La violencia que vivimos

Su objetivo es consolidar un punto de encuentro para la re-significación escénica.

En México son decenas las compañías emergentes que han venido desarrollando trayectorias que merecen seguimiento. Entre éstas se encuentra Teatro en Código, fundada en 2007 por Laura Uribe y Marianella Villa, egresadas de la ENAT. En su blog (https://vimeo.com/teatroencodigo) afirman que su objetivo es consolidar un punto de encuentro para la re-significación escénica: “Nuestra manera de acercarnos a la creación de cualquier pieza corresponde a una necesidad vital de preguntarnos qué queremos decir y paralelo a ello las líneas de investigación se dirigen a cómo lo queremos decir”.

Una deficiencia en la aproximación a cualquier arte es no tener qué expresar. Teatro en Código tiene qué decir y sabe cómo. Eso se comprueba en su puesta en escena de la obra de Angélica Liddell El matrimonio Palavrakis, evocación polivalente de crímenes durante el franquismo: exploración de la violencia sin juzgarla. El texto, que se vale de un narrador, tiene escasas acotaciones y un desarrollo circular, con saltos en el tiempo. El matrimonio arrastra un pasado que los habita en heridas abiertas en su interior, un origen que determina las imposibilidades de su presente y su futuro: “Mi padre era un asesino de niños”, afirman el señor y la señora Palavrakis. El tema es la violencia que brota de uno mismo, la que padecemos causada por otros: la cultural, familiar, política, la del Estado. Es la imposibilidad de la belleza en un mundo dominado por el horror. Aquí los peores enemigos están dentro de cada uno y en aquellos que deberían amarnos y protegernos.

“Tener un hijo es algo demasiado brutal, demasiado insensato, demasiado irresponsable —dice Mateo a su esposa, la señora Palavrakis—. Fíjate en las caras de toda esa gente. Están destruidos, aniquilados, enfermos. Me da la impresión de que trayendo un hijo al mundo vamos a causar una gran desgracia, quiero decir, vamos a envilecer a la humanidad entera”. ¿Cómo puede describirse a una sociedad que permite que los peores la gobiernen, un colectivo que consiente el liderazgo de los campeones de la ineficiencia, el abuso y la impunidad? ¿Es sensato para el bienestar de los hijos, de las generaciones por venir, dejar en poder de los menos aptos el futuro de la nación? Tener un hijo y una vida libre de violencia sólo es posible, quizá, si tenemos el valor de verla a la cara, de aceptar que existe y desde ahí combatirla venciendo al miedo. No podemos ignorarla, disimularla sin correr el inminente riesgo de ahogarnos en ella.

En la versión de Laura Uribe y Teatro en Código, la obra adquiere un enorme poder. El público se acomoda en los tres conjuntos de butacas alrededor del escenario. Al fondo está el ensamble musical De oír duele la boca, que interpreta en vivo. La puesta comienza con una atmósfera híbrida entre el concierto y el talk show. El espacio está dispuesto para hacer partícipe al público, intensamente, de una experiencia en los linderos del rito sacrificial y la banalidad denigrante de los concursos televisivos, con su euforia soterrada y siniestra, su desgarrada y vergonzante intimidad.

En el contexto que vivimos, esta obra cobra un sentido particular. Sin necesidad de obviedades llena el escenario de la conciencia de ese horror en las selvas, bosques, desiertos mexicanos donde el asesinato y la tortura son cotidianos, viene de policías, militares, gobernantes. De los violentos homicidios son responsables las figuras de autoridad, ellas mismas integrantes del crimen organizado o, en el mejor y más optimista de los casos, sus facilitadoras por omisión.

En ese espacio poblado de estímulos: música, recursos audiovisuales, Laura Uribe como la narradora, mobiliario, iluminación y vestuario, los actores Marianella Villa y Antonio Salinas son epicentro de energía, inventiva, contrastes y relieves, de poder para llenarlo todo de un estremecedor sentido de urgencia, dolor, verdad escénica. De principio a fin desarrollan un código gestual, de voz, de imágenes internas imaginativo, convincente, en correspondencia viva entre sí y los espectadores.

Un apoyo eficiente son los bailarines Sotero Castrejón, Rodrigo León, Viridiana Lozada, Dulce Mariel, Mauricio Rico, Anabel Saavedra y Uriel Ulises; la iluminación de Martha Benítez, el vestuario de Naomi González Kahn y los excelentes músicos en vivo.

Como viene sucediendo en muchos teatros a lo largo y ancho del país, al final de las funciones de esta obra se lee un comunicado de la Asamblea de Artistas, en exigencia de que aparezcan los normalistas de Ayotzinapa, un manifiesto que demanda un país con justicia, libre de impunidad.

El matrimonio Palavrakis, bajo la dirección de Laura Uribe y Teatro en Código, se puede ver hasta el 14 de diciembre en El Galeón, en funciones de jueves a domingo.

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