Cuando el teatro importa

Ayer 16 de octubre se cumplieron 125 años del nacimiento de Eugene O’Neill y se impone recordarlo. Fue el fundador de la dramaturgia estadunidense. Si bien hubo otros escritores que lo antecedieron en su país, fue el primero en Estados Unidos que verdaderamente supo ...

Ayer 16 de octubre se cumplieron 125 años del nacimiento de Eugene O’Neill y se impone recordarlo. Fue el fundador de la dramaturgia estadunidense. Si bien hubo otros escritores que lo antecedieron en su país, fue el primero en Estados Unidos que verdaderamente supo hacer de las tradiciones teatrales y las poéticas de su tiempo la plataforma para una voz propia con resonancia nacional y universal. Amplió la geografía imaginaria de su colectividad con sus personajes construidos a partir de su observación de hombres y mujeres comunes, de los inmigrantes negros y de los irlandeses, entre los que estaba su padre, un actor que logró desde la miseria conquistar reconocimiento por su oficio. Eugene O’Neill  aprendió de Chéjov, de Ibsen, Strindberg, de la tradición clásica griega y la puso al servicio de una nueva mirada al mundo. Las grandes obras, como la suya, aportan saber esencial a la humanidad.  Son muchos los galardonados por intentarlo, pocos lo logran. Nuestra manera de explicarnos nuestra compleja naturaleza sicológica, emotiva, existencial tiene su huella. Su pensamiento está en nosotros, aún de los que no han leído su obra y no saben que existió: contribuyó a la configuración de la conciencia de una época.  Fue una influencia fundamental para Tennessee Williams, Arthur Miller, Edward Albee y los que les siguen. Y desde luego su impronta está en el arte de la escena universal y más allá.

La de O’Neill fue resultado de una extraordinaria épica por sobrevivir, por dar un sentido al dolor, al asombro ante la vida, a la inconformidad. Eugene O’Neill nació en el escenario familiar de una catástrofe y quedó muy joven como el único sobreviviente de ese círculo familiar. Tres años antes de que Eugene naciera murió su pequeño hermano Edmund. En la narrativa íntima de su infancia quedó que fue con la llegada de Eugene al mundo que su madre se volvió adicta a la morfina. O’Neill vivió en el infierno de esa desolación. Para él, la adolescencia fue un largo viaje hacia una razón para vivir. Luego de un tiempo de que zarpara como marinero, de ahondar en los infiernos de su atormentado inconsciente y una devastadora consciencia de su soledad, de un efímero matrimonio, en la agonía de un alcoholismo extremo, de su intento de suicidio en 1922, cuando tenía 24 años y de pasar una temporada en un sanatorio enfermo de tuberculosis, encontró en la escritura para el teatro una razón poderosa para seguir. Su obra autobiográfica Un largo día hacia la noche fue una manera de procesar esa huella gigantesca, esa sombra de culpa, de confusión que le significó su madre, la muerte temprana de Edmund y la de James —su otro hermano— de alcoholismo en 1923. O’Neill logró mantenerse vivo  hasta 1953 construyendo mapas sobre la emotividad humana y los arquetipos colectivos, con gran influencia de Freud, cercanía con el pensamiento de Jung y admiración por Nietzsche. La tragedia lo siguió con sus descendientes. A dos de sus tres hijos tuvo que enterrarlos en circunstancias trágicas.

 La huella de O’Neill está en la reconfiguración de nuestra identidad teatral en el siglo XX. En los albores de los años 30, Julio Bracho dirigió Lázaro rió. Entre las primeras obras en las que participó Alejandro Luna con la organización del espacio, está el Mono velludo, bajo la dirección de Eduardo García Máynez, y Ludwik Margules dirigió Un largo día hacia la noche. La montaña de ejemplos es interminable. O’Neill  ha sido lectura obligada de los dramaturgos en formación, cuando menos hasta hace unos cuantos años.

La presencia de O’Neill es trascendente en el cine. Numerosas obras de este premio Nobel de Literatura de 1936 fueron filmadas y entre nuestros cineastas hay quienes reconocen que fue para ellos determinante. Es el caso de Jaime Humberto Hermosillo, quien viajó de Aguascalientes a México en la adolescencia, con su carga de sueños y el arsenal de provocaciones comprimido entre las pastas de Un largo viaje hacia la noche, que le regaló su hermano.  La importancia de O’Neill en la obra de Hermosillo es tan grande que ahora que mereció la Medalla Salvador Toscano 2012, que otorgan la Cineteca Nacional y la propia Fundación Salvador Toscano, pidió una retrospectiva del autor de Ana Christie, Los intrépidos y Viene el hielero, en el 125 aniversario de su natalicio, con la proyección de seis películas basadas en su dramaturgia, en funciones especiales abiertas al público, que comenzaron ayer 16 de octubre con Un largo día hacia la noche. La oportunidad de ver esa selección es única. No se la pierdan.

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