Tenemos que hablar de Kevin (y de todos)
No, no voy a hablar de Trump, le dejo la tarea a los verdaderos especialistas. Prefiero referirme a los dolorosos sucesos en una escuela de Monterrey la semana pasada. Una tragedia desgarradora dentro de nuestro país que obliga a preguntarnos ¿qué estamos haciendo mal?, ...
No, no voy a hablar de Trump, le dejo la tarea a los verdaderos especialistas.
Prefiero referirme a los dolorosos sucesos en una escuela de Monterrey la semana pasada. Una tragedia desgarradora dentro de nuestro país que obliga a preguntarnos ¿qué estamos haciendo mal?, ¿dónde perdimos la brújula?, en el plano doméstico ¿se nos está saliendo de control la tecnología?, ¿cómo frenar este evidente proceso de descomposición?
En numerosas ocasiones el cine ha tomado el tema de las matanzas en centros escolares a manos de los propios estudiantes como argumento para películas. En algunos casos veo hasta oportunismo, pero hay otras que merecen la pena de retomarse. Una de ellas es Tenemos que hablar de Kevin, por lo que aprovecho para añadir, “no sólo de Kevin, de todos”. Es una cinta del año 2011 que le recomiendo que vea con el estómago bien preparado. La dirige y coescribe Lynne Ramsay que hace una disección aguda y profunda de la génesis de un pequeño en apariencia inofensivo que va transformándose en un ser con potencial alarmante para la maldad.
Aquí viene otra pregunta que, por cierto, no se ha planteado como debería en estos días. Es simplista pensar que el mundo se divide en buenos y malos. ¿De dónde viene la maldad?, ¿todos traemos un recurso de maldad en nuestra herencia?, ¿qué hay en la evolución del género humano que parece acercarnos más a la caverna que al futuro en paz y armonía?, ¿qué está fallando en el seno de las familias que empiezan a formarse niños y adolescentes solitarios, colgados permanentemente de un teléfono, ausentes, ensimismados, resentidos, a los que no les tiembla la mano para tomar un arma y disparar dentro de un salón de clases?
Tenemos que hablar de Kevin destaca la quebrantada relación de un niño y su madre, una enorme Tilda Swinton, que no alcanza a acercarse a él, a tender un lazo de amor y comprensión entre ambos desde que Kevin es apenas un bebé. Y siguen mis preguntas: ¿cómo hacer para que en un esquema de ambos padres trabajando, o madres solas, se brinde más atención a la educación y convivencia con los hijos? Los “juguetes”, o más bien, las nanas de muchos niños de hoy son los celulares o las tabletas, en las que encuentran cualquier clase de basura que en sus mentes sensibles pueden alimentar confusión, enojos, odios, resentimientos. La comunicación interpersonal ¿es un fenómeno en extinción?
Sin duda, educar hijos hoy, requiere mucho más esfuerzo y presencia que hace cincuenta años, cuando las “redes sociales” eran salirse a la calle a jugar, convivir con los amigos a los que se les tocaba y veía a los ojos; hoy eso está siendo desplazado por las redes sociales que bien usadas son constructivas, pero mal usadas por niños y jóvenes solos, sin supervisión, son destructivas, un verdadero cáncer.
Kevin va dando muestras alarmantes de una conducta agresiva que son desestimadas, y acaba convertido en un monstruo. De la misma forma en este momento otros niños y jóvenes pueden estar presentado síntomas que se desborden en un futuro próximo. Tenemos que hablar de todos.
