorge Mario Bergoglio sembró de manera cotidiana, en el Metro y el microcentro de Buenos Aires, semillas de compasión, de empatía y de la vivencia de las enseñanzas del Evangelio que no pueden ser otras que las de un rostro humano y compasivo y que empezaron a florecer —cuando él se convirtió en sucesor de Pedro— con las pequeñas decisiones que han cimbrado a la institución: abandonar el “protocolo real” de los palacios vaticanos; romper con  tradiciones agotadas, como los zapatos rojos; realizar salidas nocturnas por las calles de Roma para tomarle el pulso a la ciudad; llamar por teléfono a los fieles que se le acercan, etc. Algo similar puede decirse de la exhortación que recién publicó: La alegría del Evangelio, que refleja sus muchos años de trabajo pastoral, lo mismo en las llamadas “Villas Miseria” del Gran Buenos Aires, que en el diálogo interreligioso con las comunidades de no cristianos que existen en la capital de Argentina. En todos estos ámbitos, lo que el papa Francisco ha mostrado no es sólo su conocimiento teológico o pastoral. Es —ante todo— su sensibilidad muy particular para mostrar el rostro de misericordia a los pobres y el corazón abierto para aceptar a todos y ofrecer palabras de aliento y no de condena a quien se le acerque.

Era inevitable que una persona cuyo desempeño como pastor está marcado por estas notas busque reformar a la Iglesia —lo que pidió el Cristo de san Damián a Francisco de Asís—. El año próximo, 2014, Francisco deberá mostrar qué tan profundo quiere llegar; ojalá que más que frenarlo, el programa de reformas del papa Francisco encuentre en las curias de las diócesis el eco que los cambios de gran calado requieren. Le urge a la Iglesia, que sólo así podrá mantener el papel que corresponde, como reserva moral y espiritual de América Latina, de Occidente y del mundo, pero —sobre todo— como signo de esperanza.

Feliz Navidad.

                *Analista

                manuelggranados@gmail.com

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