La tortuga roja

Hace unas semanas comenté en este mismo espacio la coproducción SuizaFrancia llamada La vida de Calabacín, nominada al Oscar en la categoría de Mejor Cinta Animada, premio que se llevó Zootopia de los estudios Disney. Los europeos y orientales tienen un concepto de la ...

Hace unas semanas comenté en este mismo espacio la coproducción Suiza-Francia llamada La vida de Calabacín, nominada al Oscar en la categoría de Mejor Cinta Animada, premio que se llevó Zootopia de los estudios Disney.

Los europeos y orientales tienen un concepto de la forma de contar historias animadas radicalmente distinto al de Hollywood. Aunque Zootopia es una buena película que contó, sobre todo, con un alto presupuesto, dista de tener los valores artísticos y filosóficos de La vida de Calabacín o de la que hoy comentaré: La tortuga roja, que llega hoy a nuestros cines. Son menos comerciales, eso no se puede rebatir, pero son productos de una calidad superlativa.

La tortuga roja (La tortue rouge, Francia-Bélgica-Japón, 2016) está filmada en la técnica de animación tradicional y la dirige Michael Dudok de Wit, de origen holandés y especialista en cortos de animación que debuta con esta película en el largometraje. Dudok de Wit, quien ya ganó un Oscar al Mejor Corto por Padre e hija, coescribe este singular relato junto con Pascale Ferran que tiene otras historias atractivas y originales en su filmografía como Alas de libertad (Bird People, 2014). El argumento de La tortuga roja no es infantil y la cinta no tiene diálogos, aunque sí sonidos de la naturaleza y buena música. Los personajes son adultos y tiene cierto surrealismo y poesía en un trasfondo filosófico que puede ser comprendido por los pequeños. Es una buena manera de exponerlos a otro tipo de arte y contenidos en el cine de animación.

La trama se inicia en medio de una furiosa tormenta en la que un hombre solitario está luchando por sobrevivir. En medio de gigantes olas encuentra una lancha que flota a la deriva y alcanza a asirse de ella hasta que la corriente, después de horas, lo lleva a las playas de una isla habitada por algunos pequeños animales y cubierta de un tupido bosque de bambúes.

Para la animación de La tortuga roja, Michael Dudok de Wit se asoció con el legendario estudio japonés de animación Ghibli y trabajó en particular con el maestro de ese arte de la animación Isao Takahata, que fue el productor de esta cinta. Esa complicidad entre un animador como Dudok y el genio de Takahata resulta en una bellísima película con imágenes de gran realismo, sobre todo en la recreación de ese verde intenso del bosque de bambú y la furia del mar, que contrastan con el minimalismo y la sencillez para recrear a los seres humanos.

Es una fábula bien contada a la que la ausencia de diálogos le permite enfatizar en la plasticidad de las imágenes y particularmente en la profundidad de su contenido y mensaje.

No se la pierda.

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