Revisitando Breaking bad

En enero de 2008 se transmitió el primer capitulo de la serie Breaking bad que podría entenderse en español como “corrompiéndose” o “haciéndose una persona mala”. A diferencia del cine, una serie de televisión permite una narración más pausada, poblada de ...

En enero de 2008 se transmitió el primer capitulo de la serie Breaking bad que podría entenderse en español como “corrompiéndose” o “haciéndose una persona mala”.

A diferencia del cine, una serie de televisión permite una narración más pausada, poblada de detalles, con muchos juegos espacio-tiempo, personajes complejos con desarrollos muy elaborados, tramas a largo plazo, una interacción social o familiar en torno a cada capítulo o temporada. Por su lado, el cine resuelve una historia en dos horas, el manejo del tiempo demanda más ritmo y una descripción convincente y concisa de los personajes; la magia de ver una película en una sala a oscuras ante una enorme pantalla y rodeados de extraños, no tiene paralelo ni con el más vanguardista home theater que usted tenga en su casa. En casa al momento más emocionante de un capítulo de cualquier serie, se le puede dar click cuando llega la pizza o suena el teléfono. En cambio, somos los espectadores cautivos de una película en una sala cinematográfica de principio a fin, bueno, suponiendo que no se tenga la falta de educación y respeto de contestar el teléfono o mandar mensajes de texto.

La migración de numerosos actores, realizadores, escritores y productores han reinventado las series de televisión desde hace ya casi 20 años, y Breaking bad es de esos fenómenos que ya quedaron en la historia como una de las mejores. El propio Stephen King la considera, simplemente, la mejor.

La primera vez que me dispuse a ver Breaking bad, por ahí del tercer capítulo no me sentí enganchada. Lo reintenté hace apenas unas semanas y estoy “atrapada sin salida”. De la autoría de Vince Gilligan, que fuera guionista de Los expedientes secretos X, su estructura narrativa es impecable.

Ubicada en una zona desolada de Albuquerque en Nuevo México que, por cierto, es en su mayoría desierto, cuenta la historia del maestro de Química de una secundaria que a sus cincuenta descubre que tiene un cáncer grave. Ante la desesperación por pagar su tratamiento, pero también dejar protegida a su familia, provoca una serie de acontecimientos perfectamente bien encadenados que dan para cinco espléndidas temporadas.

Walter White, en una multipremiada actuación de Bryan Cranston, es un buen padre, marido, empleado, proveedor, que vive con su familia integrada por Skylar, su mujer, que a los cuarenta ha sido sorprendida por la cigüeña, y Walter Jr. su hijo adolescente con secuelas de parálisis cerebral. A su trabajo en la secundaria Walter suma su empleo por las tardes en un lavado de coches. Su vida transcurre tranquilamente sin sobresaltos, en variados tonos de gris.

Un día le es diagnosticado un cáncer de pulmón que no puede operarse. Sabe que no tiene dinero para enfrentar los gastos y sin decírselo a nadie toma la decisión de su vida: junto con un estudiante expulsado, Jesse al que interpreta Aaron Paul, aprovecha sus conocimientos de química y sin considerar las graves consecuencias se pone a “cocinar” metanfetaminas. A partir de ahí este gran personaje entra al proceso de “hacerse malo”. Los golpes de la vida y sobre todo los de sus propios errores, lo hacen un antagonista que todos los espectadores aman.

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