La vida es grande
Diariamente leemos y recibimos información del fenómeno de la migración en todo el mundo. En nuestro México somos incluso los testigos y, en millones de casos las víctimas, de gobiernos incompetentes que no pueden cubrir las necesidades de empleo y dar una vida digna ...
Diariamente leemos y recibimos información del fenómeno de la migración en todo el mundo. En nuestro México somos incluso los testigos y, en millones de casos las víctimas, de gobiernos incompetentes que no pueden cubrir las necesidades de empleo y dar una vida digna para sus ciudadanos, que se ven obligados a viajar buscando en otro país un futuro mejor.
Caminando por las calles de París llama la atención lo que ha cambiado el mosaico étnico y cultural de sus habitantes. Cada cierto número de cuadras, en sus calles más importantes, se pueden ver familias completas de migrantes árabes o negros que se protegen del frío con cobijas y cartones, durmiendo a la intemperie, bajo un techo o pegados a un árbol. Se escuchan muchos idiomas además del francés: español, italiano, árabe, lenguas africanas o de Europa del Este, poco inglés. Europa está cambiando de manera dramática y muchas películas así lo reflejan, pues el doloroso tema de los migrantes es, hoy por hoy, un asunto que hay que enfrentar.
La semana pasada se estrenó La vida es grande (La vie en grand, Francia 2015), dirigida por Mathieu Vadepied, que debuta en la dirección y se había venido desempeñando bien como director de fotografía. El guión, probablemente el aspecto flojo de esta película, es del propio Vadepied en colaboración con Olivier Demangel y Vincent Poymiro.
La acción está ubicada en un suburbio en las goteras de Paris, de los que se han multiplicado con la llegada de cientos de miles de inmigrantes. El protagonista es un niño de origen africano, ya nacido en Francia, llamado Adama (Balamine Guirassy). Su situación económica es muy precaria y está desesperado por llevar dinero a su casa, pues le duele ver a su mamá explotada en trabajos miserables, mal pagados y en horarios nocturnos. El multifamiliar en que vive es el coto de poder de traficantes de drogas.
El otro protagonista es Mamadou (Ali Bidanessy), amigo de Adama, sin miedo al peligro e imprudente dada su corta edad. Accidentalmente después de una redada Mamadou encuentra un paquete de hashish y le propone a Adama que lo vendan y se repartan las ganancias. Sin saberlo se meten a la boca del lobo, pues empiezan a afectar los intereses de los capos que, ante los cada vez más estrictos y eficientes controles policiacos, obligan a Adama a vender para ellos.
El único factor redentor que podría salvar el triste destino de Adama y Mamadou es la escuela, y es ahí donde La vida es grande recuerda un poco La clase de Laurent Cantet, ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes en 2008. El mismo mosaico étnico de jovencitos embargados por el enojo, la frustración, la desesperanza; adolescentes que sienten que no pertenecen a esa nueva tierra y tampoco encuentran oportunidades, cuyo retrato está mucho mejor logrado en La clase.
El trabajo de los dos actores infantiles es muy convincente y permite que el espectador se conecte con ellos, pero el relato tiene caídas con algunas secuencias muy lentas o innecesarias, y mal definidos momentos climáticos que merman el interés.
Pero insisto, los niños son un buen motivo para verla.
