Fuocoammare

Fuocoammare, también título de una canción italiana, que se ha traducido del italiano como Fuego en el mar, es un documental de Gianfranco Rosi, que se estrena este viernes, en el que el personaje central es la bellísima isla de Lampedusa, ubicada en el Mediterráneo, a ...

Fuocoammare, también título de una canción italiana, que se ha traducido del italiano como Fuego en el mar, es un documental de Gianfranco Rosi, que se estrena este viernes, en el que el personaje central es la bellísima isla de Lampedusa, ubicada en el Mediterráneo, a poco más de 200 kilómetros de Sicilia y escasos 100 de Túnez. Su posición estratégica la hace el “trampolín” ideal para los miles y miles de migrantes africanos que diariamente se embarcan para llegar a Europa. Solamente el año pasado se calcula que más de cuatro mil personas perdieron la vida en sus desesperados intentos, navegando a bordo de embarcaciones precarias en condiciones infrahumanas, enfermos y sin comida ni agua, con niños pequeños, ancianos, mujeres que a veces dan a luz en el trayecto. En lanchas para 100 personas, llegan a viajar más de 350, flotando días enteros sin brújula, al rayo del sol inclemente. Lampedusa se ha convertido en un punto emblemático y simbólico para los desafortunados viajeros.

Rosi cuenta varias historias en Fuocoammare, pero ninguna parece estar bien consolidada, y el tema de la migración por momentos se mantiene en primer plano y en otras secuencias pasa a segundo término. La historia más atractiva es la de Samuele, un habitante de la isla que resulta en un gran personaje. A sus escasos 12 años lleva una vida apacible y no está conectado con el asunto de los migrantes. Samuele, que bien podría tener su propio documental, se dedica a buscar ramas resistentes para construir sus resorteras, gusta de tirar alguno que otro pájaro, es responsable en casa y no muy feliz en la escuela.

Pero la vida apacible de la isla de pescadores que representa Samuele, y el conductor de una estación de radio local, o la mujer dedicada a sus quehaceres domésticos, contrastan violentamente con las secuencias de los rescatistas que ubican las lanchas sobrecargadas de personas en medio de los vaivenes del mar. Algunos han muerto ya, otros están graves, deshidratados, moribundos. En una labor altruista los rescatistas les salvan la vida, separan a los enfermos, dan un trato digno a los cadáveres. La descarnada crudeza de las imágenes de Rosi no da tregua.

Si la intención del realizador es establecer precisamente esa dicotomía entre el mundo apacible, casi inmóvil, de los poco más de cinco mil habitantes de Lampedusa, y la tragedia que viven familias enteras que buscan con desesperación una vida mejor, hay que reconocer que lo logra. Pero como espectadores nos quedamos con la sensación de que hemos visto dos documentales diferentes, dos o tres historias que no alcanzan a conectarse entre ellas, porque probablemente así es el propio género humano: una parte, la más pequeña, transcurre por la vida de manera apacible, mientras que otra parte, la mayor, se debate entre la persecución, la guerra, la injusticia, la pobreza, la tragedia, el hambre, el miedo.

Es recomendable.

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