Guerra, dolor y empatía humana
Ayer se cumplieron 45 años de la masacre de Tlatelolco. ¿Ha valido la sangre vertida para la conquista de la democracia, la justicia y la apertura al diálogo? ¿Ha sido sordo el poder a los errores que ha cometido? Hay múltiples formas en las que se manifiesta la ...
Ayer se cumplieron 45 años de la masacre de Tlatelolco. ¿Ha valido la sangre vertida para la conquista de la democracia, la justicia y la apertura al diálogo? ¿Ha sido sordo el poder a los errores que ha cometido? Hay múltiples formas en las que se manifiesta la violencia, una de ellas son los desastres ocasionados por Ingrid y Manuel.
Un poco de sentido común basta para reconocer en las montañas guerrerenses despojadas de su cubierta forestal y condenadas a la extrema marginación, la violencia de la impunidad y la omisión de un Estado que despliega su fuerza para reprimir a sus críticos, pero que no sabe aplicar la ley en lo fundamental, como la protección de los recursos forestales y la regulación del uso de suelo que prevendría los desastres ocasionados por los meteoros. Cientos de personas han muerto, cientos de miles han perdido su casa y el país se enfila a un futuro desastroso por esa cotidiana ineficiencia de los que ostentan el poder sin ética para gobernar. En este contexto de extrema gravedad, al presidente Enrique Peña Nieto no se le ocurre nada mejor que expedir, apenas antier, un decreto que retira la protección forestal al Nevado de Toluca, que se le brindara con la declaratoria de Parque Nacional, expedida por Lázaro Cárdenas.
Ante las calles desbordadas de protestas, los miles de desplazados por los efectos que pudieron ser evitables de las lluvias torrenciales, la ceguera del gobierno que reacciona con medidas que, en vez de mitigar, agravan los problemas. ¿Cómo podemos siquiera imaginar que hemos “evolucionado” en los últimos 45 años?
En los enfrentamientos armados seres humanos que en otras circunstancias podrían ser solidarios, se matan. El contexto ideológico es capaz de convencer a las personas de que tal o cual nación, grupo étnico o miembro de equis organización debe aniquilarse. En la obra de Mariana Hartasánchez, La navaja en el espejo, en breve temporada en La Gruta los lunes, en el Centro Cultural Helénico, el tema es la voluntad de mutua destrucción de personas que, de súbito, se abren al acuerdo movidos por la empatía, la sensibilidad, la capacidad de amar.
El texto, que forma parte de un binomio escénico —en el que está también la obra titulada Doppelgänger, de próximo estreno en el DF—, enfrenta a un soldado franquista con un republicano. La aparición de una bebé en un paraje inhóspito en el bosque los doblega, los abre a la posibilidad del acuerdo, en el contacto con los sentimientos, la espontánea, instintiva defensa de la vida y la inocencia. La decisión está en ellos. ¿Puede hablarse de heroísmo cuando se es capaz de matar un recién nacido en nombre de la justicia?
La navaja en el espejo llega al escenario con la actuación de Mariana Hartasánchez y la dirección de Guillermo Heras, entrañable hombre de la escena y promotor cultural español al que debemos una fructífera colaboración cultural entre los países de Iberoamérica. El reto que asumen Heras y Hartasánchez es que una sola actriz dé voz a diversos personajes, a partir de un texto pleno de ingenio en el uso del lenguaje y complejidad temática. Hartasánchez llena el escenario con su presencia y energía. Tiene momentos de gracia, de eficaz y deliberada comicidad. La caracterización empieza bien en lo externo de la gestualidad y el vestuario, pero se desdibuja en las entonaciones, en las que se abusa de la exaltación y del grito. Hace falta relajación, confianza y mayor exploración de posibilidades para dar paso a las diferencias entre uno y otro personaje. El conjunto de soluciones en esta puesta en escena, donde se da un sugerente y a la vez práctico manejo del video, tiene el acierto de recuperar un momento desgarrador de la historia, de una manera que levanta un filoso espejo que podría ayudarnos a evitar la repetición de la violencia, la guerra, el fascismo.
La ética esencial no proviene de ideologías, sino de la posibilidad de sentir empatía, de verse en la mirada del otro, de la conciencia de especie. Hoy, la mayor parte de los gobernantes no muestran signos de empatía por ningún lado, mucho menos de consciencia de la responsabilidad que les da su poder para el futuro de la especie humana. El sistema económico dominante se alimenta de la venta de armas y drogas, de ficciones financieras que promueven la acumulación de la riqueza en unas cuantas manos, de un cinismo apenas disimulado y la devastación del planeta. ¿Qué catástrofe nos hará reaccionar y revertir este orden suicida, poner un hasta aquí a la impunidad rapante?
