Cultura y presupuesto
Una reducción de casi cuatro mil millones de pesos propuso el presidente Peña Nieto al presupuesto para cultura en 2014. Para el año de 2013 el ex presidente Felipe Calderón intentó pasar un presupuesto similar y envió, en su propuesta al Congreso, la asignación de ...
Una reducción de casi cuatro mil millones de pesos propuso el presidente Peña Nieto al presupuesto para cultura en 2014. Para el año de 2013 el ex presidente Felipe Calderón intentó pasar un presupuesto similar y envió, en su propuesta al Congreso, la asignación de 12 mil millones de pesos para el sector. Las protestas en la prensa, entre la ciudadanía y la voluntad de los legisladores lograron revertir la cifra y al final el presupuesto aprobado aumentó de 12 mil, a 16 mil millones, en números redondos.
Muchas preguntas derivan no sólo de las mermas incluidas en la propuesta para 2014, sino también de la distribución que se le quiere dar (“Propone EPN menos recursos para cultura”, Zeta, 7 de octubre 2013). Por ejemplo, el INAH y la Cineteca aumentarían sus recursos de aprobarse la iniciativa. Pero el CCC, el INBA y Conaculta sufrirían significativas reducciones. ¿A qué se debe esa distribución desigual? No hay razones para suponer que las instituciones favorecidas son más importantes que las castigadas. La decadencia de la política produce inevitables suspicacias. ¿Será que la distribución indica favoritismos personales que van más allá de un análisis objetivo de las prioridades para el interés colectivo?
La historia de las artes, de manera particular el teatro, que tanto tiene que decirnos acerca de la historia del poder, demuestra que grandes momentos de las naciones han estado acompañados de una voluntad compartida para impulsar el arte, la creatividad. Los ejemplos van de la Grecia de Pericles, la Francia de Luis XIV, que inventó su imperio con la ayuda prioritaria de las artes, principalmente las escénicas. Los estados europeos en el siglo XIX fundaron teatros nacionales, casas de ópera y apostaron por crear su imagen, construir una identidad a través del arte, y lo lograron. El México posrevolucionario tuvo el gran momento de reinvención de su identidad, de desarrollo, de ebullición del pensamiento y se volvió un imán para figuras de todo el mundo, gracias al muralismo, la literatura, el cine. ¿Qué ha pasado con la educación artística en México? ¿Por qué y con qué consecuencias se ha ido erradicando de las actividades obligatorias de las escuelas?, ¿qué sería de nuestro país si los políticos se graduaran de la educación media con al menos un poco de cultura artística? La lejanía de las mayorías hacia las artes es mucho más grave de lo que parece. El arte no es un asunto simple. Se ha querido usar para refrendar poderes y también como un instrumento liberador. Esa dualidad merece una discusión aparte. Es cuestionable que el arte se ponga al servicio de un poder perverso, pero es peor cuando al arte ni siquiera se le toma en cuenta. Nada orilla a los seres humanos a mayor vulnerabilidad que la absoluta ignorancia y la incapacidad de crear sus narrativas, sus imágenes del mundo, intervenir con imaginación la realidad.
Preocupa que los políticos mexicanos de un tiempo acá desestimen el valor fundamental de la cultura y del arte, y que incurran en contradicciones, sino es que en demagogia al comprometerse a combatir la violencia con ayuda de la educación y la cultura y que en la práctica no veamos nada significativo en este sentido. Ojalá el Congreso enmiende el rumbo equívoco del Ejecutivo de disminuir el presupuesto para la cultura y que los recursos asignados, además, se ejerzan con la responsabilidad que exige la urgencia cultural en que vivimos.
El arte, en el universo inagotable de las definiciones que pueda adoptar, tiene un elemento constante: aporta complejidad a nuestra comprensión del mundo, plantea preguntas fundamentales sobre la condición humana, es crítico. Las formas de censura, de asfixia de la libertad de expresión, de creación artística no son solamente las burdas de los regímenes totalitarios que asesinaron o que orillaron al exilio a artistas e intelectuales. La censura se expresa también con la indiferencia, en imponer la idea de que aquello que no sobrevive a la implacable lógica de la taquilla en sociedades masificadas, no tiene valor.
Los totalitarismos han tenido a su mejor aliado en las visiones maniqueas que facilitan la manipulación de los valores. El arte es uno de los instrumentos más poderosos en contra de esos maniqueísmos. Estimula la percepción de lo complejo y las emociones vitales y nos invita a mirar con ojos críticos para inventar soluciones a los problemas. El México herido por la violencia del crimen y nuestra negligencia ante los huracanes, no merece un recorte a la cultura como ha propuesto el presidente Enrique Peña Nieto.
