Los últimos días en el desierto

Con una muy personal interpretación de lo que pudo ser la etapa final de los 40 días que, según cuenta la Biblia, Cristo pasó en el desierto, el director Rodrigo García escribe y dirige Los últimos días en el desierto Last days in the desert, Estados Unidos, ...

Con una muy personal interpretación de lo que pudo ser la etapa final de los 40 días que, según cuenta la Biblia, Cristo pasó en el desierto, el director Rodrigo García escribe y dirige Los últimos días en el desierto (Last days in the desert, Estados Unidos, 2015).

Después de varios trabajos en la televisión, y una filmografía en la que priva su gusto y sensibilidad en la exploración del alma femenina, como en Cosas que diría con sólo mirarla, Ten tiny love stories, Madres e hijas y hasta Albert Nobbs, García da un giro de 180 grados y desarrolla un proyecto muy personal en torno a la figura de Cristo, creando una ficción con base en sus días de meditación y ayuno en el desierto, previos a su crucifixión.

Los últimos días en el desierto se puede leer desde dos perspectivas: la de la técnica, la estética y la fotografía impecable de Emmanuel Lubezki, y la de la trama y subtramas que son un poco confusas para el espectador. Casi todas las secuencias se van a negros, lo que da una sensación de  segmentación, restando continuidad, los diálogos se sienten inconclusos, truncos, no acertamos a interpretar qué se nos quiere contar.

Esa visión de un Cristo humanizado la llevó al cine Martin Scorsese en La última tentación de Cristo, basado en la novela homónima de Nikos Kasantzakis con una espléndida adaptación de Paul Schrader. Presentar a Jesús como un ser humano capaz de sentir amor, ira, deseo y rebeldía, provocó una gran polémica porque bajó del altar a un hombre que no era perfecto y  con el cual podíamos identificarnos.

Los últimos días en el desierto presenta a Ewan McGregor como Yeshua (Jesús), que vaga perdido por el desierto enfrentando por momentos a una representación del “diablo” o el mal tentador, interpretado por el propio actor. En su camino encuentra a una familia que habita en esa soledad formada por el padre, en una sólida caracterización de Cyrián Hinds, la madre enferma, y el hijo adolescente. García establece un paralelismo entre esa familia y la situación de Yeshua, ya que el joven hijo quiere hacer su vida, viajar a Jerusalem, no necesariamente obedecer los dictados de su padre, tal como el hombre santo transita por un proceso de cuestionamientos en torno a la misión que el padre le ha encomendado.

La familia lo acoge y él a cambio trabaja para ellos en la construcción de lo que será la casa del muchacho. El “diablo” tienta a Yeshua para que, de alguna maner, se rebele, y lo reta a que resuelva la encrucijada del chico.

En efecto, el Cristo de Rodrigo García es un ser humano, con debilidades, deseos, dudas, pero los largos silencios con diálogos inconclusos y la narrativa que se detiene demasiado en la contemplación, imponen una distancia entre el personaje y el espectador que, sin embargo, puede deleitarse con la belleza del paisaje y la exquisita fotografía.

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