La chica del tren

16 de Noviembre de 2016

Del best-seller homónimo de Paula Hawkins, se estrenó la semana pasada la adaptación cinematográfica de La chica del tren (The Girl on the Train, Estados Unidos, 2016).

El libro fue un gran éxito de venta, pero le he de confesar que lo empecé y no me atrapó, y como me resisto a continuar leyendo un libro con el que ya no me identifico ni me motiva, abandoné su lectura. Quien lo terminó me comenta que no me perdí de mucho.

El guión es de Erin Cressida Wilson, que ha tenido mejores momentos, pues su adaptación cinematográfica de La chica del tren es totalmente fallida. Otra muestra de que de un libro mediano puede salir una película muy pequeña.

Dirigida por Tate Taylor que hace unos años dirigió la exitosa adaptación de The Help, que en México se tituló Historias cruzadas, este ambiguo thriller se salva solamente por el trabajo de la protagonista, Emily Blunt, y las actrices secundarias Rebecca Ferguson y Haley Bennet.

Se inicia con Rachel, una joven cuya vida está fracturada a raíz de un doloroso divorcio y un grave alcoholismo que no sabemos si viene de antes o después. El hecho es que en sus diarios recorridos en tren para ir y venir de su trabajo, pasa por un suburbio en el que llama su atención una casa cercana a la vía, en la que ve a una pareja aparentemente feliz, con la que se obsesiona añorando su propia felicidad perdida. Un asesinato dará un giro a la historia en la que Rachel cree saber quién es el responsable, aunque también pasa por sospechosa.

Rachel no tiene vida, está destrozada. Aquí había materia prima para contar un buen argumento. Pero sólo se hace fantasiosas conjeturas en la voz de Blunt, que realmente hace su mejor esfuerzo para hacer que Rachel y sus demonios sean convincentes. Mientras el tren avanza y ella observa las casas con sus vidas ajenas en el interior, ve a esa pareja que la obsesiona y también a su exmarido que se ha casado de nuevo, tiene una hija y vive feliz.

Hacia la primera media hora y con el ingreso al relato de otros personajes, las dos mujeres y tres personajes masculinos que pasan sin pena ni gloria, el pretendido suspenso va decayendo y el relato se va haciendo más confuso, plano y lento. Además, los personajes femeninos están mucho mejor construidos que los hombres que son ambiguos y pierden peso en la trama.

El uso excesivo del flashback, el enredo que se hace con los puntos de vista de las tres mujeres, y los constantes saltos en el tiempo, son herramientas de las que se vale Tate Taylor para ir armando el rompecabezas del pasado y el presente de la desorientada Rachel, pero nos van separando de la trama que se hace cansada, y no da oportunidad de conectarse con la historia ni con la protagonista.

Es una película para sábado en la tarde. Espere su llegada a Netflix y demás propuestas.

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