Todos queremos a alguien

No me cansaré de insistir en que para sanearse como industria, el cine mexicano necesita buenas comedias. Ya sea retomando clásicos de la época dorada como El gran calavera, convertida en la exitosa Nosotros los Nobles, de Gary Alazraki, o los trabajos de Eugenio Derbez ...

No me cansaré de insistir en que para sanearse como industria, el cine mexicano necesita buenas comedias. Ya sea retomando clásicos de la época dorada como El gran calavera, convertida en la exitosa Nosotros los Nobles, de Gary Alazraki, o los trabajos de Eugenio Derbez como No se aceptan devoluciones, el hecho es cuando se reúne un carismático y talentoso grupo de actores, y se cuentan buenas historias que permitan la conexión con el público, la fórmula rara vez falla. La taquilla lo demuestra y los espectadores, de alguna manera, se inclinan a “volver a creer” en una cinematografía con la que, en un periodo de auge, sostuvieron un intenso romance.

Catalina Aguilar Mastretta regresa con un nuevo relato después de la entrañable historia de tres generaciones de mujeres en Las horas contigo, estrenada en 2015. Ahora cambia el tono y escribe y dirige una comedia romántica, con sutiles toques de drama, de las que los gringos llaman chick-flicks y que, erróneamente, sigue considerándose un género menor dirigido a público femenino.

Todos queremos a alguien es contada en primera persona por una mujer, interpretada por Karla Souza, que figura en tres de las cuatro películas más taquilleras de la historia del cine mexicano.

Karla es Clara Barrón, una ginecóloga de origen mexicano que trabaja en Los Ángeles. Ama su profesión y la disfruta. Es bonita, independiente, libre, pero su vida amorosa es un desastre. ¿Qué le pasó a Clara que parece incapacitada para mantener una relación de más de dos noches con un hombre? De ahí parte la premisa que nos lleva a muchas reflexiones en un punto que considero muy acertado: podemos amar a alguien, pero no ser pareja. A veces hay que dejar ir.

En el otro extremo está su hermana —muy bien Tiaré Scanda—, que está casada con un estadunidense y se ha convertido en una ama de casa plena, feliz y satisfecha. Los padres de ambas, que han vivido 40 años juntos, han decidido casarse y para ello las hijas tienen que viajar a Ensenada, que luce espectaculares paisajes. Para no ir sola, Clara decide invitar a Asher, el actor australiano Ben O’Toole, un colega médico que la enamora, pero por el que ella no tiene ningún interés.

En plena fiesta aparece la causa de que Clara sea como es: Daniel, interpretado por José María Yazpik, quien decidió terminar su relación con ella ocho años atrás y le rompió el corazón. Ya no le cuento más.

En la era del “rey” Donald Trump, el guión de Catalina Aguilar tiene varias virtudes: presenta una visión distinta del migrante mexicano, ése que con su herencia cultural mezclada con la estadunidense ha integrado un todo indisoluble que fluye armoniosamente. Su relato es sencillo, muy honesto, desde el corazón. Aunque es previsible, eso no estorba para reflexionar sobre los conflictos amorosos. Busca entretener y lo logra.

Se reafirma además como una buena directora de actores en un ensamble muy bien seleccionado, al que se suman Patricia Bernal y Alejandro Camacho como los papás.

Es una película muy recomendable.

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