Subvirtiendo a Giselle

Los clichés, la afectación del movimiento, la simulación emocional han provocado versiones contestatarias.

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Luz Emilia Aguilar Z 10/04/2014 00:00
Subvirtiendo a Giselle

En el pequeño escenario de Carretera 45, el teatro que fundó Antonio Zúñiga en una casa de la colonia Obrera,  Violeta Frión, Alberto A. Alonso y Carlos García, cubiertos con blancos y deslucidos tutús a la rodilla, chaquetas negras de gala masculinas y diademas elásticas a la cabeza, más que evocar, ponen en crisis a Giselle. De la voz de Violeta, con su acento madrileño se escucha: “En una aldea de la Renania medieval, en los valles cercanos al río, una campesina de gran belleza y extrema inocencia cuyo único deseo es bailar, baila. Todos la miran, dicen que lo mejor de la vida acaba convirtiéndose inevitablemente en lo peor, sea por pérdida, nostalgia, por decepción o por abandono. Y entre la multitud que la mira, dos hombres la aman. Ha sido lo mejor que le ha pasado en la vida, frágil y quebradiza, Giselle, baila”.

El personaje de la novela de Heine adaptada como libreto para ballet clásico por Gauthier, con la música de Adam y sucesivas coreografías de Perrot, Petipa y demás ha sido fuente de estereotipos sobre la fragilidad, la lealtad y la sumisión femenina. Aún a la fecha las escenografías para Giselle en las grandes salas de espectáculos suelen conservar los telones pintados, las reproducciones acartonadas de riachuelos y cabañas y los cursis vestuarios. Decenas de bailarines anónimos suelen rodear la ceremonia del protagonismo estelar de cualquiera de las divas que interpretan a Giselle y a Albrecht, de quienes siempre se espera que muestren un ideal de adiestramiento y perfección física para ejecutar el reducido y edulcorado vocabulario de gestos que impone la tradición cortesana.

Los clichés, la afectación del movimiento, ese lenguaje que da la espalda al mundo que ahora vivimos, la simulación emocional han provocado versiones contestatarias. En esa corriente está el grupo español alternativo El Curro DT, que presentó la semana pasada su versión de Giselle, como parte de su gira por los teatros independientes de la Ciudad de México.

Las tradiciones artísticas tienen herencias atendibles, caudales de saber fundamental. Borrar de la memoria esas tradiciones en una búsqueda de lo nuevo por lo nuevo es un camino indeseable para la densidad del pensamiento y la riqueza de la reflexión. Pero hay formas y costumbres que se perpetúan vacíos de sentido y que, lejos de alimentar nuestro músculo crítico, lo adormecen. El trabajo de El Curro DT con Fucking Giselle es un efectivo arsenal de dinamita simbólica para subvertir un conjunto de valores agotados. Su ejercicio satírico, lleno de acidez y sentido del humor, de ingenio lleva a pensar los modelos de identidad que atormentan a hombres y mujeres, sobre todo a mujeres, que se ven obligadas a encarnar los prototipos que imponen nuestras sociedades. A lo largo de más de un siglo de versiones diversas de Giselle, la trágica historia de la aldeana que deshoja margaritas, que encarna la voluntad de sacrificio, lo que se ha transmitido, más que un ideal ético es una dictadura existencial.

Los tres integrantes del grupo madrileño, sin empacho en mostrar los cuerpos que contradicen el imperativo de las revistas de moda, van imprimiendo en los casi 60 minutos de su puesta en escena una vuelta de tuerca al imperativo de perfección, de anhelos amorosos, a la tristeza, al delirio, a las esperanzas encerradas en Giselle. En los breves textos que dicen los tres oficiantes evocan, más que al personaje mismo, a quienes lo han interpretado en un juego deconstructivo de identidades y un oximorón entre la realidad del espacio y el público que presencia la función, con la fastuosidad, las masas de espectadores tradicionales de las clásicas representaciones de Giselle. En el transcurrir de una versión en desgarrado soul del clásico de Be my Husband, música electrónica, rock, blues, someten a una intensiva ironía la gestualidad dancística. La puesta en escena se vuelve una burla a las pasarelas de moda. Arte povera, luces de factura casera que recuerdan las candilejas y las bombillas que iluminan los camerinos, humor cáustico y una punzante melancolía. La breve obra culmina con el lento ritual de los actores bailarines despojándose del vestuario, liberándose de los tacones de aguja, de las pestañas postizas y el maquillaje, frente a un público cómplice que aplaude con entusiasmo.

La gira de El Curro DT por siete espacios de la Ciudad de México con nueve obras, terminará el próximo 15 de abril.

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